«Al margen de lo que se decida sobre su traslado a la península, es el momento de reflexionar sobre la forma en que España encara este espinoso asunto». El espinoso asunto son los menas y el que escribía era el editorialista de El Mundo.
Otro asunto, y van unos cuántos, en que el discurso del sentido común, también llamado ultraderecha, se impone.
(Ese discurso del sentido común, en su variante sentido común español, explica su creciente centralidad –no centrista–, visible, por ejemplo, en el amplio espectro de sus enemigos, cada vez más una coalición de la izquierda devota del Grupo de Puebla y China con sus satélites desinformadores de la dizque derecha o patrioterismo ilógico, o sea, lógicamente perturbador; formas psicológicas las dos enemigas del sentido común)
Pero volvamos al «espinoso asunto». Es curioso cómo en todo asunto de interés se acaba llegando a ese «momento de reflexionar».
Lo de los menas tiene muchas dimensiones. Una es la vinculación perversa con lo «humanitario» (ha sido una invasión humanitaria). Dejados en prenda, encarnan y simbolizan el chantaje marroquí y abocan a la banal discusión «entre administraciones» (la famosa «coordinación») el laberinto de la institucionalidad en el que ya estamos.
El efecto es estar hablando, días después, de esos menas, del destino de los menas, cuando la prioridad debería ser el ceutí. No porque no nos puedan dar pena los jóvenes o falsos niños, porque esa pena, de existir (yo a nuestros farsantes profesionales no me los creo), debería ser una pena privada e íntima, siendo la prioridad legal, nacional y política el estado de Ceuta, de sus habitantes, de su seguridad y prosperidad, ambas seriamente dañadas.
Ceuta se desespañoliza año tras año por una lenta fuga de los españoles de origen. Las muchas dificultades de vivir en una ciudad sitiada van haciendo mella y la gente se marcha en un largo goteo. Esta es una forma callada de asfixiar a Ceuta, de ir abandonándola a su suerte, y sobre esa delicada situación, ya denunciada, ha incidido esta invasión como un tsunami. De nuevo este gobierno y los ‘fenómenos naturales’, aunque aquí haya trastienda, dejación y planificación.
España se va yendo de Ceuta día a día, esta invasión acelera el proceso y a las 72 horas… ¿de qué estamos hablando? De quién se queda a los menas.
La vida en Ceuta se deteriora, y cada año sin cambios es un paso hacia un triste final que pronto se dirá irremediable. Sucede así en otras cosas de España. Esa fue la conclusión tras el golpe de 2017 en Cataluña: si no se cambia nada, esto volverá; y nada se cambió. La gran esperanza de algunos allí, de hecho, es la morisma. Que un problema se vaya comiendo al anterior. O sea, las inercias establecidas corren desbocadas, compiten entre sí, y al sentido común, que pervive de un modo natural en el pueblo (pueblo sometido a transformación), le corresponde ir restableciendo las prioridades, casi todas ellas invertidas.