
Nunca en las últimas seis décadas la humanidad había tenido tan pocos hijos. La tasa de fertilidad —el número de hijos que tiene una mujer a lo largo de su vida— se ha desplomado de forma sostenida desde los años sesenta, y los expertos advierten de que las consecuencias serán devastadoras: sociedades envejecidas, economías paralizadas y una implosión demográfica imposible de revertir.
El presidente del Population Research Institute, Steven Mosher, alerta de que la caída de la fertilidad traerá «una implosión gradual de la economía mundial a medida que la población envejece y muere». No será inmediato, señala, pero una vez iniciado el proceso no habrá marcha atrás.
Los datos son contundentes. En 1960, una mujer tenía entre cuatro y cinco hijos de media. Hoy, la cifra mundial apenas alcanza 2,2, rozando el nivel de reemplazo generacional (2,1). El desplome se ha acelerado en Occidente y en Asia: Corea del Sur (0,72), China (0,99) o España (1,2) se sitúan muy por debajo de la reposición poblacional. Sólo un 4% de la población mundial vive en países con tasas de fertilidad altas, todos ellos en África.
Detrás de este desplome se encuentran causas políticas y culturales. La introducción masiva de anticonceptivos en los sesenta, la legalización del aborto en decenas de países, el divorcio exprés y la propaganda antinatalista han socavado el valor de la familia. Estudios en Estados Unidos, México o Nepal demuestran que la legalización del aborto ha reducido de manera permanente la natalidad.
China es el paradigma del desastre. Tras el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, que segaron millones de vidas, el régimen comunista impuso en 1979 la política del hijo único con abortos forzados, esterilizaciones e infanticidios. El resultado: más de 500 millones de nacimientos «evitados» y un país que hoy roza el suicidio demográfico.
A los factores culturales se suman los económicos. El alto precio de la vivienda, el coste desorbitado del cuidado infantil y la precariedad laboral llevan a muchos jóvenes a renunciar a formar una familia. En Estados Unidos, más de un tercio de los adultos reconoce no poder permitirse tener hijos. En Corea del Sur, el 58% apunta a limitaciones financieras como la principal barrera para la maternidad.
Pero incluso en países ricos, la relación entre ingresos y fecundidad no es lineal. Estudios demuestran que son los factores culturales y religiosos los que más influyen: comunidades como los Amish o los judíos ortodoxos duplican la tasa de natalidad del resto de estadounidenses, independientemente de su renta.
Mientras tanto, la propaganda del miedo al «cambio climático» y al «exceso de población» cala en las nuevas generaciones, alimentando la idea de que traer hijos al mundo es un acto irresponsable. El resultado es un círculo vicioso: menos niños, más envejecimiento, más gasto social, menos crecimiento.
Frente a esta crisis global, algunos países han empezado a reaccionar. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha impulsado una ley para apoyar a las familias con ayudas fiscales, cuentas de ahorro para recién nacidos y ampliación de tratamientos de fertilidad. Francia, Italia, Japón o Singapur ofrecen subsidios, bonificaciones y permisos ampliados para intentar frenar la caída.
Sin embargo, estas medidas llegan tarde en muchos casos. Décadas de políticas y discursos contrarios a la vida han dejado una huella profunda en sociedades enteras. Mosher lo resume de forma cruda: «Una vez que la implosión demográfica está en marcha, es casi imposible revertirla».
El mundo camina hacia un invierno demográfico que amenaza con helar su futuro económico, social y cultural. La cultura que rechazó a los hijos en nombre de la modernidad puede acabar enfrentándose a su propio final.