«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La maquinaria represiva ha recrudecido su poder y brutalidad

El ocaso de la República Islámica de Irán: anatomía de un régimen herido de muerte

Protestas contra el régimen de los Ayatolás en Irán. Europa Press

La República Islámica de Irán atraviesa su crisis más profunda desde 1979, pero su colapso no necesariamente es inminente. Después de las protestas por la muerte de Mahsa Amini en 2022 y el ataque de Hamás a Israel en octubre de 2023 se desencadenó la devastación de su arquitectura. Alí Jamenei enfrenta la descomposición del proyecto que construyó durante tres décadas y media; que hoy yace en ruinas, aunque la maquinaria represiva que lo sostiene ha recrudecido su poder y brutalidad. Esta dualidad define el momento actual iraní.

Cuando Alí Jamenei asumió como Líder Supremo en 1989, heredó de Ruhollah Jomeini una ambición civilizacional: convertir a Irán en la matriz del islam político, capaz de proyectar poder imperial a través de un modelo institucional “híbrido”, con elecciones, un parlamento, etc, pero donde toda esa arquitectura quedara subsumida a la autoridad absoluta de los ayatolas.

El sistema estuvo custodiado por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), particularmente su brazo expedicionario, la Fuerza Quds. Para su proyección exterior, Irán tejió el «eje de la resistencia»: Hezbolá en Líbano, Hamás y la Yihad Islámica en Gaza, la intervención decisiva en Siria para preservar la dictadura de Bashar al-Assad, las milicias chiítas en Irak y los hutíes en Yemen. Simultáneamente, avanzaba su programa nuclear, una obsesión por la cual pagó con gusto el precio del aislamiento y las sanciones económicas.

Este edificio estratégico hoy está dañado de muerte. Hamás fue pulverizado en Gaza tras su ataque del 7 de octubre. Israel eliminó prácticamente a todo el liderazgo de Hezbolá en 2024, incluyendo al legendario Hassan Nasrallah en septiembre y a su probable sucesor, Hashem Safieddine, en octubre. La operación que convirtió buscapersonas y walkie-talkies en trampas letales quedó como símbolo de la humillante penetración de la inteligencia israelí. La destrucción de Hezbolá privó a Assad de su sostén militar vital, precipitando la caída de la dictadura siria en diciembre de 2024. Seis meses después, en junio de 2025, Israel y Estados Unidos atacaron letalmente el programa nuclear iraní. Hoy, los hutíes en Yemen enfrentan bombardeos sostenidos. Uno por uno, cada eslabón del «eje» fue roto. El proyecto de Jamenei para garantizar la invulnerabilidad de Irán fuera de sus fronteras ha colapsado de manera vertiginosa.

Sin embargo, mientras el sueño imperial se desmorona, la estructura represiva interna del régimen arrecia en cohesión y brutalidad. Las oleadas de protestas que surgen periódicamente han revelado tanto el alcance del descontento popular como la capacidad del sistema para aplastarlo mediante violencia masiva y coordinada. Según organizaciones de derechos humanos, casi 600 manifestantes fueron asesinados durante el levantamiento de «Mujer, Vida, Libertad».

Las protestas que estallaron a fines de diciembre de 2025, y que continúan hasta hoy, han generado una reacción de proporciones históricas. Aunque el Gobierno mantiene un eficiente apagón comunicacional, los reportes emergentes son devastadores. Se estima que se trata de una de las mayores masacres en la historia moderna de Irán, dato corroborado por filtraciones gubernamentales, informes periodísticos, registros hospitalarios y testimonios en redes sociales.

Esta capacidad represiva no es improvisada, sino estructural. El aparato de seguridad, anclado en la Guardia Revolucionaria y la fuerza paramilitar Basij, actuó con una rapidez y coordinación inusuales. El Líder Supremo mantiene el control respaldado por el CGRI, los servicios de inteligencia y el poder judicial. El Ministerio de Inteligencia anunció el arresto de supuestas «células terroristas», afirmando haber incautado armas estadounidenses. Esta narrativa cumple un propósito interno crucial: reforzar la cohesión en los círculos de poder. Un indicador pesimista para quienes esperan la caída inminente del régimen es, precisamente, esta cohesión que ha impedido hasta hoy deserciones significativas en la élite militar.

Para comprender la respuesta actual es indispensable examinar la histórica dependencia de las ejecuciones masivas como herramienta de control. Irán ejecuta a más personas per cápita que cualquier otro país del mundo. Según Amnistía Internacional, se ejecutaron al menos 972 personas en 2024, un aumento significativo respecto a 2023. Otras organizaciones estiman cifras aún mayores para el año que acaba de terminar.

El precedente histórico es sombrío; la maquinaria de exterminio es una política de Estado cimentada en la sangre de décadas pasadas. La dinámica comenzó en 1981 tras la destitución del presidente Banisadr, con fusilamientos masivos en las calles. Fue el preámbulo de la atrocidad sistemática de 1988, cuando una fatwa ordenó la ejecución extrajudicial de miles de presos políticos (mayoritariamente del MEK y comunistas) que ya cumplían condena. Fueron enviados a la horca tras interrogatorios de minutos ante «Comisiones de la Muerte» y sus cuerpos terminaron en fosas comunes como las de Khavaran.

La respuesta del régimen siempre duró mucho más que las manifestaciones mismas, con personas juzgadas y ejecutadas durante meses y años posteriores. El ayatolá disidente Ali Montazeri describió el sistema en detalle. Esta lógica de eliminación mutó en la década de 1990 con los infames «Asesinatos en Cadena», una operación de inteligencia que cambió la ejecución masiva por el asesinato selectivo y silencioso: más de 80 intelectuales, poetas y activistas, como el matrimonio Forouhar o los escritores Mohammad Mokhtari y Mohammad Jafar Pouyandeh, fueron secuestrados, apuñalados o estrangulados para terminar con la disidencia cultural crítica, un modus operandi de impunidad que conecta directamente con los jerarcas judiciales de hoy. Los recuerdos de estas masacres resurgieron cuando el carnicero Ebrahim Raisi, uno de los fiscales involucrados en imponer sentencias de muerte en 1988, ganó las elecciones presidenciales de 2021.

Durante su breve presidencia, dado que murió en un accidente de helicóptero en 2024, la tasa de ejecuciones se disparó como respuesta a las protestas de 2022. Su presidencia también vio el ascenso de funcionarios extremadamente agresivos y fanatizados a posiciones clave: Ahmadreza Radan como jefe de policía y Gholamhossein Mohseni-Ejei como jefe del poder judicial. Estos dos personajes representan hoy la voz cantante de la vengativa represión que sufre el pueblo iraní por estas horas, y que, a pesar de lo que afirme la Casa Blanca, continuará masacrando manifestantes aunque no se vean «ejecuciones públicas». Justamente, Mohseni-Ejei, acaba de describir a los manifestantes actuales como «moharebs», personas que libran una guerra contra Dios. Ha ordenado a los tribunales revolucionarios dictar y ejecutar con celeridad las sentencias de los detenidos, a pesar de las advertencias de Donald Trump.

Otro factor clave para entender la compleja situación actual deriva del hecho de que el colapso del régimen no garantiza una transición ordenada o democrática, y tampoco existen garantías respecto de una oposición capaz de llenar el vacío de poder. Dentro de Irán no queda ninguna oposición política real tras décadas de purgas. En la diáspora, la división es también compleja.

Las principales facciones son quienes apoyan a Reza Pahlavi, hijo del sha derrocado, y los Mujahedin-e Khalq (MEK), a quienes Estados Unidos catalogó como organización terrorista que tiene un amplio rechazo entre los iraníes por su trayectoria de sangrientos atentados. Durante las protestas actuales, muchos videos mostraron manifestantes coreando el nombre de Reza Pahlavi y expresando su apoyo a la monarquía. Pahlavi emitió un llamado a protestas unificadas y ha pedido una transición pacífica. Sus partidarios en Occidente presentan esto como evidencia de popularidad creciente, argumentando que es la única figura capaz de unir al país si la República Islámica implosiona. Sin embargo, persisten dudas sobre si esto refleja apoyo genuino dentro de Irán.

Si bien encuestas recientes revelan un apoyo abrumador la caída de la República Islámica, durante décadas, analistas y diplomáticos han considerado que la oposición es mucho más popular entre los emigrados que dentro del país, algo muy difícil de medir realmente si se considera que la libertad política y la libertad de expresión están brutalmente cercenadas fronteras adentro. Sea cual fuera su apoyo, persisten las dudas de que, si el régimen colapsa, el escenario posterior pudiera dar lugar a una guerra civil o el ascenso de otra forma de autoritarismo, es posible que estos sean los informes que circulan en el Salón Oval.

Esta enorme incertidumbre es lo que rodea las noticias y debates sobre el futuro del régimen iraní, que por momentos parece haber recuperado el control de las calles a fuerza de masacres, pero esa calma superficial no debe confundirse con legitimidad. Al recurrir a la máxima represión, Teherán ha limitado sus propias opciones futuras. La magnitud de los asesinatos puede disuadir manifestaciones a cortísimo plazo, pero con tanta población directamente afectada el descontento se seguirá acumulado. Después de todo, es imposible separar cada oleada de protestas de su predecesora. Lo que ocurrió en estos días es, sin lugar a dudas, un efecto acumulativo.

Por eso, para el CGRI, la prioridad inmediata es prevenir la fragmentación de élites y la intervención externa. Para Jamenei, un anciano de 86 años, enfermo y paranoico, el desafío es gestionar su sucesión en un sistema que depende exclusivamente del miedo. La ausencia de consenso y apoyos hacia el régimen acota las opciones y la incertidumbre sobre quién podría ocupar su lugar. Las opciones son todas truculentas, incluyendo a su misterioso hijo Mojtaba o un comité en lugar de un individuo, esto añade volatilidad a la ecuación.

Con justicia, en estos días se ha puesto de manifiesto la doble vara, hipocresía y cobardía de organismos e instituciones «defensoras» de Derechos Humanos debido a su silencio e incluso complicidad con el accionar de la dictadura iraní. Pero es de destacar que la presión internacional se ha intensificado de manera inusual. Posiblemente gracias a las redes sociales, cuya influencia ha sido determinante para empujar a los medios masivos a cubrir la noticia. Lo cierto es que a diferencia de otras veces la condena ha sido contundente, representando un cambio respecto a represiones anteriores.

La presión acumulada, tanto reputacional como económica, marca un punto de inflexión positivo, al tiempo que ha movido el tablero agregando turbulencia. Se está formando un eje inaudito entre Qatar y Arabia Saudita, y la ambigüedad estratégica de Donald Trump añade otra capa de incertidumbre. Trump es conocido por mantener en secreto la toma de decisiones, y justamente esa ambigüedad en sí misma podría ser parte de su estrategia.

Es difícil saber cuánto más durará este largo crepúsculo. La República Islámica enfrenta su mayor desafío desde 1979, pero la supervivencia no equivale a estabilidad. Jamenei ha sobrevivido a cinco levantamientos importantes desde 2009. Esta vez, sin embargo, la ecuación ha cambiado fundamentalmente: el proyecto exterior está en ruinas, mientras la represión interna alcanza niveles que pueden resultar insostenibles a mediano plazo.

Independientemente de lo que suceda en los próximos días, y de si Trump finalmente interviene o no, la República Islámica se ha convertido en un proyecto vacío, sin legitimidad entre la población iraní, especialmente en la juventud. Su economía está estrangulada y su proyección regional destruida. Incluso si el régimen de los ayatolas sobrevive a este episodio, su suerte está echada, habiendo pospuesto con sangre un ajuste de cuentas que, tarde o temprano, será inevitable.

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