«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Occidente se desestabiliza a golpe de idiotas útiles

Fauda, Lioness o cómo la ficción expone al ejército de idiotas útiles

La serie de Fauda. Redes sociales

Cuenta la leyenda que Lenin bautizó como «idiotas útiles» a los simpatizantes occidentales de la causa soviética, fueran estos artistas, periodistas, intelectuales o científicos. Se trató, en adelante, de una expresión despectiva que describe a quien apoya una causa sin entender sus consecuencias reales, y que es manipulado por los líderes de dicha causa para lograr sus propios objetivos. Los mueve, según el caso, la vanidad de sentirse del lado correcto de la historia, una culpa que necesita descargar en algún lado. Y ahí está su valor para quien lo usa: a un agente extranjero se lo puede desenmascarar; a un idiota útil es más difícil porque ni él mismo sabe que lo es.

Parece que nadie logró encontrar dónde Lenin dice semejante cosa, pero la autoría no viene al caso: sí importa el concepto, que sobrevivió porque describe algo real. En la Guerra Fría se usó para nombrar a los «compañeros de viaje» (fellow travelers) que blanqueaban a la URSS, negaban hambrunas y volvían de Moscú jurando haber visto el futuro. La expresión no nació con esa carga negativa: la acuñó el propio régimen soviético en los años 20, del ruso poputchik («el que viaja el mismo camino»), para nombrar a los escritores e intelectuales que acompañaban la Revolución sin militar en el Partido Comunista. Fue León Trotski quien la popularizó en su libro Literatura y revolución (1924), sin intención peyorativa. Recién en los años 30 y sobre todo durante el macartismo de los 50 en Estados Unidos, se transformó en la etiqueta despectiva que hoy conocemos: la de alguien que simpatiza con una causa sin pertenecer formalmente a ella, y que termina prestándole el cuerpo sin el carnet. Casi un siglo después, la etiqueta sigue rindiendo: hoy sirve para describir a quienes, sin saberlo, terminan amplificando la propaganda de Rusia, del régimen chino o de la yihad global.

¿A qué viene esto? Resulta que en el quinto episodio de la tercera temporada de la exitosa serie Lioness, la CIA descubre que ese ejército de idiotas nunca dejó de reclutarse. Justamente, el capítulo se llama «The Idiot Army», y en él Joe, la protagonista, vuelve a su casa después de un día particularmente sangriento y, copa de vino mediante, intenta explicarle a su marido en qué consiste exactamente la guerra que libran ella y su equipo. No es una guerra de invasiones ni de ejércitos formales, le dice. Es una erosión lenta, lo que ella describe como una muerte por mil cortes. Y para nombrar a quienes hacen el trabajo del enemigo sin uniforme ni preparación de espía, cita a Lenin y a su ejército de «idiotas útiles», funcionales de regímenes que los usan y después los descartan.

Lioness, desde su primera temporada, es la crónica del programa homónimo de la CIA que existió y reclutó e infiltró mujeres dentro de las redes de financiamiento y logística del terrorismo internacional. Es, en esencia, una ficción sobre la lucha contra el terrorismo que atraviesa sus tres temporadas como columna vertebral. Joe explica que, como el objetivo es debilitar a Estados Unidos desde adentro, la vía más eficiente no es un atentado, sino comprar (con dinero, con chantaje, con vanidad) a la gente que ya está dentro de las instituciones.

Ahí aparecen los «idiotas» que le dan título al capítulo: Cade McWver, joven ingeniero al que se le tiende una trampa de honeypot para exponer un fraude académico; su propio manejador, otro ingeniero de software; y un profesor de Georgetown, un fanático que recluta estudiantes para una red de extorsión. El capítulo revela, además, que la lista de activos comprometidos por las potencias extranjeras es gigante y matizada: incluye ejecutivos de televisión, editores de medios de referencia, jueces federales y legisladores en funciones.

La quinta temporada de Fauda ronda el mismo concepto. Se trata de una serie israelí que también cuenta las misiones de agentes infiltrados del Shin Bet en su lucha contra el terrorismo islámico. Aquí la idiota es una mujer francesa, interpretada por Mélanie Laurent, que termina prestándose como activo para una célula vinculada a Hamás en Marsella. Sus motivaciones son circunstanciales e inconsistentes: la militancia progresista, el amor, la venganza, la culpa que no logra procesar, montada sobre un desconocimiento absoluto de lo que realmente está en juego en el conflicto.

Ambas series tienen más en común. Si bien no son productos marginales ni de bajo presupuesto, sí es cierto que fueron concebidas por fuera del circuito narrativo hegemónico, y que fue la enorme aceptación popular lo que las catapultó. Según los datos de FlixPatrol, a los pocos días del estreno global de Fauda, el 8 de septiembre, ya estaba entre las series más vistas del mundo en Netflix, con presencia en el top 10 de casi todos los países que tienen la plataforma. El dato más llamativo es que fue número uno en el Líbano, un país con ley de boicot activo contra producciones israelíes, y ocupó los primeros puestos en Jordania, Emiratos, Bahréin, Catar, Egipto y Marruecos. Nada de eso se explica por una campaña de marketing: se explica por el boca a boca puro.

Cuando se habla de semejante cantidad de espectadores alrededor del mundo para dos productos que nacieron en los márgenes de la narrativa oficial, se habla de un error en la matrix de las industrias culturales. Justamente en estos días volvieron a ser tema series y películas sobre los atentados del 11-S. Algunas de las mejores piezas, como The Path to 9/11, fueron sacadas de circulación por sus propios creadores o productores, y la narrativa sobre el terrorismo yihadista se fue lavando en este cuarto de siglo transcurrido desde los atentados, siempre tendiente a evitar acusaciones de «islamofobia» y a convencer al público de que no ocurre lo que sus propios ojos ven que ocurre.

El patrón se repite fuera de la geopolítica del Medio Oriente en muchos otros rincones de la cultura de masas, cada vez que un producto nacido lejos del circuito narrativo hegemónico logra un éxito de público que la crítica especializada no vio venir ni supo cómo digerir.

Es posible que ahí resida buena parte del éxito de Fauda o Lioness: en llevar a la ficción la más cruda realidad, a pesar de la voluntad de las elites progresistas que gerencian mayormente la cultura de masas. Ambas están narrando algo que el resto de la industria cultural prefiere no tocar. Y ahí aparece la paradoja de que mientras Lioness y Fauda señalan con nombre y apellido el mecanismo del idiota útil, buena parte del ecosistema cultural (festivales, premios, medios, críticos) funciona como el idiota útil más grande de todos.

El ejemplo más filoso de esta semana no es ficción. Bueno, en realidad sí lo es: se trata del enésimo libelo antiisraelí con forma de documental. NAZA, de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, recibió una ovación en el Festival de Venecia y se llevó el Premio Especial del Jurado. Y es que este y otros festivales de cine tienen un gusto certificado por aplaudir el antisemitismo cuando tienen la ocasión. En septiembre de 1940, el mismo Festival de Venecia estrenó Jud Süß (El judío Suss), la película antisemita encargada personalmente por Joseph Goebbels, y la recibió con gran entusiasmo del público presente. La película tampoco se llevó el premio mayor de esa edición: la (atención, no es broma) Copa Mussolini a mejor film extranjero fue para Der Postmeister, del militante nazi Gustav Ucicky.

Pero ni NAZA ni Jud Süß necesitaron ganar nada: la ovación sola alcanzó para catapultarlas, y en el caso de la segunda, las SS terminarían usándola como material de adoctrinamiento para sus unidades. Sabemos, por sus antecedentes, que NAZA va a tener el mismo uso. Su título juega con el acrónimo militar hebreo para «daño colateral», y la película sostiene, sobre la base de testimonios anónimos de supuestos soldados e integrantes de inteligencia israelí (ninguno identificado, ninguno verificable), que el Ejército israelí habría usado un sistema de inteligencia artificial para autorizar ataques con bajas civiles conocidas de antemano, bajas que tampoco han sido documentadas. En síntesis, una pieza de fantasía, construida enteramente sobre fuentes que nadie puede verificar, y coproducida por The Guardian. El resultado es un producto sin ningún estándar mínimo de rigor, que despertó un repudio generalizado por su evidente objetivo propagandístico y que, paradójicamente, logró algo poco común: unir en el mismo desprecio a israelíes de izquierda y de derecha, en una sociedad que en casi todo lo demás vive polarizada.

El repudio popular sólido y genuino también se manifestó en un partido entre Elche y Real Madrid, en el que todo el plantel español salió a la cancha con una camiseta que decía «Todos somos caballas» (el gentilicio popular de Ceuta) en solidaridad con la ciudad española que desde julio recibió una invasión de más de 70.000 personas desde Marruecos y que viene siendo asolada desde entonces por la inseguridad, las enfermedades, la criminalidad, la suciedad y el colapso general de deriva de semejante ataque. Tres jugadores, Vinicius, Mbappé y Konaté, la llevaron enrollada para impedir que se viera la leyenda o se la sacaron apenas pudieron. El club, que sí había aceptado la iniciativa, salió después a hablar de «libertad individual», cosa que nadie pone en tela de juicio, pero de nuevo, lo notable es que la traición, la tergiversación y la malicia de los idiotas útiles que se negaron a apoyar a los ceutíes sitiados, despertaron un amplio repudio popular en España.

Idiotas útiles como Vinicius o Yuval Abraham evidentemente no representan el sentir popular. Entonces, ¿cuál es el público real de sus gestos? ¿A quién buscan agradar? La respuesta posiblemente sea la gran maquinaria de la industria cultural progresista, la nave nodriza de los idiotas útiles. El problema no es, entonces, la gente, sino el engranaje destinado a producir sentido en el espectáculo, el deporte, el arte y los medios: la infraestructura de entretenimiento puesta al servicio de quienes, en el fondo, desprecian a esa misma gente y buscan su exterminio.

La peste de la traición sobrevuela todo el desempeño de los idiotas útiles. A un enemigo declarado se lo combate de frente; a quien parece de los propios, hablando el mismo idioma, yendo a la misma universidad o compartiendo el mismo equipo de fútbol, cuesta mucho más ponerlo en la vereda de enfrente. Esa es, precisamente, la ventaja competitiva del idiota útil sobre el espía: la traición vestida de virtud, disfrazada de solidaridad o de conciencia progresista, es la más difícil de señalar como lo que es. Y no es la primera vez que la historia se las tiene que ver con ese disfraz. La frase que Joe le atribuye a Lenin es probablemente una leyenda, pero eso no le quita nada de verdad al fenómeno que describe, que tiene casos documentados que han sido protagonistas de la infamia mucho antes de que existiera Netflix.

El más claro sigue siendo Walter Duranty, corresponsal del New York Times en Moscú en los años treinta, que ganó un Pulitzer mientras negaba activamente la existencia del Holodomor para no perder su acceso privilegiado al régimen soviético. No hizo falta un gran trabajo de espionaje para reclutarlo: alcanzó con dejarlo entrar a las reuniones correctas y dejar que la propia ambición por su carrera hiciera el resto. Los «compañeros de viaje» de esa misma década, como George Bernard Shaw o los esposos Webb, se dejaban mimar en tours guiados por la URSS jurando que la hambruna no existía en ningún lado.

Lo interesante es que esta estrategia no fue espontánea: tuvo arquitecto. Willi Münzenberg, propagandista alemán al servicio de la Comintern en los años 20 y 30, fue quien diseñó de manera sistemática la construcción de comités, revistas y organizaciones «independientes» de intelectuales occidentales que defendían a la URSS sin necesidad de recibir jamás una orden directa de Moscú: bastaba con hacerlos sentir parte de una vanguardia moral. Él los llamaba “clubes de inocentes” y es, probablemente, el primer manual operativo de fabricación de idiotas útiles a escala industrial, mucho antes de que nadie le pusiera nombre.

El patrón siguió mutando. En 1972, la actriz Jane Fonda viajó a Hanoi en plena guerra de Vietnam y se dejó fotografiar sentada en un cañón antiaéreo norvietnamita usado para el combate contra soldados norteamericanos. Una imagen que la propaganda de Hanói usó durante años, y que a ella le costaría el apodo de «Hanoi Jane» para el resto de su carrera. La movía una convicción ignorante que el aparato de propaganda supo canalizar exactamente adonde le convenía.

Ya en 1927, mucho antes de que la Guerra Fría bautizara a los «compañeros de viaje», el ensayista francés Julien Benda había escrito La traición de los intelectuales (La trahison des clercs), un libro entero dedicado a documentar cómo pensadores y artistas abandonaban la búsqueda de la verdad para plegarse a pasiones colectivas y causas partidarias, sacrificando el juicio propio por la pertenencia a un bando. Es, en el fondo, la misma denuncia que un siglo después haría Joe con una copa de vino en la mano frente a su marido.

El filósofo británico Roger Scruton bautizó «oikofobia» al rechazo reflexivo hacia la propia cultura y las propias instituciones, una desconfianza automática hacia «lo de casa» combinada con una indulgencia igual de automática hacia cualquier cosa ajena que se presente como oprimida o alternativa. Ese reflejo, sumado a la necesidad de pertenecer a un círculo social que premia la corrección moral por sobre la verificación de los hechos, es terreno fértil.

Hay, en todo esto, una buena noticia escondida entre tanto mal augurio. Es posible que la gente de a pie, frente a circunstancias o enemigos peligrosos, tienda a acertar el diagnóstico mejor que las instituciones que dicen representarla. Eso es motivo de esperanza. La advertencia es la otra cara de la misma moneda. No hace falta que la mayoría se convierta en idiota útil de nadie para que el daño esté hecho. Alcanza con un puñado bien ubicado: un profesor, una activista culposa, documentalistas o futbolistas resentidos, un jurado radicalizado.

Occidente se desestabiliza a golpe de idiotas útiles, por ataques sistemáticos, la erosión lenta que Joe describe como una muerte por mil cortes.

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