«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Cristales ahumados

12 de agosto de 2026

El otro día entré en una óptica del barrio a comprar gafas de eclipse. Llevaba la superioridad moral del previsor, convencido de que la España de agosto estaría en otras cosas, y me encontré una cola de padres sudorosos que salía por la puerta y doblaba la esquina de la farmacia. La dependienta, una chica con paciencia de enfermera de campaña, repetía la misma letanía a cada recién llegado: «Agotadas desde el martes. Y por internet no le digo, que hay un señor de Cuenca vendiendo las suyas a precio de jamón». Me fui sin gafas y con la sensación conocida de llegar tarde a los astros. Me pasa desde que en 1986 esperé al cometa Halley durante semanas y el cielo de Madrid me devolvió una pelusa gris que había que creerse por fe. Gran currículum astronómico, el mío.

Pero esta vez la cita va en serio. El miércoles, a la caída de la tarde, la sombra de la Luna entrará por Galicia, cruzará León, Burgos y Zaragoza y se marchará por Palma, y durante minuto y medio largo, según el sitio, se hará de noche en plena tarde por primera vez en la península desde 1905. 121 años esperando turno. En la franja no queda cama libre, en Galicia las reservas se han disparado y hay pueblos de Soria que no recordaban tanta expectación forastera desde la trilla. Dicen los que saben que la luz no se irá poco a poco, como en un anochecer cualquiera, sino de golpe, como se va la luz de un bar cuando el dueño quiere cerrar y no discute. Y que alrededor del disco negro aparecerá la corona solar, que nadie ha visto dos veces sin volverse un pesado.

La otra vez fue un 30 de agosto de 1905 y el país acudió igual, sin homologaciones pero con el mismo instinto. Alfonso XIII se plantó en Burgos en tren especial con la familia detrás, hubo hotel que cobró la cama a cien pesetas, que era dinero de indiano, y los trenes del norte llegaron abarrotados de curiosos que ahumaban cristales con una cerilla para mirar el sol sin quedarse ciegos del todo, solo un poco. En Ontaneda la noche cayó a la una y tres minutos de la tarde y duró apenas un minuto, el tiempo de un padrenuestro rezado con miedo. Luego volvió la luz y todos regresaron a sus cosas con los dedos tiznados y la sospecha de haber visto algo que no les correspondía.

Yo mismo miré el eclipse del 99, que aquí fue parcial, a través de una radiografía vieja que circuló por la playa de mano en mano como un porro, y que yo sepa nadie de aquella toalla se quedó ciego. Ahora la norma manda gafas certificadas ISO 12312-2, y hace bien, aunque algo se pierde cuando hasta la oscuridad viene con sello europeo. Hemos pasado del cristal ahumado al polímero homologado, del presagio al plan turístico. El miércoles media España mirará el fin provisional del mundo con unas gafitas de cartón que parecen ganadas en una tómbola. Corrijo: la media España que llegó a tiempo a la óptica. El sol estará además muy bajo, casi puesto, y hará falta horizonte despejado hacia el oeste. Por eso llevamos semanas estudiando descampados y azoteas ajenas con un descaro que en otro contexto obligaría a llamar a la Policía.

En casa localizamos el nuestro, una era a las afueras orientada a poniente, y pienso llevar a los niños aunque el pequeño desconfía de un plan que consiste en mirar cómo se apaga una farola grande. Le expliqué que la próxima vez que esto pase él tendrá una edad que ni se le calcula, que hubo hombres que nacieron y murieron sin ver minuto y medio de noche a las ocho y media de la tarde, y que un rey cruzó media España en tren por lo mismo que nosotros vamos a cruzar un descampado. Me escuchó muy serio, con esa atención que ponen los niños cuando huelen la solemnidad del padre, y cuando terminé el discurso me miró con sus gafas de cartón puestas del revés: «Papá, ¿y si justo parpadeo?».

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