La Armada española desembarca en Nueva York, capital decadente del Babel multicultural de Mamdani. A mitad de camino entre Wall Street y Gotham City, sus calles están envueltas en densas nubes de marihuana y criminalidad, pack turístico indivisible para los europeos más despistados que creen que el mundo es un parque temático. En esa atmósfera irrespirable España se cita con la historia para enfrentarse al país nacido del antiguo Virreinato del Río de la Plata y a los arbitrajes de la FIFA, que un villano como Infantino siempre da más miedo que un genio como Messi.
Si hay un hombre capaz de evitar que repitamos aquello de que no vinimos a luchar contra los elementos es don Luis de la Fuente, a una estrella de convertirse en capitán general. Este riojano tranquilo, de maneras de hidalgo castellano, habla poco y reza mucho. Y en su temperamento sosegado encontramos firmes convicciones y un liderazgo de otra época. A de la Fuente hay que agradecerle, sobre todo, que no convierta las ruedas de prensa en soporíferas peroratas, en esos monólogos insufribles vomitados por tantos filósofos en chándal. Su estilo combina la sencillez con gotitas de sarcasmo y toneladas de sabiduría. Con los años comprendemos que la cosa iba de hablar poco.
En un mundo que ensalza la juventud como virtud, don Luis alcanza la plenitud mental y física a los 65 años, y no lo decimos por sus prominentes bíceps moldeados con pesas de 16 kilos. Qué va. En su obra proyectada sobre el césped apreciamos lo más difícil en un líder: construir un equipo. Ha convencido a esos jovencísimos egos millonarios de que el colectivo está por encima de cualquier individualidad. Que el talento debe servir a la causa. Por eso el suyo es un liderazgo callado, forjado desde el ejemplo y con resultados que saltan a la vista. Los franceses, que tenían mejor equipamiento y más artillería, encontraron su Waterloo en la tórrida Dallas.
Don Luis se enfrenta ahora a un doble reto: tumbar a Messi y coronarse sin una superfigura en el equipo. Aunque Rodri es balón de oro, el entrenador no dispone del elenco de estrellas que ganó en 2010. Lamine, del que esperábamos noches de vino y rosas, ha jugado a medio gas. Sin embargo, el bloque es la fuerza. Puro granito. Y eso jamás se habría conseguido de haberse doblegado al ruido exterior, uno de sus mayores logros. Son tiempos en que acierta quien no obedece a la prensa. De la Fuente ha sentado en el banquillo a algunos de los favoritos del poder mediático. Pedri, Joan García, Llorente o Williams saben que, acierte o no, las alineaciones las hace el entrenador. Se acabaron los tiempos en que jugaban los amiguetes de los habituales en los reservados del Txistu.
Así, algunos de los jugadores más destacados no aparecían en los pronósticos. Uno de ellos es Pedro Porro, pacense de Don Benito, en quien encontramos el ADN de aquellos barbudos que cruzaron el charco y dieron gloria a España. Lateral incombustible, sus arrancadas nos recuerdan ese impulso racial que leemos en el inolvidable Cuando los dioses nacían en Extremadura.
Otro de los héroes tímidos del equipo es el alavés Unai Simón, que sólo ha recibido un gol en siete partidos. Cómo no va a detener balones o lo que haga falta el hijo de un guardia civil y una ertzaina. Oyarzábal, de la vecina Guipúzcoa, lleva cinco dianas y es el máximo goleador nacional. Después aparecen otros menos conocidos para el gran público que ya no lo son tanto, como Dani Olmo o Cucurella. Los locutores argentinos llevan días riéndose de ellos. Paciencia, que todo llega.
Como Dios siempre escribe derecho en renglones torcidos, Luis de la Fuente llegó al banquillo de la mano de Rubiales. Hoy nadie se acuerda de ello ni de su etapa como jugador del Sevilla, donde también se formó como entrenador. En aquellos años descubrió al Cristo de la Expiración, el Cachorro, del que es ferviente devoto como Juan Belmonte o Silvio el rockero. En los últimos días circula una foto espectacular en la que don Luis contempla embelesado al Cristo en el interior de la parroquia trianera mientras la sombra del crucificado cae proyectada justo encima de él.
El domingo se libra en Nueva York la madre de todas las finales que contrapone dos modelos. El dominio y el toque españoles frente a la verticalidad y la garra argentinas que, en demasiadas ocasiones, cuenta con la generosa permisividad del árbitro. Cada balón dividido será un Vietnam, una guerra de guerrillas a la que querrán arrastrar a España, que jugará en inferioridad ante una grada de mayoría albiceleste.
Vencer en esas condiciones será una gesta que recordaremos siempre. En la serenidad y la astucia de don Luis de la Fuente está la oportunidad de que una nación herida recupere su autoestima. Aunque sólo sea una noche de verano.