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¿DEJAREMOS DE MORIR EN 20 AÑOS?

Transhumanismo: a qué abren la puerta los implantes cerebrales de la empresa de Elon Musk

La empresa Inbrain desarrolla implantes cerebrales basados en grafeno. Europa Press.
La empresa Inbrain desarrolla implantes cerebrales basados en grafeno. Europa Press.

El transhumanismo es una corriente cultural e intelectual surgida en los años sesenta del siglo XX, que especulaba con que los seres humanos pudieran convertirse en una raza superior… con ayuda de las máquinas. De la tecnología. Casi 80 años después, el transhumanismo no es sólo una corriente de pensamiento ni el argumento de una novela o película de ciencia ficción, sino una realidad que empieza a hacerse cada vez más patente entre nosotros.

La visión transhumanista que ha tenido desde el principio fervientes partidarios y detractores, volvía a ocupar el debate público con fuerza en los años noventa. Desde entonces, empresas tecnológicas han trabajado para llegar a lo que esta semana hemos empezado hemos visto publicado. Si ya Descartes soñaba en el siglo XVII con una medicina que pudiera otorgarnos en el futuro tanto la inmortalidad física como mentes más fuertes, este lunes Elon Musk hacía público que su empresa Neuralink ha implantado por primera vez un chip en el cerebro de un ser humano: «El primer humano recibió ayer un implante de Neuralink y se está recuperando bien. Los resultados iniciales muestran una prometedora detección de picos neuronales».

La idea, en principio, es que el implante, llamado Telepathy —toda una declaración de intenciones—, se limite a leer la actividad cerebral para poder transmitir órdenes que ayuden a restaurar algunas funciones cerebrales que hayan resultado dañadas por condiciones médicas como accidentes vasculares o esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que derivan en graves daños en la capacidad comunicativa. De momento. Neurolink no oculta que su intención es avanzar hacia una simbiosis total con la inteligencia artificial.

Musk, uno de los hombres más ricos del mundo, dueño de Tesla —compañía de coches eléctricos—, SpaceX y Starlink —satélites—, o X (Twitter) —red social a la que ha devuelto en gran medida la libertad de discurso—, es un visionario para muchos, y el hombre que más lejos se ha atrevido a llegar hasta ahora en la modificación del cerebro humano. Neuralink nacía en 2016, aunque el más famoso de sus cofundadores esperaba hasta 2019 para presentarla al mundo. Está conformada por un grupo de expertos en sectores como la neurociencia, la bioquímica, la robótica, las matemáticas aplicadas, o la maquinaria médica. En 2020 la compañía conseguía implantar un microchip en el cerebro de una cerda, y estimular su actividad con impulsos eléctricos que fueron monitorizados durante varios meses. En 2021 hacían lo propio con un mono, al que enseñaron a jugar a videojuegos sólo utilizando su cerebro.

Y aquí surgen las primeras dudas éticas: cada chip Telephaty, a pesar de su reducido tamaño, —de una moneda—, cuenta con más de 1.000 electrodos capaces no sólo de monitorizar y estimular la actividad cerebral, sino que también trasmite los datos de manera inalámbrica a los ordenadores de los investigadores. Si bien es cierto que nadie se opondría a utilizar la tecnología para mejorar la vida de los enfermos de ELA o devolver la capacidad de andar o hablar a quienes la hayan perdido —de hecho los implantes cerebrales de grafeno ya se utilizan desde hace años para controlar la epilepsia—, ¿estaríamos de acuerdo con que una inteligencia artificial poseyera toda la información de nuestra actividad cerebral para poder replicarla? ¿Es moralmente aceptable convertir nuestro cerebro en un complemento más de una videoconsola como un mando de la PlayStation?

La IA ya está presente en muchos más aspectos de nuestras vidas de los que imaginamos. Cada vez que para acceder a una página web tenemos que señalar fotografías de coches, puentes o semáforos —el famoso apartado de «no soy un robot»—, lo que hacemos precisamente es alimentar a un ordenador que aprende nuestra manera de pensar, aunque sea a niveles muy básicos. Contribuimos sin saberlo a que las tecnológicas avancen en la tecnología que finalmente permite que nos comuniquemos con una máquina con nuestra actividad cerebral.

Implantar dispositivos con cables o baterías en el hipocampo humano también puede presentar riesgos todavía no testados. Además, a la larga, al almacenar la información obtenida en servidores, podrían comenzar los problemas de ciberseguridad. Por mucho que sus creadores definan este microchip como «interfaz cerebro-ordenador totalmente implantable, cosméticamente invisible y diseñada para que las personas puedan controlar un ordenador o un dispositivo móvil dondequiera que vayan», ¿no son pirateados a diario nuestros dispositivos móviles de todo tipo?

Neuralink también produce maquinaria médica —robots para cirugías de precisión— y parece que algunas de sus divisiones seguirán apostando por avances sanitarios como las extremidades robóticas a las que proporcionar la sensación del tacto, permitiendo que pacientes con parálisis o síndrome de enclaustramiento puedan controlar brazos y piernas artificiales con la mente.

No sólo Elon Musk ha invertido en lo que se puede llamar abiertamente transhumanismo. Grandes fondos de inversión comenzaron a concentrar esfuerzos en 2022 en una industria que según el índice Global Biohacking Market podría tener dentro de cuatro años un peso de casi 60.000 millones de euros.

Y en 2011 la revista Time afirmaba ya que gracias a estas tecnologías el ser humano será capaz de no morir en 2045. Pero esta supuesta mejora humana plantea cuestiones éticas si el transhumanismo es una forma de humanismo o el fin de este. Si es posible no morir, ¿perdemos nuestra humanidad? ¿Merece la pena perder nuestra independencia e individualidad por ser mantenidos con vida artificialmente? Y, ¿de qué manera lo hacemos? ¿Convertidos en androides que replican al ser con cerebro y alma que una vez fuimos? Las cuestiones son casi infinitas, y sólo acabamos de empezar a conocerlas.

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