Toda generación se ha considerado siempre «moderna» mientras es joven. Los búmers, en cambio, creen haber fijado ‘lo moderno’ como quien fija una mariposa con un alfiler, para siempre. Ellos no fueron modernos; ellos son la modernidad, dueños del copyright. Como si la historia hubiera culminado con ellos y todo lo que vino después fueran simples variaciones sobre la misma melodía. Son Mick Jagger, con más años que un bosque, todavía encima del escenario sin encontrar satisfacción.
La generación que hizo de la rebeldía una forma de vida acabó convirtiéndose en el establishment más duradero de la historia reciente. Quienes popularizaron aquello de «no te fíes de nadie mayor de treinta años» siguen hoy ocupando los puestos de mando con más de sesenta y de setenta, sin ver la ironía. El problema no es que hayan envejecido. Todos envejecemos. El problema es que nunca han dejado de considerarse los jóvenes de la película.
Pero los victorianos sabían que el siglo XX acabaría pareciéndoles extraño. Quienes sobrevivieron a la Gran Guerra comprendían perfectamente que sus hijos hablaban otro lenguaje, escuchaban otra música y vivían conforme a otros códigos. Incluso aceptaban, con mayor o menor resignación, que el mundo ya no les pertenecía.
Los búmers no. Su juventud coincidió con una revolución cultural de una intensidad extraordinaria y, como suele ocurrir con las grandes revoluciones, confundieron un momento histórico con una verdad permanente. El rock, los vaqueros, la liberación sexual, el antibelicismo, la televisión, la universidad de masas, la cultura juvenil —todo muy novedoso— acabó convirtiéndose en un canon tan rígido e imperativo como cualquier otro. Y quienes habían llegado para derribar todas las convenciones terminaron siendo los guardianes de unas convenciones nuevas.
De ahí que el relevo resulte tan incómodo. No basta con ceder despachos, escaños o consejos de administración. También habría que aceptar que existen sensibilidades distintas, preocupaciones distintas y hasta formas distintas de entender el progreso. Y eso cuesta mucho más que jubilarse.
Hay algo casi entrañable en esa resistencia. «Los viejos rockeros nunca mueren», dice la canción. Es verdad. El problema aparece cuando una cultura entera decide comportarse igual que sus viejos rockeros y se niega a abandonar el escenario. Porque toda generación tiene derecho a disfrutar de su momento bajo los focos, pero ninguna puede aspirar a monopolizar indefinidamente el presente.
Quizá por eso el conflicto generacional se ha vuelto tan áspero. Los jóvenes sienten que están esperando un turno que nunca acaba de llegar. Pero, ay, no es este un conflicto que se pueda solventar con un duelo a espada al amanecer junto a los muros del Convento de los Jerónimos, porque cuando aparece el duelista con el que batirse resulta ser papá, o el abuelo. Y no es plan.
Eso lo cambia todo. Este conflicto se parece en eso a la guerra de los sexos que quieren declarar las feministas. Es rara una guerra en la que es normal enamorarse del enemigo. O, en este caso, ver en él al padre.