
Aunque parece una descripción propia de la Guerra Fría o de una película de James Bond, existen datos cada vez más alarmantes que explican por qué Washington ha vuelto a hablar de «ejes» y coaliciones malignas. Entre enero de 2019 y diciembre de 2025, se documentaron 616 instancias concretas de cooperación militar y de seguridad entre China, Rusia, Irán y Corea del Norte. No son especulaciones geopolíticas ni proyecciones: son episodios verificables como transferencias de armas, ejercicios militares conjuntos, intercambio de inteligencia y desarrollo tecnológico que coinciden con un período de altísima fricción, como no se veía en décadas, entre estos cuatro países y, por otro lado, el Occidente libre.
El dato aparece en Axis of Aggressors: Countering the Cooperation of China, Russia, Iran & North Korea, el libro que Bradley L. Bowman, Elaine K. Dezenski y el contralmirante retirado Mark Montgomery publicaron en julio de 2026 bajo el sello de FDD. El número por sí solo explica las preocupaciones, más aún cuando se analiza en qué terrenos y bajo qué denominaciones se está operando, porque la cooperación entre estos países no ocurre en abstracto sino que se despliega en dominios concretos, y cada uno de ellos tiene su propia lógica interna.
En el plano económico, el motor es la necesidad mutua antes que la afinidad. China necesita energía a gran escala; Rusia e Irán necesitan divisas que sólo el petróleo y el gas pueden darles bajo régimen de sanciones; Corea del Norte necesita, directamente, sostén económico para no colapsar. De esa necesidad surgió una dependencia asimétrica que conviene no perder de vista: China compra casi la totalidad de las exportaciones petroleras iraníes, lo que le da a Pekín una capacidad de presión sobre Teherán que Irán jamás podría ejercer sobre China. Estas redes financieras, a pesar de la inestabilidad dada por los conflictos bélicos, podrían madurar hacia un sistema capaz de blindar a sus miembros frente a las sanciones occidentales.
En el plano cibernético y tecnológico es donde el eje se vuelve más inquietante, porque conecta directamente con el control interno de cada régimen sobre su propia población. Los cuatro países implementan tecnologías de vigilancia y censura para reforzar su control doméstico, mientras fusionan actores estatales y criminales en el terreno del cibercrimen ofensivo.
El plano militar es, sin dudas, el más documentado y el que más se parece a una alianza formal, aunque profundamente asimétrica. La relación China-Rusia se profundizó después de la invasión rusa a Ucrania en 2022, con Pekín sosteniendo la base industrial de defensa de Moscú mediante bienes de doble uso, mientras Rusia devuelve el favor transfiriendo expertise de combate real, aporte clave que reduce una desventaja histórica. Corea del Norte, mientras tanto, pasó de proveedor secundario a «cómplice directo»: envió millones de proyectiles de artillería y, en agosto de 2024, miles de tropas de combate. Irán, por su parte, funciona como patrón y beneficiario a la vez: proveyó drones y municiones a Rusia desde el inicio de la guerra, y recibió a cambio apoyo satelital y de defensa aérea que se habría usado para intentar ubicar bases estadounidenses durante el conflicto de 2026 con Israel y Estados Unidos.
Hay un cuarto plano que merece consideración porque su lógica es distinta a la de los tres anteriores y habla de una hostilidad antioccidental profunda que excede la coyuntura geopolítica. Se trata de la animadversión compartida hacia ciertas identidades religiosas, expresada de maneras muy diferentes según el país. Quien desarrolló este ángulo fue el analista Samuel Ben-Ur, que sostiene que los cuatro países presentan una convergencia en la represión anticristiana. Ben-Ur toma el concepto genérico de «vigilancia y censura compartida» y lo proyecta a la base empírica de la represión religiosa en sí misma obteniendo resultados reveladores.
Corea del Norte es, sin comparación posible, el caso más extremo. Según reportes de USCIRF, la ideología gobernante, el Kimilsungismo-Kimjongilismo, trata la religión como una amenaza existencial al Estado. El sistema de clasificación social conocido como songbun ubica a los practicantes religiosos en la «clase hostil», sujeta a discriminación sistemática, aislamiento y, en los casos más severos, ejecución. Pyongyang, que antes de la guerra de Corea era conocida como la “Jerusalén de Oriente” por su extraordinaria concentración de congregaciones cristianas, sufrió después de la instauración del régimen comunista una persecución que prácticamente eliminó la vida religiosa independiente de la ciudad.
China mantiene una represión que, lejos de disminuir, escaló en los últimos años. En octubre de 2025 el Partido Comunista lanzó lo que informes compilados por el McCain Institute describen como la mayor represión coordinada contra una iglesia doméstica urbana en cuatro décadas, con la detención del pastor principal de Zion Church y unos treinta pastores más. Rusia, por su parte, exige aprobación estatal para la actividad misionera desde las llamadas «leyes Yarovaya» de 2016, que restringen severamente el proselitismo fuera de las estructuras reconocidas por el Kremlin, principalmente la Iglesia Ortodoxa Rusa que funciona a la vez como brazo de legitimación política del gobierno. Irán combina vigilancia digital con represión física directa.
El antisemitismo del bloque merece un párrafo aparte, porque opera bajo una lógica distinta a la de la persecución cristiana. Es, sobre todo, antisemitismo de proyección externa dirigido hacia Israel como concepto geopolítico, religioso e ideológico, más que de represión doméstica: las comunidades judías que aún viven en estos cuatro países son, en términos demográficos, marginales. El antisemitismo de Estado mejor documentado, el de Irán, tiene como objetivo declarado la eliminación de Israel.
El vocabulario para nombrar esta alineación cambió varias veces en apenas dos décadas, y cada cambio de nombre responde a una intención política distinta, incluso cuando describe a los mismos actores. A comienzos de 2002, cuatro meses después del 11 de septiembre, George W. Bush pronunció su primer Estado de la Unión tras los atentados soltando la frase «eje del mal» (axis of evil), que apuntaba entonces a Irak, Irán y Corea del Norte, haciendo alusión a las potencias del Eje de la Segunda Guerra Mundial y el «Imperio del Mal» con el que Ronald Reagan había descrito a la Unión Soviética dos décadas antes.
El término quedó dormido hasta que la invasión rusa a Ucrania en 2022 reactivó la necesidad de nombrar una alineación de adversarios. En 2023 apareció «CRINK«, acrónimo de China-Russia-Iran-North Korea, introducido formalmente en el Halifax International Security Forum. En abril de 2024 llegó el término que terminaría dominando el debate académico: «Axis of Upheaval«, acuñado por analistas del Center for a New American Security, en un artículo de Foreign Affairs. Alrededor de estos dos términos dominantes circularon variantes: el Institute for the Study of War propuso en junio de 2025 «Adversary Entente»; la jefa de planificación política de la OTAN, Benedetta Berti, prefiere hablar de «convergencia estratégica»; y circulan además «cuarteto del caos» y «eje de las autocracias». El libro de FDD tiene su propio giro: «Axis of Aggressors» enfatiza la acción ofensiva por sobre el desorden sistémico, un desplazamiento de énfasis que no es menor ya que «aggressors» describe una intención de sus protagonistas.
El punto de mayor consenso entre analistas, más allá de la controversia semántica, es que esta alineación no nace de una afinidad ideológica profunda ni de un proyecto compartido de futuro. Nace de una necesidad de sortear el aislamiento y la presión occidental, y hackear el orden surgido luego de la Segunda Guerra Mundial y la caída de la URSS. Es, en buena medida, un matrimonio de conveniencia, sostenido por la oposición compartida al orden internacional de posguerra. Este marco concede que la inexistencia de un «eje» formal no vuelve la cooperación más débil sino que puede ser lo que la hace más efectiva, porque los acuerdos se negocian más rápido, son más fáciles de negar y se adaptan mejor a la necesidad inmediata que un tratado multilateral rígido.
Existen también quienes cuestionan la coherencia interna del concepto, incluso después de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái y el desfile militar chino de principios de septiembre de 2025, cuando las imágenes de Xi Jinping, Putin, el presidente iraní y Kim Jong-un compartiendo escenario terminaron de instalar la narrativa de una «alianza» consolidada en buena parte de la prensa occidental. Este cuestionamiento se basa en la asimetría real de sus vínculos bilaterales. China supera ampliamente en casi todos los aspectos citados al resto de los «socios«, lo que le da una influencia desproporcionada en cada una de sus relaciones bilaterales con Moscú, Teherán y Pyongyang.
La Asamblea Parlamentaria de la OTAN lo planteó en un informe adoptado el 12 de octubre de 2025 en Liubliana: calificó al alineamiento CRINK como una amenaza «sin precedentes y multifacética» para la comunidad euroatlántica, señalando que aunque los cuatro regímenes difieren en ideología, están unidos por un rechazo común al orden internacional basado en reglas y por una cooperación que ya abarca asistencia militar, operaciones híbridas y cibernéticas, asociaciones tecnológicas, vínculos económicos y narrativas diplomáticas coordinadas. El exsecretario de Defensa estadounidense Robert Gates, en 2023, señaló que Estados Unidos nunca antes había enfrentado a cuatro antagonistas aliados de manera simultánea cuyo arsenal nuclear combinado podría llegar a duplicar al propio.
El Center for European Policy Analysis, en un estudio publicado en junio de 2026, agrega que hace apenas una década, ninguno de estos escenarios hubiera sonado creíble. El Center for Strategic and International Studies, en un análisis centrado específicamente en los lazos de seguridad del CRINK, aporta cifras que ilustran la escala del intercambio: Corea del Norte desplegó entre 14.000 y 15.000 soldados y miles de trabajadores adicionales a Rusia entre fines de 2024 y principios de 2025, y a cambio recibió de Moscú tecnología de drones de ataque iraní, asistencia satelital, equipo de defensa aérea, misiles antiaéreos y sistemas avanzados de guerra electrónica; además de guía técnica para mejorar sus misiles balísticos y un valor estimado entre 9.600 y 12.300 millones de dólares en ingresos por el equipamiento provisto a Rusia, una cifra enorme para una economía como la norcoreana. Generales retirados de la OTAN respaldan la misma lectura: el general Philip Breedlove, excomandante supremo aliado de la OTAN en Europa, sostuvo que el lenguaje diplomático de «competencia estratégica» que usa Washington subestima la gravedad de la confrontación real, y que estos cuatro países ya no buscan cooperar con Estados Unidos, sino disminuir su poder.
Ya sea que se lo llame «eje de agresores», CRINK o simplemente «alineamiento», el hecho verificable describe una tendencia que ya modificó el tablero. El verdadero problema no es cómo se llama el fenómeno sino la posibilidad concreta de que Washington deba enfrentar crisis en Taiwán, la península coreana, el Báltico y Medio Oriente al mismo tiempo, y no de a una por vez como venía preparándose durante décadas. Ese escenario ya no es sólo hipótesis de laboratorio: el 13 de agosto Taipéi vació sus calles, activó sirenas antiaéreas y cortó por primera vez el internet móvil en varias ciudades para ensayar, con la población civil como protagonista, qué pasaría el día que China decida convertir la presión en ataque, la prueba más nítida hasta ahora de que el «problema de la simultaneidad» dejó de ser una advertencia entre think tanks para convertirse en un simulacro que millones de personas vivieron en carne propia.