Una de las encerronas clásicas que nos tienden a los católicos, el «jaque mate» de muchos creyentes, ocurre siempre que hay un desastre natural como el de hace casi un mes en Venezuela. Ya saben ustedes, las preguntas clásicas: «Si Dios existe, ¿cómo puede permitir esto?«, «¿qué clase de Padre es el que deja que mueran miles de niños inocentes?», etc. Son preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez, así es que no debemos molestarnos porque nos las hagan a nosotros. Cualquiera que sienta compasión ante el dolor ajeno y tenga un mínimo de empatía con los demás, tiene todavía el corazón encogido porque, sencillamente, no entendemos. Porque no estamos diseñados para aceptar que pueda haber catástrofes tan apabullantes.
Esas preguntas que he formulado anteriormente, y otras con igual carga emotiva, encierran una dosis muy importante de manipulación. Para empezar, se olvidan de que nuestra fe contiene un elemento que está fuera de la razón humana: el misterio. ¿Han tratado de comprender alguna vez lo que significa la Santísima Trinidad?, ¿cómo pueden ser tres personas distintas y un solo Dios verdadero? Lo entenderemos y lo aceptaremos como verdad eterna desde la perspectiva de que es un misterio que nos ha sido revelado, pero que es imposible poder asimilar exclusivamente desde la razón. Esto mismo ocurre con otros aspectos relativos a la doctrina de la Iglesia Católica que el Catecismo se encarga de detallar y explicar.
Nosotros no tenemos capacidad para saber por qué Dios «permite» que ocurran desgracias naturales como los terremotos, las inundaciones, los grandes incendios, las sequías, etc., suponiendo que realmente lo permita, en un sentido literal de «autorizar o consentir». Sentimos que son injustas desde la perspectiva de que les cuesta la vida (o la salud) a personas «inocentes», es decir, que no merecen de ninguna manera vivir una desgracia tan grande. Pero nosotros ignoramos los planes que tiene Dios con las personas que mueren (insisto, más allá de que, objetivamente, sus muertes nos parezcan injustas). ¿Y si Dios premia a esas personas con la vida eterna y una felicidad a la que quizá no todos puedan aspirar? No lo podemos saber. Pero sí sabemos que Dios es justo y misericordioso, y que no quiere el mal para ninguno de sus hijos.
La única forma de encontrar consuelo y paz interior después de ver las imágenes de un desastre tan terrible consiste, precisamente, en confiar ciegamente en Dios y en su voluntad, aunque ésta escape completamente a nuestra razón. Confiar en la Providencia por encima de lo que nuestra mente juzgue que es justo, injusto, bueno, malo, etc. Esto no nos hace menos humanos (en el sentido de «irracionales», o de tener menos capacidad de juicio crítico sobre las cosas), sino verdaderos creyentes; hijos que saben que su padre jamás consentirá que nada malo les ocurra, aunque nuestros ojos nos muestren lo contrario. No es fácil esto que aquí proponemos, pero sí es la manera plena de vivir nuestra Fe de manera coherente.
Hay una consideración más que hacer al respecto, y no escapa tampoco del ámbito de los principios y valores que tienen su raíz en el cristianismo. Muchos de los edificios que colapsaron y se derrumbaron como consecuencia del doble seísmo en Venezuela eran construcciones hechas de manera rudimentaria y sin atender a criterios técnicos de máxima calidad, como ya afirmaron expertos en la materia. Detrás de esos edificios deficientes, y de las muertes que provocaron —ya más de 5.000—, están las directrices políticas de regímenes corruptos y totalitarios como los de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, los dos últimos sátrapas que han padecido los venezolanos en las últimas tres décadas. Mientras ellos y sus allegados se enriquecían de manera ilícita, y encarcelaban y torturaban a la disidencia política, dedicaban cantidades insuficientes de dinero público a hacer edificios de mala calidad, peor preparados para soportar un terremoto de grandes dimensiones.
Como solemos decir, el socialismo causa muerte, pobreza y desolación. En lo ordinario y en lo extraordinario. Venezuela podía ser una nación rica y próspera, pero a la ruina política izquierdista (introducida en el sistema a través de las urnas) se ha sumado ahora esta reciente desgracia, natural, inexplicable. Los católicos rezamos por nuestros hermanos de Venezuela, y le pedimos a Nuestra Señora de Coromoto que proteja a sus hijos y alivie cuanto pueda a todas las familias que se quedaron sin hogar y en una pésima situación, y que buscan a los desaparecidos. Que Nuestra Madre les socorra en estos momentos dramáticos que ninguno de nosotros somos capaces de entender solamente con la razón.