las consecuencias de décadas de propaganda contra la vida
La cuenta de atrás de Occidente: la natalidad mundial se hunde al nivel más bajo en 60 años
La cuenta de atrás de Occidente: la natalidad mundial se hunde al nivel más bajo en 60 años
Foto de Tommaso Pecchioli en Unsplash.
Por Rebeca Crespo
23 de septiembre de 2025

Nunca en las últimas seis décadas la humanidad había tenido tan pocos hijos. La tasa de fertilidad —el número de hijos que tiene una mujer a lo largo de su vida— se ha desplomado de forma sostenida desde los años sesenta, y los expertos advierten de que las consecuencias serán devastadoras: sociedades envejecidas, economías paralizadas y una implosión demográfica imposible de revertir.

El presidente del Population Research Institute, Steven Mosher, alerta de que la caída de la fertilidad traerá «una implosión gradual de la economía mundial a medida que la población envejece y muere». No será inmediato, señala, pero una vez iniciado el proceso no habrá marcha atrás.

Los datos son contundentes. En 1960, una mujer tenía entre cuatro y cinco hijos de media. Hoy, la cifra mundial apenas alcanza 2,2, rozando el nivel de reemplazo generacional (2,1). El desplome se ha acelerado en Occidente y en Asia: Corea del Sur (0,72), China (0,99) o España (1,2) se sitúan muy por debajo de la reposición poblacional. Sólo un 4% de la población mundial vive en países con tasas de fertilidad altas, todos ellos en África.

Detrás de este desplome se encuentran causas políticas y culturales. La introducción masiva de anticonceptivos en los sesenta, la legalización del aborto en decenas de países, el divorcio exprés y la propaganda antinatalista han socavado el valor de la familia. Estudios en Estados Unidos, México o Nepal demuestran que la legalización del aborto ha reducido de manera permanente la natalidad.

China es el paradigma del desastre. Tras el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, que segaron millones de vidas, el régimen comunista impuso en 1979 la política del hijo único con abortos forzados, esterilizaciones e infanticidios. El resultado: más de 500 millones de nacimientos «evitados» y un país que hoy roza el suicidio demográfico.

A los factores culturales se suman los económicos. El alto precio de la vivienda, el coste desorbitado del cuidado infantil y la precariedad laboral llevan a muchos jóvenes a renunciar a formar una familia. En Estados Unidos, más de un tercio de los adultos reconoce no poder permitirse tener hijos. En Corea del Sur, el 58% apunta a limitaciones financieras como la principal barrera para la maternidad.

Pero incluso en países ricos, la relación entre ingresos y fecundidad no es lineal. Estudios demuestran que son los factores culturales y religiosos los que más influyen: comunidades como los Amish o los judíos ortodoxos duplican la tasa de natalidad del resto de estadounidenses, independientemente de su renta.

Mientras tanto, la propaganda del miedo al «cambio climático» y al «exceso de población» cala en las nuevas generaciones, alimentando la idea de que traer hijos al mundo es un acto irresponsable. El resultado es un círculo vicioso: menos niños, más envejecimiento, más gasto social, menos crecimiento.

Frente a esta crisis global, algunos países han empezado a reaccionar. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha impulsado una ley para apoyar a las familias con ayudas fiscales, cuentas de ahorro para recién nacidos y ampliación de tratamientos de fertilidad. Francia, Italia, Japón o Singapur ofrecen subsidios, bonificaciones y permisos ampliados para intentar frenar la caída.

Sin embargo, estas medidas llegan tarde en muchos casos. Décadas de políticas y discursos contrarios a la vida han dejado una huella profunda en sociedades enteras. Mosher lo resume de forma cruda: «Una vez que la implosión demográfica está en marcha, es casi imposible revertirla».

El mundo camina hacia un invierno demográfico que amenaza con helar su futuro económico, social y cultural. La cultura que rechazó a los hijos en nombre de la modernidad puede acabar enfrentándose a su propio final.

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