«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Moldean qué temas llegan a la agenda pública y qué políticas parecen razonables

Google, Apple y Yahoo, los activistas de izquierda menos pensados: así manipulan las noticias que lee el mundo

Logotipo de Google. Europa Press

Cada mañana, millones de personas abren su teléfono y miran las «Noticias». No eligieron un diario ni una línea editorial: la aplicación viene instalada, como la calculadora. Y ahí, en esa portada sin firma, alguien decide qué es importante hoy. Elige qué se cuenta, cómo se titula, con qué palabras se predispone al lector. Y, sobre todo, elige lo que no se cuenta.

Ese alguien tiene nombre corporativo. Se llaman agregadores de noticias: Google News, Apple News, Yahoo News, MSN de Microsoft. No escriben una sola línea ni tienen periodistas en la calle. Lo que hacen es elegir, entre miles de notas que publican otros, cuáles llegan a la pantalla del usuario, en qué orden y con qué título. Funcionan como un quiosco que decide qué diarios se exhiben en la vidriera y cuáles quedan en el depósito. Con una diferencia: al quiosco uno lo elige, y estos vienen instalados en el teléfono.

Y como todo editor, tienen una inclinación. Para muestra basta un botón: de cada cien notas que Google News destacó en su portada, setenta y tres vinieron de medios de izquierda o centroizquierda. De la derecha, una. Eso es una línea editorial. Lo único que le falta es la firma.

Todo esto podría ser una curiosidad de nicho si se tratara de medios marginales. No lo es. Según el Media Research Center, las cuatro grandes plataformas de noticias suman más de 550 millones de visitas mensuales: Yahoo, algo más de 200 millones; MSN de Microsoft, unos 150 millones; Apple News, cerca de 125 millones; Google News, alrededor de 93 millones. Y tres de las cuatro llegan solas al usuario, sin que nadie las busque: Apple News viene instalada en los iPhone, MSN es la portada por defecto del navegador de Windows y Google empuja sus noticias en los teléfonos Android.

Ahí está la diferencia decisiva con el sesgo de los medios tradicionales. Un lector elige su diario, su radio, su canal, y sabe más o menos qué compra. Nadie elige el agregador ni el chatbot que se presentan como una vidriera neutral del mundo. Una sutil y oscura forma subliminal de propaganda que no discute con el lector, simplemente le filtra el paisaje.

Los datos del escándalo surgen de un informe de AllSides, una organización que califica el sesgo de los medios con un panel de seis expertos de todo el espectro ideológico y con encuestas a ciudadanos que leen notas sin saber de qué medio vienen. Entre junio y diciembre de 2025 auditó los grandes agregadores, mirando solo las secciones en las que el usuario no puede implementar filtros ni modificaciones: la portada “oficial”. Allí se vio que Google News tomó el 73% de sus notas de medios de izquierda y apenas el 1% de la derecha. Bing, de Microsoft, quedó casi igual: 72% contra 5%. Yahoo News, 53% contra 2%. Apple News, 50% contra 2%. En “Top Stories”, la sección estrella de Apple, la derecha directamente no existió: cero por ciento.

Lo más revelador es la persistencia. Cambian los climas políticos, cambian las agendas, cambian los gobiernos. El sesgo no cambia y va siempre en la misma dirección. Desde que se empezó a medir, en 2022, la proporción de medios de izquierda en Google News subió todos los años: 61%, 63%, 66%, 73%.

El Media Research Center, un observatorio que vigiló durante diez meses el top 20 matutino de los cuatro grandes agregadores, llegó a números todavía más crudos. En enero, Apple News destacó 620 notas: 440 de medios de izquierda, ninguna de la derecha. En febrero, de 487 notas de tapa de Google News, solo 11 venían de la derecha. Y mientras NPR, el vigésimo sitio de noticias más visitado de Estados Unidos, fue enlazado 155 veces por Apple en seis meses, el New York Post, que está entre los diez primeros, casi no apareció.

No hace falta imaginar un cuarto oscuro en Silicon Valley donde alguien aprieta el botón “ocultar Fox”. El mecanismo es más sofisticado, y por eso más eficaz. Funciona en cuatro capas, y cada una empuja hacia el mismo lado.

La materia prima. Los agregadores no escriben noticias: eligen entre lo que producen las redacciones. Y las redacciones estadounidenses, que son de donde salen la mayoría de las noticias, tienen una composición política que haría sonrojar a cualquier comité de diversidad. Según el estudio de la Universidad de Syracuse de 2022, apenas el 3,4% de los periodistas se identifica como republicano, contra 36,4% de demócratas. En 1971, los republicanos eran el 25,7%. En medio siglo, prácticamente desaparecieron de las redacciones de las que se nutren los agregadores los periodistas conservadores.

El algoritmo que amplifica. En 2019, investigadores de la Universidad Northwestern auditaron las noticias destacadas de Google. En la base de datos global había 2,2 artículos de medios de izquierda por cada uno de derecha; en la caja de Google, la proporción saltaba a 3,2. El algoritmo no reflejaba el desequilibrio: lo inflaba casi un 50%. El mismo estudio encontró que tres medios, CNN, The New York Times y The Washington Post, se quedaban con el 23% de todas las apariciones, y que el 83,5% de las notas tenía menos de 24 horas, lo que premia a las redacciones grandes que publican sin parar. Los criterios que usa Google para ordenar (“autoridad”, enlaces entrantes, volumen, novedad) se presentan como neutrales. Pero cada uno favorece, siempre, a los mismos.

El círculo vicioso de la audiencia. Pew ya había detectado en 2020 que los votantes demócratas usan Google News y Apple News más que los republicanos. Si el algoritmo premia lo que se clickea, y quien clickea ya está inclinado, la portada se inclina un poco más. El lector de derecha, que no se ve reflejado, se va. Y su ausencia vuelve a inclinar la portada. Apple dice que su sección de tendencias se arma “según la audiencia”, lo cual, lejos de desmentir el problema, lo explica.

Ninguna de estas capas necesita una orden de arriba. Juntas, producen el mismo resultado que si existiera. Las narrativas hegemónicas tienen ese superpoder: se retroalimentan solas, sin una mano oculta que las alimente las 24 horas. Y por eso mismo funcionan como coartada perfecta.

Ante la publicación del informe, las respuestas de las empresas fueron previsibles. Google dijo que el estudio de AllSides «se equivoca en los hechos», que se basa en valoraciones arbitrarias y que su servicio se personaliza según cada usuario. Ante el de MRC fue más lejos: lo llamó «totalmente falso» y sostuvo que confunde volumen con sesgo, porque los diarios grandes aparecen más simplemente porque publican más. Apple dijo que su sección de actualidad se arma sola, según la audiencia. Yahoo, que trabaja con cientos de medios de los dos lados. Microsoft no contestó.

Ninguna respuesta parece honesta ya que la excusa de la personalización no aplica: se midieron justamente las secciones que nadie personaliza; mientras que el argumento del volumen es, en el fondo, una confesión: si el criterio de selección garantiza que una gran cantidad de usuarios casi nunca vea los medios medios con los que comulga en la tapa, el problema es el criterio. El sesgo, además, no vive solo en qué se elige sino en cómo se presenta. El titular también es línea editorial.

Pero si la portada del agregador es opaca, la del chatbot es directamente invisible. Ahí ni siquiera hay una lista de medios para contar: hay una respuesta, redactada con tono de enciclopedia, que el usuario toma como la respuesta.

El 24 de junio, The Washington Post publicó una prueba con los modelos detrás de las principales inteligencias artificiales. Usó preguntas diseñadas a partir de una investigación de Dartmouth y Stanford sobre una treintena de temas divisivos, sin personalización y con respuestas limitadas a 30 palabras. ChatGPT respondió sólo con argumentos de izquierda en el 80% de los casos, ofreció ambos lados en el 17% y dio solo la posición de derecha en el 3%. DeepSeek, el modelo chino, quedó cerca: 70% de izquierda, 23% equilibrado, 7% de derecha. Claude, de Anthropic, dio respuestas solo de izquierda en el 43% de los casos y equilibradas en el 57%, sin ninguna exclusivamente de derecha. Grok repartió 40% de izquierda, 27% equilibrado y 33% de derecha. Gemini, de Google, ofreció ambos lados en el 93% de las respuestas.

ChatGPT, el más usado del mundo, dio la posición de derecha una sola vez. Grok, que Elon Musk vende como el antídoto «anti-woke», fue el más conservador del grupo y aun así se inclinó más a la izquierda. Y Arya, el chatbot de la red Gab, diseñado explícitamente con valores conservadores, respondió desde la izquierda doce veces más que desde la derecha. Ni siquiera quienes se proponen equilibrar el modelo logran torcerlo. ¿Por qué? Porque los modelos aprenden del mismo texto que producen las mismas redacciones y que ordenan los mismos algoritmos. Es la primera capa del sesgo, ahora convertida en la materia prima de la inteligencia artificial. El círculo se cierra sobre sí mismo.

En febrero, el presidente de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, Andrew Ferguson, le envió una carta a Tim Cook. No le exigió equilibrio: aclaró que la FTC «no es la policía del discurso», pero su jugada fue más fina al considerar que si Apple le promete al usuario un servicio de noticias y le entrega otra cosa, eso puede ser una práctica engañosa. Una semana después, una legisladora pidió datos internos sobre cómo Apple prioriza a los medios. Después de la carta la derecha pasó de 0% a 2% en el top de Apple. Un ajuste cosmético. Pero también una confesión involuntaria: si alcanzó una carta para mover la aguja, entonces la aguja no se movía sola.

La máquina de partir sociedades

El punto clave de esta militancia oculta de los agregadores es que el sesgo de las plataformas no sólo inclina la balanza ideológica. Parte a la sociedad en dos. De un lado, el lector que se siente representado por la portada se queda adentro, y ahí recibe un mundo donde los argumentos contrarios a su visión casi no existen. No es que los rechace: es que nunca los escuchó. Mucha gente, sobre todo de izquierda, puede pasar años sin cruzarse con la mejor versión del razonamiento del otro lado, solo con su caricatura. Cada mañana, la pantalla le confirma lo que ya pensaba.

Del otro lado, el lector que no se ve reflejado se va. Pero no se va a ningún lugar equilibrado: se va a su propio ecosistema, tan cerrado y tan confirmatorio como el que abandonó, solo que con el signo invertido. Es un modelo diseñado para solidificar burbujas.

El resultado no es una sociedad con una mayoría informada y una minoría desinformada. Es una sociedad con dos realidades que ya no se tocan. Cuando una mitad de la sociedad mira al mundo a través de una pantalla que hace invisible a la otra mitad, el otro deja de ser un adversario con argumentos y pasa a ser un enemigo.

Eso es la polarización. No nace sólo de los políticos que la explotan ni de las redes sociales. Nace también, y sobre todo, de algo mucho más silencioso: de una selección diaria de hechos, de omisiones sistemáticas y de encuadres repetidos que nadie firma y nadie votó. No hace falta una manipulación coordinada para que el efecto sea pernicioso. Basta con que un mecanismo viciado decida qué parte del mundo merece aparecer en más de quinientos millones de pantallas.

Y lo que se decide en esa pantalla no se queda ahí. Moldea qué temas llegan a la agenda pública, qué políticas parecen razonables y cuáles impensables, qué candidatos parecen normales y cuáles peligrosos. Es decir, termina influyendo en cómo se vota, qué se legisla y qué cultura se consume. Google, Apple y Yahoo no necesitan afiliación ni consignas, les alcanza con elegir, todos los días, qué mitad del mundo merece ser vista y cómo. Son los militantes más eficaces de nuestro tiempo, justamente porque nadie los ve militar.

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