En las mejores reacciones ante la victoria en el Mundial, que son casi todas, se distinguen dos patrones de conducta o dos polos de atracción. Están los que lamentan que España sólo se celebre a sí misma por razones deportivas y, por tanto, frívolas y efímeras. Y están los que se admiran de lo poco que hace falta para que aflore —vigoroso, juvenil, intergeneracional— un patriotismo alegre y expansivo. Se rasca un poco y aparece rutilante bajo la costra de tanta propaganda en contra.
¿Hace falta decir que yo juego en este último equipo? En este Mundial y en todos los campeonatos de la vida, incluso en las pachangas. Son dos actitudes vitales. Miremos un tablero de ajedrez como un test: hay quien lo ve negro, uf, negrísimo, aunque reconoce que tiene salteados algunos cuadrados blanquecinos, pero superficiales e inconstantes; y hay quien mira el tablero y lo ve luminoso, albo, impoluto, salvo por ocasionales cuadrados negros, que resaltan (felix culpa) la blancura originaria. La postura católica es ésta: el tablero, como la Creación entera, es muy bueno. Esos cuadrados negros —restos del dichoso pecado original— hay que tratar de sortear con el caballo, grácilmente.
Esta contraposición, algo abstracta, se concreta en multitud de casos. El del Mundial es el último grito, pero el ejemplo que más me gusta es el de mi abuela. La operaron de cataratas y se pasó días y días deslumbrada por la belleza de los colores del mundo, incluidos los de la televisión. Ibas a verla a cualquier hora y te la encontrabas extasiada mirando por la ventana. En cambio, a una amiga queridísima de mi madre la operaron de lo mismo y nos contaba, decepcionada, que había descubierto que su marido estaba arrugadísimo. ¿Mi abuelo no estaba arrugado? Pues claro, como una pasa, pero mi abuela escogió el ventanal.
Las dos cosas eran verdad, igual que el célebre vaso medio lleno está medio vacío y viceversa. Tienen razón en el fondo los que lo ven medio lleno porque justo en el fondo es donde está lleno, aunque, ley de la gravedad aparte, la misma razón tienen ambos, matemáticamente. No hay optimismo ni pesimismo, sino perspectivismo, como en el tablero de ajedrez. El optimista auténtico (como yo) no sólo celebra la mitad llena, sino la vacía, porque ésta le da margen para la aventura de ir llenándola.
Ahora, en concreto, toca convencer a los que sólo ven una flor folclórica de un día, medio verbenera, en esta espléndida explosión del patriotismo. La patria tiene raíces muy hondas y florece ferazmente a poco que se la riegue. Convencerlos también será parte de la celebración. La alegría y el orgullo de España no han vuelto, ni siquiera para quedarse. Estaban ya aquí. Y seguirán estando. Cuando decimos «Viva España» expresamos un deseo, pero también constatamos una realidad. De una tacada —el vaso medio lleno y, en su otra mitad, llenándose— decimos dos cosas: «Que viva España» y «Qué viva, España». Mirad cómo alienta, más y más viva a cada instante.