En el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, líderes políticos, intelectuales y diplomáticos se congregaron en Jerusalén para advertir que el antisemitismo moderno no es sólo un ataque contra Israel, sino una ofensiva contra la civilización occidental
Ochenta y un años después de la liberación de Auschwitz, Jerusalén se convirtió en el epicentro de un debate ideológico que trasciende fronteras. Esta nueva edición de la Conferencia Internacional de Lucha contra el Antisemitismo (The International Conference on Combating Antisemitism – Generation of Truth) reunió a una coalición inédita de voces conservadoras, liberales clásicas y defensores de Occidente bajo una premisa compartida: el odio a los judíos es el preludio del colapso civilizatorio, y la defensa de Israel es inseparable de la preservación de la libertad occidental.
La conferencia reveló la formación de una alianza política e intelectual sólida, unida por la convicción de que el antisemitismo contemporáneo no es un problema judío sino occidental; y expuso una batalla cultural cuyas fronteras no dejan de expandirse. La tesis central es clara: el ataque contra Israel es el laboratorio del ataque contra Occidente, orquestado por las mismas fuerzas que promueven la deconstrucción de la cultura occidental, la relativización moral entre democracia y terrorismo, y la sustitución de la razón por la política identitaria.
A lo largo de las intervenciones, emergió un hilo conductor: el rechazo a la victimización y la reivindicación del orgullo civilizacional como respuesta al odio y la mentira. Esta es quizás la lección más potente de la conferencia: Israel no pide disculpas por defenderse, no acepta la taxonomía de opresor que le imponen desde la izquierda, no cede ante el chantaje moral de quienes lo acusan de aquello mismo de lo que es víctima. En un momento en que el conservadurismo occidental tiende a la defensiva perpetua, la postura israelí ofrece un modelo alternativo: el orgullo de su historia, la afirmación sin complejos de la propia soberanía y del derecho a existir.
La jornada comenzó con la intervención del presidente israelí Isaac Herzog, quien inauguró la conferencia en un momento doblemente simbólico: mientras el mundo conmemoraba un nuevo aniversario del Holocausto, Israel recibía los restos del sargento Ran Gvili, el último de los rehenes que quedaba por regresar a su patria, luego de ser secuestrado durante el pogromo del 7 de octubre. Herzog trazó un arco histórico devastador: «Hace 81 años, las puertas de Auschwitz se abrieron y el mundo miró hacia la oscuridad del mal puro». Pero su denuncia fue más allá del pasado. El presidente israelí señaló el colapso de la arquitectura moral construida tras la Segunda Guerra Mundial. Herzog redefinió el antisemitismo contemporáneo con precisión quirúrgica: negar al pueblo judío el derecho a la autodeterminación. Una formulación que resonaría durante toda la jornada, encontrando eco en cada ponente que subió al estrado.
Luego fue el turno del organizador del evento, Amichai Chikli, ministro de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, que elevó el nivel de debate ideológico. Después de describir los horrores de Auschwitz en el verano de 1944, expuso el vínculo que muchos evitan nombrar: el eje que todavía se levanta contra el pequeño estado judío. Chikli presentó evidencia que desafía las narrativas políticamente correctas: «Lo que enfrentamos en Gaza, lo que enfrentamos desde el Líbano, no es simplemente ‘terrorismo’. Es una ideología. Hemos encontrado miles de copias de ‘Mein Kampf’ en árabe en los hogares de Gaza. Hemos encontrado fotos de Hitler. No es coincidencia».
El ministro rescató del olvido histórico la alianza entre el nazismo y Haj Amin al-Husseini, el Gran Muftí de Jerusalén, quien pasó años planeando con Hitler el exterminio de los judíos del Medio Oriente. «Esa ideología no murió en el búnker de Berlín. Migró. Y hoy la vemos en la carta fundacional de Hamás», declaró Chikli, acuñando la síntesis islamonazismo como la ideología que debe ser combatida sin ambigüedades.
Poco después, el rabino Yoram Ulman de Sídney, con el recuerdo aún en carne viva de la masacre islamista perpetrada en las playas de su ciudad, aportó una dimensión diferente a la conversación. Rechazando la mentalidad de víctima perpetua, advirtió: «Si la identidad judía se construye sólo sobre el trauma compartido, entregamos a nuestros hijos una carga, no un regalo». Para Ulman, el antisemitismo no es una abstracción teórica sino «un asiento vacío en la mesa de Shabat», pero la respuesta no debe ser la lamentación sino la dignidad: «Cuando los judíos se mantienen con dignidad, el respeto reemplaza al desprecio». Esta tensión entre memoria y orgullo, entre conmemoración y resistencia, atravesó toda la conferencia como hilo conductor.
Si bien los oradores fueron muchos, algunas participaciones fueron claves en lo que se refiere al fenómeno que da nombre a la convocatoria. Es el caso de James Lindsay, teórico político estadounidense, que ofreció un análisis devastador de cómo el movimiento woke ha operacionalizado el antisemitismo bajo la máscara de la justicia social. «Lo que deben entender sobre el movimiento Woke y el marxismo es que opera bajo una distinción fundamental: Amigo vs. Enemigo. No les importa la verdad, les importa el poder», explicó. Lindsay desmontó la taxonomía del oprimido/opresor que domina la academia occidental: «Dividen el mundo entre opresores y oprimidos. Y en su marco teórico, los judíos son considerados ‘híper-blancos’ o los ‘súper-opresores’. Por eso, para un marxista woke, el 7 de octubre fue un acto de ‘resistencia’, no una atrocidad».
Su advertencia a los conservadores fue directa: «Es vital que los conservadores entiendan que el judaísmo es la cuna de la civilización occidental, no su enemigo. Si cortas tus raíces judías, el árbol cristiano y occidental muere». Lindsay explicó cómo el antisemitismo se ha convertido en herramienta para dividir a la derecha, particularmente al movimiento MAGA, en una operación de ingeniería social diseñada para fragmentar la resistencia conservadora.
Otro discurso destacable es el de Hillel Neuer, director ejecutivo de UN Watch, que presentó lo que denominó «el mundo al revés». Los datos son incontestables: «El año pasado, la Asamblea General de la ONU condenó a Israel 15 veces. ¿Adivinen cuántas veces condenaron a Irán, Siria y Corea del Norte combinados? Seis. Israel: 15. El resto del mundo: 6». Pero la denuncia de Neuer fue más allá de las estadísticas. Expuso el papel de UNRWA, la agencia de la ONU para refugiados palestinos: «Durante años advertimos que UNRWA no era una agencia de ayuda, sino una agencia de odio. Nos llamaron alarmistas. Luego llegó el 7 de octubre. Ahora sabemos, con pruebas de video y telegram, que empleados de la UNRWA participaron activamente en la masacre. Maestros de la UNRWA celebraron las violaciones y los secuestros en grupos de chat». Su conclusión es demoledora: «La ONU hoy en día es el epicentro global de la inversión del Holocausto. Toman el lenguaje diseñado para proteger a los judíos (palabras como ‘genocidio’) y lo convierten en un arma para demonizar al Estado judío, mientras le dan inmunidad a los verdaderos genocidas como Hamás».
János Bóka, ministro de Asuntos de la UE de Hungría, definió el momento como «una lucha por el alma de Europa». Culpó a la migración masiva sin control y a la alianza entre el islam radical y la izquierda woke del auge del antisemitismo europeo. Ofreció a Hungría como ejemplo de tolerancia cero ante el odio a los judíos, posicionando a Budapest como contrapeso a Bruselas.
Otro aporte apasionante fue el del Dr. Gad Saad, psicólogo evolutivo libanés-judío, que aportó quizás la metáfora más perturbadora de la conferencia. Comparó a los progresistas con el grillo de bosque, un insecto cuyo cerebro es secuestrado por un parásito que lo obliga a suicidarse. «Occidente está infectado con el parásito de la ‘Empatía Suicida’. Hemos sido tan abiertos de mente que se nos ha caído el cerebro», diagnosticó Saad, quien huyó de Beirut durante la guerra civil libanesa. «El multiculturalismo sin restricciones nos dice que todas las culturas son iguales. Eso es una mentira. Una cultura que celebra la muerte, que oprime a las mujeres y mata a los gays, no es igual a la cultura de la libertad occidental». Su advertencia final: «Israel es el canario en la mina de carbón. Lo que empieza con los judíos, nunca termina con los judíos».
Una de las participaciones más celebradas de la jornada fue la del senador Flávio Bolsonaro, quien llevó una denuncia frontal contra el Gobierno de Lula da Silva, al que calificó de antisemita por comparar las acciones de Israel con el Holocausto y por su apoyo diplomático a los enemigos del Estado judío. En un movimiento audaz, Bolsonaro aprovechó la tribuna para lanzar su candidatura presidencial con una promesa concreta: «Si depende de mí, Brasil firmará los Acuerdos de Abraham oficialmente en enero de 2027».
Por su parte, Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel, definió el odio a los judíos como un problema espiritual, un odio a Dios y a la creación misma. Pero su intervención fue ante todo política y estratégica: «Lo que pasó el 7 de octubre no fue política, fue el mal puro. Satánico», declaró sin rodeos. Sobre la solución de dos estados: «Déjenme ser claro: esa idea está muerta. No puedes tener una solución de dos estados con gente que quiere una solución de un solo estado: el estado donde tú estás muerto».
Huckabee articuló lo que podría llamarse la doctrina del pulpo: «Hamás, Hezbolá, los Hutíes… son sólo los dedos de la mano. La cabeza del pulpo está en Teherán. Si tienes una serpiente en tu cocina, no intentas razonar con ella, no le ofreces la mitad de tu sándwich. Le cortas la cabeza». Su mensaje fue inequívoco: «Estados Unidos e Israel deben dejar de jugar juegos diplomáticos con Irán. Si quieres detener el veneno, tienes que quemar la cocina donde se cocina el veneno». Sobre la política exterior norteamericana, advirtió: «Israel es el aperitivo, nosotros somos el plato principal».
«La batalla contra el antisemitismo es inseparable de la batalla por Occidente»
Santiago Abascal, líder de VOX, envió un mensaje en el que definió la batalla en términos existenciales: «Hoy Europa afronta, tal y como lo hace Israel, una lucha existencial. Es una lucha por su mera supervivencia frente al islamismo que avanza en nuestros barrios y en nuestras sociedades».
Abascal denunció la «alianza peligrosa» entre el islamismo y la izquierda radical cuya mayor ambición es borrar las raíces y la historia. Pero también identificó al enemigo interno: «Vemos con estupor cómo instituciones como la Corte Penal Internacional pretenden equiparar a un Estado democrático que se defiende, con los terroristas sanguinarios que decapitan y secuestran. Esa equiparación es una aberración moral y legal que rechazamos de plano». Su conclusión fue categórica: Israel no es sólo un Estado amigo; es la vanguardia de Occidente y si cae, cae la libertad en Europa.
Una delegación de VOX, liderada por los eurodiputados Hermann Tertsch y Jorge Buxadé, estuvo participando de la conferencia, y no se limitó a la participación discursiva. Antes de la inauguración, se reunieron con el primer ministro Benjamín Netanyahu para fundar «Patriotas por Jerusalén», una entidad concebida como nexo estratégico con las fuerzas conservadoras europeas.
Mientras Buxadé centró su ponencia en el análisis de herramientas legislativas para combatir el islamismo radical, Tertsch intervino en paneles sobre educación del Holocausto y la alianza entre socialismo e islamismo, definiendo el auge del antisemitismo como «un reto civilizacional para todo Occidente» y denunciando la «agitación sistemática de la judeofobia» en la política española y europea. Netanyahu, durante el encuentro privado, describió un cambio de era en el que Israel actúa como la primera línea de defensa, consolidando así una alianza en la que VOX busca erigirse como la voz de oposición firme ante la normalización de las narrativas de Hamás en las instituciones europeas.
Por el éxito tanto en la convocatoria como en el nivel de los paneles y en la claridad y contundencia de los oradores, esta conferencia trazó una línea en la arena. De un lado, quienes creen que la civilización occidental merece ser defendida; del otro, quienes trabajan activamente por su disolución.
Como advirtió Herzog al abrir la conferencia, las instituciones creadas para prevenir otro Holocausto han sido cooptadas para atacar al Estado judío. Como demostró Neuer, la ONU invierte el lenguaje de la protección en arma de demonización. Como explicó Lindsay, el wokismo ha hecho del antisemitismo una virtud progresista. Como diagnosticó Saad, Occidente sufre de empatía suicida.
Pero también, como proclamó Abascal, como prometió Bolsonaro, como advirtió Huckabee y como ejemplificó la delegación de VOX, existe una resistencia comprometida y dispuesta a combatir en todos los frentes: legislativo, cultural, diplomático e ideológico.
El mensaje es inequívoco: la batalla contra el antisemitismo es inseparable de la batalla por Occidente. Y en medio de esa guerra, Israel no es sólo un aliado: es la primera trinchera. Una trinchera que esta generación ha decidido defender sin disculpas, sin complejos y sin retroceder.