Casi estoy por votarlos. No lo haré, por supuesto. Están en mis antípodas ideológicas. Soy partidario de la cultura del esfuerzo, el respeto a la propiedad privada y de no ir columpiándose por la vida. Además, lo del Frente Amplio es un guirigay antes de empezar. Ya lo bautizaron con el nombre de la coalición del expresidente uruguayo José Mujica (1935-2025) porque lo de Frente Popular todavía recuerda los estragos durante la Guerra Civil.
Al principio tenía que ser la unión de las izquierdas. Pero ya no llegaron a un pacto in extremis entre Podemos y Sumar. Por las desavenencias políticas y las rivalidades personales. Irene Montero y Yolanda Díaz, como es público y notorio, no se pueden ni ver. Sumar, que tenía que comerse el mundo, está en franco declive. La propia Yolanda Díaz aspiraba a ser la primera presidenta del Gobierno de España. Ella misma lo dijo públicamente. Ahora sólo espera recolocarse en la OIT, a pesar de su precario inglés. Supongo que para poder mantener los modelitos y el nivel de vida.
Personalmente desde el principio me pareció una iniciativa de Gabriel Rufián para seguir cobrando casi 140.000 euros al año del Congreso. El mismo que aseguraba, en 2015, que a los 18 meses volvería a la República catalana, se erige ahora en salvador de España. O al menos de la izquierda ante el empuje del PP y VOX. Algo no cuela. Pero el resto traga. De hecho, estuvo un año y medio mareando la perdiz sin que ni el presidente de su partido, Oriol Junqueras, ni la dirección le llamaran la atención. En cualquier otra formación le habrían abierto expediente. O expulsado. Porque en el fondo utilizó su cargo en Madrid —y la infraestructura que conlleva— para montar una lista aparte.
En Rufián nada es casual. Todavía recuerdo los elogios que dedicó a la diputada de los Comunes Aina Vidal en el pleno sobre Ceuta. «Ha hecho un extraordinario discurso que yo no voy a mejorar», manifestó desde la tribuna del Congreso. Hasta lo aplaudieron desde los escaños de Sumar.
Aina Vidal, por cierto, es la que llamó «panda de pirómanos, racistas y traficantes de odio» a PP y VOX porque defienden el retorno de los menas. Al diputado José María Figaredo le dijo algo peor, que me niego a reproducir por respeto a los lectores. El karma debe existir porque la acaban de defenestrar. ¡Los de su propio partido!
El mal rollo se extiende al resto. El eurodiputado Jaume Asens le ha cantado las cuarenta en X al propio Gabriel Rufián. En su opinión, «no está en condiciones de dar lecciones sobre cómo unir a la izquierda estatal. Hizo todo lo posible por fragmentarla y frustrar un frente amplio».
Mientras tanto, Ada Colau, a falta de otra flotilla a Gaza, se ha ido a Estados Unidos. Le han hecho un favor vetándole la entrada en Puerto Rico. A ver si remonta en las encuestas. Lo mejor, en este caso, es el titular de cierta prensa afín: «Trump veta la entrada de Ada Colau en Puerto Rico». Como si el presidente de Estados Unidos supiera quién es la exalcaldesa de Barcelona o perdiera el tiempo en trámites administrativos.
A mí todo esto me pareció una operación de marketing para que Pedro Sánchez continúe en La Moncloa. Al fin y al cabo, necesitaría sus votos para continuar en el cargo. Como en 2023, cuando precisó la treintena de escaños de Sumar para cubrir su flanco izquierdo. Aunque ahora previsiblemente serían más. Mi quiniela particular es que quizás el PSOE resista, pero la izquierda se hundirá. Lo deseo de todo corazón.