«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Anatomía de la guayabera

11 de agosto de 2026

Algunas prendas han hecho historia en la cultura popular. Pongamos, por ejemplo, la gabardina de Bogart, la Harrington de Steve McQueen o el traje solaro de Gianni Agnelli. Más que de ropa, hablamos de objetos totémicos. Con ellos uno podría imaginarse recorriendo San Francisco a toda velocidad o sirviendo criadillas a un diputado socialista en Villa Frescot.

Pocos trapos alcanzan la categoría de mito y se nos estaba escapando la guayabera. El frescor del Caribe merece un hueco en el Olimpo de los iconos vestimentarios, especialmente en España. No reparamos en ello, pero la camisa llegada de ultramar es la versión textil del abrazo transicional. No exige ni polariza. Modera el físico y nos reconcilia con el espejo. Cuanto más escombro corporal hay, mejor actúa sobre él. Su secreto, como diría Bernard-Henri Lévy, es ser «escolta silenciosa» (en este caso, de la Ley de la Gravedad). De ahí que sea el refugio ideal del sujeto sobrado de triglicéridos o la lorica musculata del delgado fofo.

Aunque no sólo de puretas con síndrome metabólico vive nuestra amiga. La juventud la lleva a Las Ventas, y en las plazas de segunda también la lleva lo que ya no es juventud. Sirve para ir a los toros, pero puesta a rendir, en un solo fin de semana podría soportar una preboda y una boda; una cena en Amazónico, la copa posterior en «Snobi» e incluso una recepción en Marivent. Estamos ante una prenda que ha pasado el estadio de lo consensual para llegar a lo institucional. 

Con vaqueros da ese aire de burgués bohemio que va de artista, pero es consultor. Sin ellos otorga esa respetabilidad que solo se gana después de superar una oposición de cuatrocientos temas. Llevada con cadena de calabrote y luciendo pecho lobo grita «¡España!».

Su tasa de reproducción y colonización del armario es la propia de una especie invasora. Como nos descuidemos declara la guerra híbrida y al cabo de dos veranos nos damos cuenta de que ya tenemos la blanca, la frambuesa y la menta. En variedad cromática, solo el polo se aproxima, pero pierde por su carácter más informal. La camisa hawaiana ha intentado destronarla, sin éxito. Semejante mamarracha nunca fue rival a su altura.

Si prestamos atención, hay una forma canónica, caribeña, de llevarla. Allí las proporciones se cuidan, se hacen en algodones finísimos y el color predilecto suele ser el blanco. La manera ibérica de lucirla es diferente: remangada, dos dedos más corta de lo debido por su fabricación casi siempre industrial, en lino que rasca y de colores difíciles de imitar por la naturaleza.

Sospecho que pronto será adoptada por empresarios como Alessandro Squarzi, si no es ya el caso. Eso significará volver a poner una pica en el milanesado antes de marchar sobre Florencia. La veremos multiplicarse en Pitti Uomo y sufriremos los previsibles efectos inflacionarios de la mediterraneización del Caribe. Pero lo más duro será soportar a los italianos dándoselas de inventores, llevándola con el cuello levantado e intentando ordeñar más sprezzatura de lo que la propia sprezzatura guayaberil permite. 

Hasta que ese día llegue, o hasta que el otoño obligue a sacar el chaleco acolchado y las Adidas, vístanla con orgullo. Boris Vian cantó eso de «cuando muera, quiero un sudario de Dior». Aquí muchos se conformarían con una guayabera por mortaja.

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