El discurso de León XIV en las Cortes era, a priori, dificilísimo. Tenía que sortear peligros y tentaciones de todo tipo. Y los sorteó todos. Es un texto que merece ser guardado y meditado, casi como un programa de acción política para los católicos contemporáneos.
Contaba mi admirado Mario Quintana que una vez quiso publicar en su periódico un folio y medio en blanco titulado naturalmente «Pereza». El director no captó la genialidad y el poeta brasileño tuvo que vencer la pereza y rellenar el folio y medio con todas sus letras. El cuerpo me pide ahora escribir un artículo titulado «Entusiasmo», poner un enlace al discurso de Su Santidad y rematar con un «amén». Seguro que Agustín Benito, director de esta casa, lo entendía, pero yo no quiero perder la ocasión de copiar y pegar algunas de las frases más inolvidables.
El Sumo Pontífice no ignoraba la trascendencia de la ocasión, como subrayó al citar el magnífico precedente de las palabras de Benedicto XVI en el Bundestag. Con gran inteligencia histórica dejó claro que sus palabras se encuadraban en la milenaria tensión entre los dos poderes, el espiritual y el temporal. Comenzó reconociendo la distinción entre la comunidad espiritual y la política, concediendo «la autonomía de las realidades terrenas». Quienes echen de menos un contenido más cristológico quizá pasen por alto las coordenadas desde las que León XIV construyó su intervención. Obsérvese, con todo, que dice «autonomía», no independencia. Dante, güelfo blanco, se habría levantado a aplaudir.
A renglón seguido, el Papa ofreció varios ejemplos de cómo esa autonomía no excluye el entrelazamiento de «la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento». Entrelazamiento fecundo que deja en España «una memoria particularmente rica en sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y el ánimo mismo de su pueblo». Cada palabra pesa.
León XIV volvía una y otra vez a lo concreto para no dar la mínima impresión —tan parlamentaria— de hablar en el aire. Literatura inmortal, sí: el Quijote, Santa Teresa o Unamuno. Y también la Escuela de Salamanca, que elevó la razón jurídica y moral a una de sus cimas. Hasta Isabel y Fernando fueron celebrados. «Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral». Ahí queda eso.
La construcción es impecable. Venía a hablar desde su auctoritas y comenzó apelando a la nuestra como nación. Con esa fuerza doble recordó que la piedra de toque de una política justa es «el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana», que precede al derecho positivo y no depende de ninguna concesión estatal. Ponía la verdad en el centro de la política y defendía la vida humana desde la concepción hasta el ocaso natural, la familia, la libertad de educación, la libertad religiosa y la sacralidad del espacio interior de la conciencia.
Como no venía a halagar los oídos de nadie, advirtió que «el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural». Para afrontarla hay que proteger —propuso— el lenguaje, algo que como escritor le agradezco en el alma. Y como amigo de las controversias auténticas, le aplaudo esta invitación: «La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación». Qué magnífica propuesta final: «Unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio». No puedo sentirme más interpelado.
Que yo esté de acuerdo en todo no quiere decir que no me exija: todo lo contrario. Y alguien podría preguntarme por la insistencia papal en la acogida de los inmigrantes. Yo suelo poner el acento en la defensa de las fronteras, en el derecho a no emigrar y en el cumplimiento de las leyes. Eso, que es más raro, también lo ha defendido el Papa. El valor está en la integridad del mensaje, no en cada pieza por separado. Porque la acogida sólo será posible si se combate a las mafias y a quienes convierten la necesidad ajena en negocio particular o político y en riesgo social y cultural.
El Papa nos ha ofrecido una guía exigente para los tiempos que vienen. Una guía que él también ha recibido. Por eso mencionó con tanta belleza como intención la luz cenital que cae sobre el Congreso: «La luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera». Y añadió: «También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». Qué espléndido rugido de León entre los leones del Congreso. Ya avisé de que yo iba a terminar diciendo «Amén».