«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

Sol de medianoche

19 de julio de 2026

Durante los días más largos del estío, en las altas latitudes de Europa (hablo de lo que conozco) no se llega a poner nunca el sol, por lo que la negrura esperada no aparece: son las llamadas noches blancas, o sol de medianoche, en el círculo polar.

Lo viví en Estonia y también en San Petersburgo. Durante la madrugada, con la luz tenue, todo tiene una extraña atmósfera de irrealidad, de episodio onírico, y uno pasea por las calles a las tantas y siendo día perpetuo, y llega a pensar si se habrá pasado trasegando vodka, o algo echado en la bebida le está dando un mal viaje. Es una experiencia recomendable (que ya vivió Dostoyevski) para veraneantes huyendo de lo peor de la canícula.

Yo venía de pasar un largo y severo invierno en el Báltico, con atardeceres a las cuatro de la tarde y temperaturas de más de 20 bajo cero, y aquello era totalmente lo opuesto. Las noches blancas son el débil fulgor que se impone a la oscuridad. No es un sol radiante como si fuera media tarde en Formentera, es más bien una llama de claridad que no llega a apagarse del todo.

Creo que algo parecido ocurre con España como país. Y como nación. Como ciudadanía y espacio geográfico. El lugar rojigualdo que parece que está a punto de entregar la cuchara, de encarar su definitivo crepúsculo, pero al que no se le termina de anochecer el horizonte. Resiliencia, creo que lo llaman ahora.

España ha sido protagonista de algunos de los momentos más trascendentes y épicos de la historia mundial, y también ha estado vencida y ahora apartada en un rincón, al margen de donde se escriben las futuras efemérides universales, salvo las futbolísticas.

Pero estamos hablando del lugar de alma numantina; estamos hablando de la cruz y la espada en tierra quemada y reconquistada; de la carga de los tres reyes en las Navas de Tolosa para romper las cadenas de la guardia mora, cadenas que hoy forman parte del escudo de Navarra y de España, para irritación de los batasunos pamplonicos si supieran de historia o si supieran hacer algo más que rebuznar.

La España con una lengua en la que no se pone el sol; cuna de marinos vascos dando por saco a piratas ingleses. La de Daoiz y Velarde, su desobediencia y su sacrificio que prendió la llama de pólvora popular para reconquistar el territorio en manos del invasor, con esa furia salvaje que nos define.

La España en eterna batalla, de reyes, obispos y exilios; la que se partió a la mitad en una guerra civil donde dos bandos buscaban con ahínco aniquilarse, y tuvieron que pasar un par de generaciones para que llegara la paz, la piedad y el perdón que hoy quieren tirar por tierra políticos irresponsables y venales. Resucitar la España de delatores y verdugos cuando sólo hay currantes y contribuyentes. El hombre que sobrevive sujeto  a complicados cambios de humor entre el entusiasmo y la melancolía.

El país en imperfecta democracia también está construido sobre sangre derramada, la de los españoles asesinados por no querer dejar de ser españoles cuando no se puede ser otra cosa; de tantas madres llorando por un hijo guardia civil de apenas 20 años, de las bombas en autobuses, en centros comerciales, en coches y en cuarteles.

La ciudadanía solidaria y volcada cuando una mano fantasma reventó los trenes en Madrid aquella mañana de marzo. La España que da el callo y preserva en su interior ese instinto de violencia para poder mantener nuestra débil convivencia sin que se le salten las costuras.

Hoy seguimos renqueantes. Luchando contra una organización criminal arraigada en lo más profundo del Estado, y una UE que bendice a golpistas. La imperdonable y gigantesca corrupción y la cueva de ladrones que nos cierra el paso del futuro, con nacionalistas y populistas enfermos de inquina tratando de darle lanzada a cristiano vivo, poder poner de rodillas y ahí destruir el país que odian. Tantos enemigos con tantas ansias de poder y de destrucción, en el Congreso y fuera de él.

Son tiempos difíciles, donde se pone en jaque el Estado de derecho y hasta la propia integridad territorial. Donde los españoles empiezan a ser minoría en determinadas zonas. Pero ni el PSOE ni la demografía delincuencial van a conseguir imponer el velo de sombras sobre un concepto cultural del 2.000 años y una nación de más de 500, si contamos a partir de la unión dinástica de Castilla y Aragón, aquella del águila de San Juan y el yugo y las flechas, que en el escudo pusieron entre Isabel, Fernando y Franco, según estudios recientes.

La España agonizante pero nunca muerta. La España de carne abierta y emociones a flor de piel, con la piel tibia y amarga y el semblante serio de las grandes ocasiones. Sánchez no prevalecerá. Mucho morlaco para tan poco tipejo. Porque aquí hay un país de españoles que, llegado el momento, no estarán dispuestos a claudicar, y que podrán sonreír desde las entrañas mientras saben del largo viaje realizado como pueblo indestructible.
Un país que dará todo lo que tiene y que volverá de nuevo a reclamar su merecido lugar en la historia, antes de que se extinga la última luz.

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