«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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María Zaldívar es periodista y licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Católica de Argentina. Autora del libro 'Peronismo demoliciones: sociedad de responsabilidad ilimitada' (Edivern, 2014)
María Zaldívar es periodista y licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Católica de Argentina. Autora del libro 'Peronismo demoliciones: sociedad de responsabilidad ilimitada' (Edivern, 2014)

Siempre se puede empeorar

25 de noviembre de 2023

En demostración de un comportamiento rayano en suicida, para salir del pozo en el que el sanchismo la hundió, España sigue cavando. Pero es justo reconocer que el PSOE no está solo en la demolición, sino que ha contado con la colaboración de podemitas, etarras, separatistas, todas las variedades existentes de izquierdas e, inclusive, del Partido Popular que, por acción a veces y omisión otras, en lugar de haber asumido el rol opositor que la ciudadanía le otorgó para frenar el avance del atropello a las instituciones, acompañó impulsado por su tibieza genética. Los medios de comunicación también hicieron y hacen lo suyo; vienen jugando un papel irresponsablemente significativo, minimizando las atrocidades que se cometen y demonizando las reacciones en contrario a la ola sanchista.

El Parlamento Europeo tampoco se ha conmovido ni un poco ante los acontecimientos que suceden en España, lo que refuerza la creencia de que esos organismos supranacionales pierden objetividad y eficiencia, y en caso de haberlas tenido alguna vez, enredados en sus propias ideologías globalistas. Con el paso del tiempo han demostrado que son indefectiblemente más proclives al avance del autoritarismo que a la defensa de las instituciones republicanas.

Las izquierdas nunca provocan la irritación masiva y ruidosa que inspira cualquier mínimo movimiento de las derechas. El comunismo es responsable de la muerte de 150 millones de personas en los últimos dos siglos y sin embargo la impunidad es su vestimenta. Hace declaraciones, objeta personas, interpela gobiernos y marca agenda mientras que las derechas no alcanzan a levantar la cabeza y ya son denostadas, desmerecidas y canceladas. El «Che» Guevara, asesino de homosexuales y de todo aquel que objetara sus propuestas, tiene alrededor del mundo monumentos, placas conmemorativas, remeras con su estampa y todo el merchandising como si se tratara de un rockstar. El pensamiento único que instalaron primero suavemente las izquierdas hoy es ley y alcanza para prohibir los criterios disidentes. Cualquier postura que no responde al más puro comunismo es tildada de ultraderecha y con ella, vienen los adjetivos más falaces: fascismo, negacionismo, homofobia, xenofobia y una feroz campaña de estigmatización que rinde al objetivo de la autocensura: quien piensa distinto opta por acallar su voz para no ser víctima de la ferocidad izquierdista.

Así se llegó a que la libertad de expresión esté vedada en este mundo binario que el globalismo impone: por ahora sigue habiendo dos campanas pero sólo una puede expresarse a gusto. El costo de decir otra cosa siempre tiene consecuencias que no todos son capaces de tolerar.

Nada de esto pudo imaginarse tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso definitivo de la URSS. Por el contrario, el mundo respiró aliviado. El autoritarismo parecía extinguido. Pero durante los años subsiguientes, las izquierdas derrotadas siguieron trabajando con la gran habilidad de mutar sus formas aunque no su fondo. Dejaron las armas, los fusilamientos y la persecución abierta para enarbolar, casi con inocencia, las banderas de causas justas. Y se volvieron los máximos defensores del ser humano que hasta entonces habían aniquilado. De repente se volvieron cruzados de los derechos de las minorías, de los animales, los mares y el clima, la revolución popular y la lucha de clases, contra el imperialismo, el capitalismo salvaje y el mercado, que, según su personal descripción, no tiene alma; pero sus enemigos siguieron siendo el progreso y la libertad.

Hay otro tema de gravedad que se suma a los desaguisados que viene protagonizando el presidente del gobierno español y se refiere a sus declaraciones sobre el conflicto generado en Medio Oriente por el ataque perpetrado sobre el pueblo israelí. Sus recientes declaraciones han conseguido la rápida reacción de Benjamín Netanyahu: Israel no participará en la cumbre regional de la Unión por el Mediterráneo (UpM) a celebrarse el lunes en Barcelona y que el Gobierno de Sánchez quería convertir en una cumbre por la paz entre Israel y Palestina.

Sánchez, si bien reconoce el derecho de Israel a defenderse (concesión que resulta casi ridícula, como si pudiera negársela), ha venido insistiendo en las últimas semanas en que la respuesta militar que se está llevando a cabo en la Franja de Gaza tiene que ser dentro de los límites que marca el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Internacional; unos límites que, según consideró la semana pasada, Israel no está respetando, tildando de «desproporcionada» su respuesta. Asimismo, durante el debate de investidura, manifestó su rechazo por la «matanza indiscriminada» de palestinos en Gaza y Cisjordania.

Hay una extraña tradición izquierdista de justificación de la violencia que también goza de la aceptación general. La capilaridad social para las ideas de izquierdas es un tema pendiente de un profundo estudio sociológico; por qué el mundo es tan proclive a sus excesos y tan manso frente a sus imposiciones.

Recientemente y en respuesta a sus dichos, el Ministerio de Exteriores de Israel ha convocado al embajador de España porque que califica de «falsas» las afirmaciones realizadas por Sánchez y considera que suponen un «apoyo al terrorismo» de Hamás.

La moraleja es que el presidente del Gobierno español no deja de sorprender. Se le ve siempre dispuesto a correr los límites, a levantar la apuesta y a ensanchar la grieta entre españoles, ahora extendida a Medio Oriente.

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