Hermanos Musulmanes, una de las organizaciones islamistas más influyentes del último siglo, atraviesan probablemente el momento de mayor debilidad de su historia reciente, según relata un informe de la revista The Economist. Sus dirigentes están encarcelados o exiliados, la organización se encuentra dividida en facciones enfrentadas y varios gobiernos han intensificado la persecución contra sus estructuras. Sin embargo, casi un siglo después de su fundación, la red está lejos de haber desaparecido.
El caso de Rachid Ghannouchi, fundador del partido tunecino Ennahda e histórico referente del islamismo político, resume el declive del movimiento. Ghannouchi, de 85 años, permanece encarcelado en Túnez y el pasado 17 de julio perdió el conocimiento en su celda de la prisión de Mornaguia, donde las temperaturas superaron los 50 grados durante el verano.
Su caída contrasta con la situación que vivía el islamismo vinculado a los Hermanos Musulmanes hace apenas quince años. Después de las revueltas árabes iniciadas en 2010, formaciones próximas a la organización llegaron al Gobierno en Egipto y obtuvieron una posición dominante en el Parlamento tunecino.
En Egipto, Mohamed Morsi, vinculado a los Hermanos Musulmanes, ganó las elecciones presidenciales de 2012. Un año después fue apartado del poder tras unas gigantescas protestas y la intervención del Ejército encabezado por Abdel Fattah al Sisi. Morsi murió en prisión en 2019.
La llamada Primavera Árabe parecía entonces haber abierto las puertas del poder a movimientos islamistas organizados durante décadas desde mezquitas, asociaciones religiosas, organizaciones benéficas y redes asistenciales. Aquella expansión, sin embargo, terminó abruptamente.
Trump endurece la ofensiva contra la organización
La presión internacional contra los Hermanos Musulmanes también se ha intensificado durante el último año. En noviembre, el presidente estadounidense, Donald Trump, ordenó a su Administración avanzar hacia la designación como terroristas de distintas ramas del movimiento.
El 13 de enero, Washington incluyó a las ramas egipcia y jordana en su lista de organizaciones terroristas globales por su apoyo a Hamás, surgido históricamente de la rama palestina de los Hermanos Musulmanes. La organización libanesa también fue considerada formalmente una organización terrorista extranjera.
Posteriormente, dentro de la nueva estrategia antiterrorista estadounidense presentada en mayo, los Hermanos Musulmanes fueron señalados junto a Al Qaeda y Estado Islámico como uno de los principales focos ideológicos del yihadismo contemporáneo.
Jordania, por su parte, prohibió completamente la organización en abril de 2025 y desde entonces ha aumentado la presión sobre su brazo político, el Frente de Acción Islámica.
Una organización partida en dos
La ofensiva coincide con una profunda guerra interna dentro del movimiento. Desde 2021 existen dos grandes facciones que se disputan el control de los Hermanos Musulmanes. Ese año, Ibrahim Munir, que dirigía la organización desde su exilio en Londres, anunció la disolución de varias estructuras establecidas en Turquía.
Mahmoud Hussein, secretario general del movimiento, respondió sosteniendo que Munir había sido destituido. Desde entonces, cada facción dispone de su propio dirigente, su propio consejo consultivo y sus propios medios de comunicación, mientras ambas aseguran representar a la verdadera organización.
Tras la muerte de Munir en 2022, Salah Abdel Haq asumió el liderazgo de la facción asentada en Londres. El dirigente ha anunciado que recurrirá ante los tribunales estadounidenses las decisiones adoptadas por Washington.
La rama establecida en Estambul, sin embargo, mantiene una posición distinta y cuestiona incluso la capacidad de la dirección internacional para hablar en nombre de todas las estructuras vinculadas al movimiento.
La fractura alcanza también los recursos económicos. Mahmoud Hussein controla propiedades, empresas e inversiones en Turquía, mientras Abdel Haq reivindica la dirección internacional de la organización, pero dispone de una capacidad material mucho menor.
Algunos antiguos miembros han pedido incluso abandonar temporalmente la actividad política y regresar al trabajo religioso y doctrinal que caracterizó los primeros años del movimiento.
Egipto intenta borrar el legado islamista
El retroceso es especialmente visible en Egipto, cuna histórica de los Hermanos Musulmanes, donde la organización fue fundada en 1928 por Hassan al Banna.
Muhammad Badie, guía supremo del movimiento egipcio, permanece encarcelado. El Gobierno de Al Sisi ha desmantelado además buena parte de la infraestructura económica y empresarial que durante décadas permitió a los Hermanos Musulmanes financiar una extensa red de asistencia social, educación y beneficencia utilizada también para aumentar su influencia entre las clases populares.
Las autoridades egipcias conceden periódicamente indultos durante festividades religiosas, pero los dirigentes de la organización rara vez aparecen entre los beneficiados. Túnez ha seguido una estrategia similar. El presidente Kais Saied ha encarcelado a Ghannouchi y reducido considerablemente el espacio político de Ennahda.
Hamás, golpeado tras la guerra de Gaza
La crisis también alcanza a Hamás, organización nacida históricamente de la rama palestina de los Hermanos Musulmanes y todavía estrechamente vinculada a su tradición ideológica. La guerra en Gaza ha destruido buena parte de la infraestructura del grupo. Israel ha eliminado a numerosos dirigentes y mantiene operaciones contra sus responsables en distintos puntos de Oriente Medio.
Aunque Hamás conserva capacidad operativa y continúa ejerciendo influencia dentro de Gaza, su poder político y militar se ha reducido drásticamente, mientras parte de la población gazatí ha expresado un creciente rechazo hacia la organización.
El islamismo pierde terreno también en Siria
Siria representa otro golpe simbólico para los Hermanos Musulmanes. Tras la caída del régimen de Bashar al Assad en 2024, no fueron los Hermanos Musulmanes quienes capitalizaron políticamente el derrumbe del régimen, sino otras fuerzas islamistas suníes encabezadas por los grupos que protagonizaron militarmente la ofensiva sobre Damasco.
La organización tiene una presencia prácticamente testimonial en el nuevo Parlamento sirio. Ahmed Zeidan, asesor del presidente Ahmed al Sharaa y figura relacionada históricamente con círculos próximos a los Hermanos Musulmanes, ha llegado a sugerir que la rama siria debería disolverse.
El especialista sirio Abdulrahman al Haj ha señalado igualmente que el islam político tradicional representado por estas organizaciones ha perdido buena parte de su relevancia en la nueva Siria.
Una organización experta en sobrevivir
Pero la historia obliga a ser prudente antes de declarar muertos a los Hermanos Musulmanes. La organización fue disuelta en Egipto en 1948 y duramente reprimida bajo el régimen de Gamal Abdel Nasser a partir de 1954. Uno de sus principales ideólogos, Sayyid Qutb, fue ejecutado en 1966.
Durante gran parte de las siguientes cuatro décadas permaneció oficialmente prohibida. A pesar de ello, candidatos vinculados al movimiento consiguieron 88 escaños en las elecciones parlamentarias egipcias de 2005 y sólo siete años después un dirigente procedente de sus filas alcanzó la Presidencia del país.
Un responsable occidental de inteligencia citado por The Economist resume así una de sus principales características: la enorme capacidad de la organización para sobrevivir a largos periodos de clandestinidad y persecución.
La represión puede destruir estructuras, empresas y dirigentes, pero no necesariamente elimina las condiciones sociales que durante décadas alimentaron el crecimiento del islamismo político.
Egipto sigue padeciendo una economía frágil, un elevado desempleo juvenil y una fuerte dependencia de la financiación internacional y de los países del Golfo. Túnez tampoco ha logrado resolver muchas de las dificultades económicas y sociales que provocaron las revueltas de 2010.
Al mismo tiempo, la guerra de Gaza ha intensificado entre amplios sectores de las sociedades árabes la percepción de impotencia de sus propios gobiernos frente a Israel y Occidente.
Los Hermanos Musulmanes han explotado históricamente precisamente ese terreno: identidad religiosa, asistencia social, sentimiento de humillación colectiva y recuperación de la dignidad árabe mediante una progresiva islamización de la sociedad.
Por eso, aunque el movimiento aparece hoy más dividido, debilitado y perseguido que en décadas, su desaparición está lejos de poder darse por segura.
En marzo de 2028 los Hermanos Musulmanes cumplirán cien años. Probablemente lo harán alejados del poder que llegaron a acariciar tras la Primavera Árabe, pero todavía presentes en numerosas sociedades de Oriente Medio y dispuestos, como tantas veces en su historia, a esperar una nueva oportunidad para reconstruir su influencia