
El fantasma del Estado Islámico no ha desaparecido: sólo ha mutado. Pese a la muerte de sus líderes, el Estado Islámico mantiene intacta su capacidad operativa, sus redes de financiación y su maquinaria de propaganda, consolidándose como la mayor amenaza terrorista a nivel mundial.
Un informe presentado por el subsecretario general de la ONU este mismo miércoles para la lucha contra el terrorismo, Vladimir Voronkov, ha sacudido al Consejo de Seguridad. La conclusión es demoledora: el yihadismo no ha retrocedido, se ha reconfigurado. África Occidental y el Sahel se han convertido en el principal epicentro del terror, mientras que en Siria e Irak el grupo sigue activo con operaciones encubiertas y agitaciones sectarias.
Según el informe, la región africana vive hoy lo que Oriente Medio sufrió hace una década. El Sahel, el Gran Sáhara y Somalia se han transformado en laboratorios de barbarie yihadista. En Puntlandia (Somalia), ISIS lanzó un ataque masivo con combatientes extranjeros; pese a la contraofensiva militar, el grupo conserva apoyos regionales y redes de reclutamiento.
En Libia, incluso las cárceles se han convertido en centros de financiación y logística, con conexiones que se extienden por todo el Sahel. Su capacidad de propaganda no sólo se mantiene, sino que se expande: África Occidental es hoy la principal fábrica de mensajes terroristas.
En Siria, se aprovechan de los vacíos de seguridad para incitar al odio sectario y reorganizarse en la región de Badia. En Irak, la muerte de dirigentes no ha frenado la amenaza: según Estados miembros de la ONU, el grupo puede recomponerse de cualquier baja de liderazgo en cuestión de seis meses.
La advertencia dada durante la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU es clara: la estrategia de decapitación —matar líderes para frenar al grupo— ha fracasado. El Estado Islámico ha demostrado ser una hidra yihadista que, cada vez que pierde una cabeza, genera otra.
En Afganistán, el afiliado ISIS-Khorasan (ISIS-K) ha redoblado su ofensiva. Sus blancos son siempre los mismos: civiles, minorías y extranjeros. Se aprovecha del descontento social para sembrar terror y reclutar nuevas generaciones de combatientes.
La ONU ha reconocido que sus peores temores ya se cumplieron: arsenales completos de armas han caído en manos de los terroristas, multiplicando su capacidad de daño. Pese a los discursos, la comunidad internacional sigue mostrando debilidad frente a la mayor amenaza del siglo XXI. El terrorismo islámico se alimenta de fronteras abiertas, Estados fallidos y la incapacidad de las instituciones internacionales para actuar con firmeza.
La advertencia de Voronkov no deja lugar a dudas: ISIS no es un recuerdo del pasado, sino un enemigo vivo, poderoso y en expansión. Y mientras las potencias miran hacia otro lado, la bestia yihadista vuelve a levantar la cabeza.