«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

1936: la turra que todos sufrimos

3 de febrero de 2026

Don Arturo caló el chapeo, requirió biblioteca, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. Bueno, nada lo que se dice nada, tampoco. No quedó sino envainársela para aprovechar la publicidad que ha generado la polémica. Al final, el aplazamiento hasta otoño de unas jornadas sobre la Guerra Civil que debían celebrarse estos días ha beneficiado a Arturo Pérez Reverte y a David Uclés, escritor de éxito comercial al que le gusta disfrazarse de cabrero. A este último, el ruido le viene bien: se aproxima la publicación de su nuevo libro. A don Arturo, autor de masas como Uclés, el lío le ha permitido hacer lo que más le gusta: tirar de tontociruelismo contra el personal, victimizarse, denunciar espíritus cainitas y exigir toneladas de libros que curen nuestros males. Nada nuevo bajo el sol de Breda revertiano, cuyo fondo de comercio conocemos desde hace tiempo.

La XI edición de Letras en Sevilla que traía por título —de gran confort moral— 1936: la guerra que todos perdimos había anunciado un vasto elenco de ponentes con el fin de seguir reflexionando sobre una contienda de la que se cumplen noventa años. A saber: ministros socialistas en activo, gente del mundo del cine, escritores, historiadores, periodistas y políticos de hoy y de siempre. El espectro ideológico iba del centro-derecha liberal a la izquierda en sus vertientes académica, sociológica, cultural y extrema, pasando por el tercerposicionismo convocante. El clásico debate historiográfico de nuestro pasado reciente, pero con sus anatemas bien delimitados. No es por ser mal pensada, pero me pregunto si el chavesnogalismo militante no estará un poco más lejos de esa distante mirada liberal de lo que se pretende.

Este tipo de actos suelen servir para ir desdibujando los contornos de las asimetrías morales que tuvieron lugar en el conflicto bélico. Así, se limpian y fijan en el imaginario colectivo. Pero siempre se aprende algo nuevo. Por ejemplo, una creía que la reconciliación venía ya del propio franquismo y luego nos contaron que no. Según a quién se escuche, nos la trajo el rey o se la debemos a la generosidad de los grandes hombres de la Transición. En vista de los acontecimientos que nos ocupan y de la «polarización» reinante, pareciera entonces que el 78 no fue abrazo ni consenso sino algo más cercano a un ajuste cuentas. Un mantener al personal en constante división ideológica. Servidora se malicia que a todo esto de revivir periódicamente la pacificación (para luego salir tarifando, como ha sido el caso del simposio) se le empieza a poner cara de negocio: el business de la reflexión-reconciliación patrocinado por Cajasol.

Ya hemos hablado de que la organización del evento decidió suspenderlo. No quedó sino envainársela ante la baja voluntaria de Uclés et al. del sarao y, según cuentan, recibir «amenzas» de boicot. Se ha echado en falta esta vez al columnismo que no tuvo piedad con Ignacio Peyró cuando se arredró en un caso similar ocurrido recientemente. Apenas estrenado 2026, así están las cosas. Un escritor-agitador que se autopercibe como cabrero lloriquea, la «extrema izquierda» intimida a los convocantes con la posibilidad de que cuatro jubilados y dos charos les hagan un escrache, y el resto sufrimos la turra habitual. Pagamos justos por pecadores. Le dan la ocasión a don Arturo para que nos vuelva a exigir biblioteca, nos llame tontos del ciruelo y nos reproche que estamos equivocados. Como en Trento.

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