¿Y si la 'trama rusa' fuera en realidad el 'Hillarygate'?

Decir que los tiros que dirigen los medios contra Trump, especialmente las ‘exclusivas’ basadas en filtraciones de los servicios secretos o ‘nuevas revelaciones’ sobre la cansina ‘trama rusa’ tienen la tendencia invariable en acabar en agua de borrajas es quedarse muy corto; cada vez se hace más normal que el tiro les salga por la culata y lo que se sacó para atacar al presidente termine por sembrar la sospecha en torno a alguno de ‘los buenos’.
Es lo que ha sucedido con el asunto de la entrevista de 20 minutos mantenida por Donald Jr. con una abogada rusa, Natalia Veselnitskaya, durante la campaña electoral. Cuando el vástago del presidente reaccionó publicando el intercambio completo de correos sobre el asunto, y quedó claro que no se habló para nada de Hillary no había ningún lazo entre la abogada y el Kremlin, pareció que el escándalo se desinflaba.
Pero no iban a dejar escapar bocado tan sabroso fácilmente. A continuación, NBC News publicaba un detalle revelador del encuentro, la presencia de un tercer personaje, ni más ni menos que un oficial de contrainteligencia nacido en la Unión Soviética.
Verde y con asas, ¿no? Bueno, no, realmente. El New York Times reveló la semana pasada la identidad del misterioso tercer hombre, Rinat Akhmetshin, que resultó formar parte de un equipo de presión política organizado por Veselnitskaya para lograr la derogación de la Ley Magnitsky, exactamente el tema de conversación alegado por Donald Jr.
Natalia Velnitskaya, por otra parte, pocos días antes del encuentro había publicado en su cuenta de Facebook una diatriba furiosamente antitrumpista, con lo que el asunto empezaba a oler fatal. ¿Alguna vez el servicio secreto ruso había organizado una operación tan chapuza, en la que un encuentro ultrasecreto se discute tranquilamente por mail y el ‘gancho’ se limita a hablar de la Ley Magnitsky -sobre prohibición de entrada en Estados Unidos de determinados funcionarios rusos- durante veinte minutos?
La cosa cada vez se parecía más a una encerrona contra la campaña de Trump. Y empezaron a plantearse preguntas aún más reveladoras. Por ejemplo, ¿por qué Loretta Lynch, entonces responsable del Departamente de Justicia a las órdenes de Obama, concedió a la abogada rusa un visado especial para entrar en Estados Unidos? La abogada vio originalmente rechazada su solicitud de visado y de repente, oh milagro, Loretta Lynch le concedió el visado especial con la finalidad limitada de ayudar a una empresa propiedad del empresario ruso Denis Katsyv en un caso judicial. Pero solo cinco días después de reunirse con Trump hijo, el Departamento le perdió la pista.
Por supuesto, nada en la ‘trama rusa’ tiene sentido, empezando por los motivos de Putin para tomarse esas molestias. De hecho, Jonathan Allen y  Amie Parnes, que vivieron desde dentro la campaña de Hillary hasta su amargo final, aseguran en un libro recién publicado (‘Shattered: Inside Hillary Clinton’s Doomed Campaign’) que el equipo de Clinton preparó el ‘Rusiagate’ en las 24 horas siguientes a su derrota. La narrativa consistía en que Trump no era más que una marioneta de Moscú.
Lo cuenta Forbes en un reportaje del que he plagiado descaradamente el titular. Se encargó a la empresa de investigación de la oposición Orbis, con sede en Londres, que preparara un ‘dossier’ compretedor sobre el triunfante candidato, que contenía la famosa y retorcida historia de las aventuras sexuales del ahora presidente en Moscú, y que venían a demostrar que los rusos tenían material contra Trump que usaba para chantajearle. En unas circunstancias así, Donald J. Trump no podía ser el presidente legítimo de Estados Unidos.
La historia solo logró cubrir de ridículo a quienes la hicieron circular y quedó olvidada en el creciente archivo de disparos fallidos contra la nueva Administración. Y es una lástima, porque plantea interrogantes de lo más interesantes, desde quién pagó el informe y cuál era la relación entre la campaña de Clinton, una agencia de intereses rusos no registrada con sede en Washington (Fusion GPS) y el dossier de Orbis realizado por un tal Christopher Steele. Si lo encargaron y pagaron colaboradores del entorno de Hillary Clinton, entonces el ‘Rusiagate’ se convierte en el ‘Hillarygate’, un caso flagrante de colusión entre gente del entorno de Clinton y la Inteligencia rusa.
El caso, sn embargo, no ha despertado la curiosidad de, no sé, el New York Times, el Washington Post o la CNN. Lo que, por otra parte, tampoco es extraño, ya que las ‘coincidencias’ que rodean a Hillary Clinton, lo bastante abundantes para provocar un levantamiento de cejas en el tipo menos curioso, no han logrado nunca despertar el interés de los periodistas de prestigio.
Acaba de morir, por ejemplo, Klaus Eberwein, de 50 años, un funcionario haitiano que supuestamente iba a exponer la semana que viene casos de corrupción y malas prácticas de la Fundación Clinton en la isla.
Bueno, dirán, la gente muere, no es excepcional, y estaríamos de acuerdo salvo por dos razones que se suman a lo oportuno del deceso: el hecho de que la ‘coincidencia’ se ha repetido ya más veces de las que parece estadísticamente verosímil en la carrera del matrimonio Clinton y las circunstancias de su muerte.
Según el supervisor de registros médicos del Condado de Miami-Dade, la causa oficial de la muerte fue un disparo en la cabeza. La muerte se registró oficialmente como suicidio, aunque no mucho antes de su muerte admitió que su vida corría peligro por exponer las actividades criminales de la Fundación Clinton.
El oportuno suicidio de alguien que estaba investigando a la Fundación Clinton se producía solo unos pocos días después de otro suicidio de alguien que también estaba investigando a la Fundación Clinton, el financiero y colaborador del Partido Republicano Peter Smith.
Si uno fuera supersticioso, diría que investigar a los Clinton da muy mala suerte.
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