Causó algún revuelo —y, más que nada, un aluvión de adhesiones— un tuit que escribí hace días en el que trataba de expresar algo a lo que vengo dándole vueltas un tiempo: que la proliferación de personas tatuadas es un signo más del auge de lo que llamamos «individualismo expresivo». Consiste este fenómeno en un descarrile del proceso de individuación mediante el que el individuo ya no aspira tanto a emanciparse para construir una vida propia como a hacer de la expresión de su yo el centro de esa vida. La autenticidad consiste en exteriorizar lo que uno siente y desea, mientras pierden peso vínculos, deberes y cualquier valor que no nazca del propio sujeto. ¿Por qué me parece significativo que hasta uno de cada tres españoles de entre 18 y 35 años esté tatuado? Porque el comportamiento encaja como un guante en esa necesidad de hacer visible y singular el yo, inscribiendo en el cuerpo una identidad elegida y reconocible. No parece casual que convertir el cuerpo en soporte permanente de expresión personal se haya generalizado en una cultura que ha encumbrado la exhibición de la propia singularidad. No es sólo una intuición: algunos estudios han encontrado en las personas tatuadas una mayor necesidad de singularidad que en las no tatuadas.
Hay además razones para que los tatuajes nos parezcan a muchos de mal gusto; aquí no puedo extenderme, pero sí apuntar lo principal del argumento. El tatuaje es una intervención ornamental que rara vez mejora aquello sobre lo que se aplica y que, a diferencia de casi cualquier otro adorno, no puede retirarse cuando cambian las preferencias. En palabras de la célebre filósofa Kim Kardashian, cuando se le preguntó por qué no llevaba: «Cariño, ¿le pondrías pegatinas a un Bentley?». Luego está el asunto de la salud. No deja de ser irónico que tipos y tipas que habitualmente vocean la importancia del gimnasio y la alimentación sana introduzcan voluntariamente en su organismo tintas cuya inocuidad no está ni mucho menos fuera de discusión. La cautela no es una manía de hipocondríacos: la Unión Europea ha restringido miles de sustancias presentes en tintas de tatuaje por sus posibles efectos carcinógenos, mutágenos, tóxicos o sensibilizantes. No obstante, insisto en que una cosa es el gusto, y otra los gustos. Cada cual es libre de hacer lo que estime oportuno con su piel (allá cada uno con su conciencia), y mis comentarios a este respecto no pretenden fijar una superioridad moral y menos aún decirle a los demás qué deben hacer con sus cuerpos.
Aparte, sería menester que, en general y antes de hiperventilar, se entendiera que un filósofo moral intenta investigar qué hace que la vida individual y colectiva sea buena, pero no señalar con el dedito a nadie. Se emiten juicios que no constituyen ataques personales; los adultos los leen y luego hacen lo que les da la gana, pues su vida es su aventura y la de los suyos. Ocurre, además, que nuestras hipótesis no sólo son susceptibles de refutación, sino que no aspiran a explicar la totalidad de un fenómeno sin admitir excepciones. Está claro que no todo el mundo se tatúa por un prurito individualista-expresivo. Y ninguna tesis de alcance sociológico pretende acoger a todos los individuos, mucho menos juzgar personalmente a nadie.
Dicho lo anterior, algunas cosas que gente poco amable y politatuada tuvo a bien gritarme a propósito del tuit ilustran bastante bien la tesis. Yo había hablado de una tendencia social y de una práctica, sin nombrar ni juzgar a nadie; algunos lo tomaron como una enmienda a la totalidad de sus personas y respondieron juzgando la mía. La asimetría es reveladora; si nuestras elecciones y preferencias dejan de ser cosas que hacemos para convertirse en aquello que somos, cuestionarlas se vive como una agresión personal. Ahí está justamente el individualismo expresivo: hacer del proyecto identitario (¿quién soy?) el proyecto personal por antonomasia, en vez del moral (¿qué voy a hacer con esta vida que se me ha dado?).
Una cosa muy graciosa que me dijeron fue que si había muchos más tatuajes es porque habíamos vencido un tabú que existía hace, digamos, veinte años. Estas cosas te las dice siempre un menor de treinta, uno de esos que creen que antes de que ellos nacieran vivíamos en el pleistoceno. Pues miren, no. Hace veinte años, llevar un tatuaje no tenía nada de revolucionario. Pero es que seguir creyendo hoy que, por llevarlo, uno es contracultural, es no haber visto un solo anuncio de moda. Hoy, estar tatuado es riguroso mainstream, y son más bien los que conservan impoluta su piel los que constituyen una suerte de frikis inversos. Hay una paradoja bastante cómica en esta obsesión por ser distintos. Los llamados normies, quienes quieren las cosas corrientes y fundamentales de la vida, amar, tener amigos, formar una familia, trabajar y disfrutar de lo pequeño y lo grande, sin pasarse todo el santo día mirándose al espejo para recolectar particularidades como quien caza pokémons, empiezan a ser estadísticamente minoritarios. Construir una identidad alrededor de cuán perforado o pintado esté su cuerpo es una manera epidérmica de considerarse diferente, y tiene la gracia añadida de que esas supuestas singularidades se repiten tanto que producen legiones de clones convencidos de ser únicos.
De las cosas más pasmosas que leí en este intercambio al que me sometieron algunos miembros de esta particular logia fue que tatuarse frases o principios era una enorme muestra de compromiso, porque declaras cosas y no puedes borrarlas. Pero grabarse un principio en la piel no demuestra firmeza alguna: la firmeza empieza justamente cuando sostenerlo cuesta. Quien está verdaderamente comprometido con un principio no necesita recordárselo ni anunciárselo a los demás mediante una inscripción indeleble. El compromiso se acredita sosteniéndolo cuando cuesta, es decir, mediante los actos, y no dando mítines a través del cuerpo.
Al final, hasta la Kardashian terminó poniéndole una pegatina al Bentley. Y es que la verdadera firmeza no proviene de airear los principios, sino de la callada determinación de hacer lo que hay que hacer incluso cuando nadie mira y a pesar de no haberlo anunciado. Dejando a un lado el asunto del gusto, estar visiblemente tatuado no convierte a nadie ni en mejor ni en peor persona (los tatuajes ocultos, me parece, son cosa distinta). Pero sí dice algo de nuestro tiempo que haya gente dándose golpes de pecho por llevar escritos sus gustos, su historia personal o sus convicciones en el cuerpo. Un ser humano vale lo que sus actos, y no lo que sus cacareadas peculiaridades.