Dos figuras hasta ahora intocables empiezan a ser puestas en perspectiva. Primero fue el inmigrante; ahora le toca al turista. Son dos seres alados de la posmodernidad, figuras míticas de la Sociedad Abierta, veneradas por los socioabiertistas, de las que solo pueden salir, nos han dicho siempre, beneficios culturales, humanos y económicos.
Pero del inmigrante (o más bien, del inmigrante traído por millones) ya ha empezado a verse una cara B de efectos en el precio de la vivienda, la seguridad o los servicios públicos. Su beneficio económico no está claro.
Pudiera haberlo, pero con condiciones y no sería algo natural, ni inevitable ni que beneficiara a todos por igual.
Ahora esa nueva mirada de cálculo la recibe el turista, sinónimo de bonanza desde el invento español del sol playero.
Bien es verdad que la izquierda comenzó hace tiempo a ponerlos en solfa, pero no le hacíamos mucho caso porque parecía otro más de sus espasmos antieconómicos. Lo cierto es que la figura del turista y el turismo en general empiezan a despertar serias dudas como motor de crecimiento e industria nacional.
¿Aporta tanto un turista? Sin entrar en otras externalidades (efectos fuera del precio), y en su consumo de servicios públicos, el turista es atendido por personal que ha de ser pagado. Ese trabajador es un ser vivo y tiene la mala costumbre no solo de comer sino de coger el transporte público, usar los servicios del Estado e incluso ponerse malo. El salario del trabajador del sector turístico es interesante también porque se relaciona con la productividad del sector. Su salario medio está en 22.000 euros brutos. Estudios han determinado que el umbral de sostenibilidad o coste por ciudadano medio de los servicios públicos está entre 23 y 25 mil euros brutos. El trabajador que gane menos no se está pagando su debida contribución al Estado. Es decir, que de forma estructural, el turismo no cubre el coste de lo que consume su trabajador. Lo que paga e turista no paga del todo al señor que le atiende.
Esto lo han refinado unos economistas en Cataluña, un informe (Llamado Fénix). En Cataluña hay una preocupación mayor por haber perdido la convergencia prometida. Era una región acostumbrada a estar ‘económicamente’ en Europa. Pero empiezan a alejarse. O sea, no solo no hemos acabado siendo Europa, sino que lo que de nosotros era ya «Europa», está dejando de serlo. Y uno de las causas que han encontrado es que de la economía catalana, como de la española, tiran sectores de muy baja productividad.
Si del carro tiran burros en lugar de corceles, por mucho que amemos al burro juanramoniano, muy lejos no se llega.
Una clave está en esa relación del salario con el coste de los servicios públicos. Si una industria o sector emplea a miles de personas por 22 mil euros de media y esas personas ‘gastan’ 24 mil en lo público, la diferencia no la está pagando el turista extranjero, sino el Estado, o sea, el contribuyente. La está pagando dos veces: con el dinero y con el coste de no dedicar ese dinero a otro sector más productivo.
Son trabajos subvencionados, así lo dicen. Y por eso podemos atrevernos a decir que el turismo es un sector subvencionado, tanto como el cine. Odien a Los Javis todo lo que quieran, pero no se lo merecen más. El cine al menos deja de vez en cuando alguna obra de arte. ¿Qué deja el turismo? Quizás el efecto de dar a conocer España a los extranjeros que vuelven a sus países con una cierta idea agradable del país.
La inmigración, por tanto, está siendo un instrumento, un instrumento humano, para subvencionar a sectores económicos de baja productividad que van tirando y dando dinero porque, entre otras cosas, el contribuyente financia a sus contratados.
Por eso, en cada inmigrante, antes de un elemento extraño, algo exterior que puede excitar la xenofobia, lo que hay es un transferencia humana de unos españoles hacia otros. Este es el punto de vista que constantemente, año tras año, décadas ya, han tratado de ocultar porque les sale mejor convertirlo en un debate moral, cultural y filosófico sobre la «xenofobia».
El punto de vista que no desean es que al aparecer un inmigrante usted piense: un español jeta ya se está aprovechando.
El efecto se parece a tener una piscina comunitaria en la finca donde vives y que todos los días unos vecinos concretos, que ni siquiera bajan a la piscina, porque se van a otra privada, inviten a personas de fuera hasta hacer de la piscina algo invivible e inchapoteable. ¿Se rechaza al invitado o surge antes que nada una rabia intensa hacia el que los lleva allí colapsando lo común por un beneficio personal?
El turista no paga todo lo que recibe en servicios o externalidades, y gran parte del sector tiene una productividad muy baja y estructuralmente no puede pagar ‘del todo’ a sus propios trabajadores, de modo que la pregunta está clara: ¿a quién beneficia seguir por esa vía muerta? Quizás parte del sector no sea competitiva (palabra que, ciertamente, no nos gustaría que nos aplicaran).
El turista y el turismo nos resultan simpáticos, a pesar de todos los trastornos. A pesar de los colapsos, de las subida de precios, del balconing… Pero la frialdad económica nos obliga a mirarlos con los números en la mano, al igual que sucede con los inmigrantes. Esto no menoscaba en nada su dignidad personal, pero no son dos ángeles sagrados de la Sociedad Abierta, no son necesariamente una fuente ilimitada de riqueza. No es verdad por mucho que lo hayan repetido los socioapertistas, alianza imbatible de progres morales y liberales de calculadora, entrecruzando sus argumentos (a esos liberales ahora los verán ustedes en el maricón-el-último del reemplacismo).
Toda mirada a la inmigración acaba desembocando en una mirada económica en el sector al que va dirigida, puesto que es en gran medida (aunque no solo) una inmigración económica. O sea, toda mirada adulta y preocupada por la inmigración debe desembocar en una radiografía sectorial de la economía española de baja productividad. Esto es: toda preocupación por la inmigración acaba desembocando en una preocupación por la productividad.