Vuelvo, como la burra al trigo, a mi ya vieja obsesión de que el partido ideológico, la Final, se juega en el diccionario.
Y hoy vamos con uno de los términos más venenosos del debate actual: «racista», popularizado por Trotsky y sus cuates bolcheviques para atizar al imperialismo capitalista. No es fácil recuperarse de la etiqueta de racista cuando se ha logrado fijar con éxito.
Pocos términos se han sometido tan eficazmente a la estrategia de la «mota castral·, que tan brillantemente explica Miguel Ángel Quintana Paz y que equivale a mover los postes de la portería en medio del partido: se propone una definición enormemente amplia del concepto y, cuando es atacada, quien la propone se retira a la mota de una definición más estrecha y fácil de defender.
Así, cuando yo era pequeño, allá por el Pleistoceno, racista era un tipo que consideraba ontológicamente inferiores determinadas razas (normalmente, todas con respecto a la suya propia). Hoy, en cambio, significa no pedir perdón constantemente por ser blanco. La salida de Rajoy en una columna deportiva de la que ya hemos hablado le ha valido al expresidente el calificativo universal de «racista», lo que nos sirve para meditar en el significado que tiene el vocablo en el debate hoy.
¿Es racista decir que los jugadores de la Selección Francesa a los que hacía referencia no son verdaderamente franceses? ¿En qué sentido? ¿Hay una superioridad natural en ser francés? ¿Es un derecho natural ser francés? Yo mismo, no me duelen prendas en reconocerlo, no soy francés. ¿Debo sentirme discriminado por ello?
Rajoy estaba expresando en voz alta, con una ingenuidad conmovedora en un político, lo que llama la atención a cualquiera que tenga ojos, incluso a los miopes. Incluso sin mirar, es fácil reconocer que Mbappé no es un apellido tradicional francés.
El expresidente no estaba ninguneando a los jugadores; no estaba despreciándolos por no ser franceses. Sospecho que hasta el más afrancesado de los intelectuales de nuestro siglo XVIII encontraría peculiar la teoría de que no ser francés sea una seña de inferioridad. Personalmente estoy muy satisfecho de no serlo.
Si quisiera hacer sangre y emplear sus mismas armas demagógicas, podría decir que esa acusación delata un mentalidad ocultamente supremacista, que lo es la premisa implícita de que reconocerlos africanos es hacerlos de menos.
Tengo dicho que estas palabras tapabocas, creadas exclusivamente para torpedear cualquier debate inteligente, tienen los días contados. Con los años y el abuso han perdido su magia; ya no asustan como antaño, ya no dejan —no siempre— al interlocutor balbuceando explicaciones y abrillantando credenciales para ser perdonado. Como en los juicios de Moscú, ni la más humillante autocrítica satisfará al opositor izquierdista. Pero, como digo, ha dejado de ser el «¡Expelliarmus!» de otros tiempos.
Rajoy, apuesto un brazo, no tiene un sólo hueso supremacista blanco en todo su cuerpo. Y quien le acusa de racismo, por supuesto, lo sabe. La acusación de racismo ya casi nunca pretende describir una realidad. Pretende disciplinar una conversación. Durante décadas funcionó porque bastaba pronunciar la palabra para que el acusado empezara a pedir perdón. Hoy cada vez funciona menos. No porque haya menos racistas, sino porque cada vez hay más gente que ha comprendido el truco.