La provincia canadiense de Quebec, de mayoría francófona y con una larga historia de tensiones políticas, vuelve a estar en el centro del debate nacional. Tras haber celebrado dos referendos fallidos de independencia y librado innumerables batallas sobre el idioma y la financiación pública, el nuevo frente se llama inmigración.
El Gobierno de Quebec, dirigido por el primer ministro François Legault y su partido Coalición por el Futuro de Quebec (CAQ), anunció a comienzos de año un endurecimiento de su política migratoria. Gracias a un acuerdo especial con el Ejecutivo federal, Quebec tiene más autonomía que el resto de provincias en materia de inmigración permanente. Legault pretende reducir las admisiones a un rango de entre 25.000 y 45.000 personas al año, muy por debajo de las cerca de 60.000 registradas en 2024.
La situación en Quebec refleja un problema nacional. El actual primer ministro de Canadá, Mark Carney, hereda el desgaste de las políticas migratorias de Justin Trudeau, que durante años impulsó una estrategia de fronteras abiertas. El exceso de llegadas provocó el colapso de la vivienda, la saturación de los servicios públicos y un aumento del desempleo. Aunque Ottawa ha anunciado una revisión de sus objetivos de inmigración, el nuevo Gobierno mantiene el enfoque multiculturalista, en contraste con la línea firme de Quebec, que apuesta por preservar su identidad francófona y su equilibrio demográfico.
Sin embargo, en los últimos meses Quebec ha matizado su postura. La presión del sector empresarial, que denuncia falta de mano de obra, llevó al Ejecutivo de Legault a reprochar al Gobierno federal su “torpeza” al restringir en exceso la entrada de trabajadores temporales. Aun así, la CAQ insiste en que la inmigración debe realizarse por vías legales y con el compromiso de los recién llegados de integrarse, trabajar y contribuir al desarrollo económico.
Detrás de esta política subyace un motivo más profundo que rara vez se menciona abiertamente: la defensa de la identidad francocanadiense. Quebec es la única región de Canadá donde los francófonos son mayoría, y desde hace décadas perciben una amenaza cultural, primero desde el Canadá anglófono y ahora desde la inmigración masiva.
El modelo multicultural canadiense, que contrasta con el crisol cultural estadounidense, genera inquietud entre los quebequeses, conscientes de que su singularidad lingüística y cultural depende de mantener un equilibrio demográfico. Por ello, la cuestión identitaria se ha convertido en una pieza central de la estrategia política y económica de Legault y de cualquier fuerza que aspire a gobernar la provincia.
En Quebec, el debate sobre la inmigración no es sólo una cuestión de números: es una batalla por la supervivencia de una cultura que se resiste a diluirse en el mosaico multicultural que promueve Ottawa.