El presidente de la República Democrática del Congo (RDC), Félix Tshisekedi, ha denunciado ante la Asamblea General de Naciones Unidas que su país padece un «genocidio silencioso» que en los últimos treinta años ha dejado millones de muertos, casi siete millones de desplazados, mujeres y niños atacados, aldeas borradas del mapa y generaciones enteras sacrificadas.
«Esto no es sólo un conflicto: es un genocidio silencioso que ha afligido al pueblo congoleño durante más de treinta años», afirmó Tshisekedi, advirtiendo que en varias regiones del este «todos los indicios de un plan de exterminio están presentes».
El mandatario exigió a la ONU que reconozca el genocidio congoleño y apoye la lucha por la verdad y la justicia, al tiempo que reclamó sanciones contra los autores de crímenes de guerra, lesa humanidad y explotación económica de los recursos. En su denuncia, señaló directamente a las milicias del Movimiento 23 de Marzo (M23), apoyadas por Ruanda, responsables de masacres y limpieza étnica.
El presidente subrayó que estas acciones deben llevarse a cabo con el respaldo de la Unión Africana, Naciones Unidas y los socios internacionales, implicando además a los Estados vecinos y a las empresas que se benefician del comercio de los llamados «minerales de sangre».
Pero la violencia en el Congo no es sólo étnica o política. También se ha convertido en un campo de exterminio religioso contra los cristianos. Grupos como las ADF, vinculadas a Estado Islámico, han multiplicado sus ataques contra fieles indefensos: asesinatos durante las misas, profanación de templos y atentados con bombas en iglesias.
El terror continúa hoy: las ADF mataron a cinco cristianos en una emboscada en Kivu Norte, donde incendiaron vehículos y sembraron el pánico entre los aldeanos. Se trata de un nuevo episodio en una espiral de violencia que ha convertido a la RDC en una de las naciones más mortíferas del planeta para quienes confiesan su fe en Cristo.
Mientras el mundo calla, el pueblo congoleño resiste a un exterminio que combina intereses geopolíticos, saqueo económico y persecución religiosa contra los cristianos, en lo que el propio presidente Tshisekedi ya no duda en llamar genocidio.