Creo que hablo en nombre de muchos si confieso que no participo de la fiebre por el eclipse. No porque me crea especial y no quiera hacer lo que hace todo el mundo (fui al ayuntamiento de mi pueblo veraniego a por las gafitas protectoras solo porque, borreguil como el que más, vi una cola de gente), ni porque el eclipse esté sirviendo para eclipsar no a la luna, ni al sol, ni a la tierra, sino todo lo demás (España se mete ella en el eclipse).
No, mi negativa al eclipse quizás sea una derivación atávica de los viejos terrores que provocaban en la población y que en mi caso se manifiestan como un miedo real a quedarme ciego, a mirarlo directamente y que mis retinas se derritan in situ, achicharradas por las radiaciones.
Sé que hay precauciones, tiempos, gafas especiales, sí, pero no me fío… Mi miedo de ignorante es más fuerte que mi propio borreguismo social, se impone, y como mi interés astronómico es cero, la lucha queda planteada entre esas dos fuerzas: el seguidismo de los otros o mi miedo cerrado, irracional, a la ceguera.
(Mi interés astronómico es tan poco que para mí la palabra astronómico, de hecho, no es de los cielos sino del fútbol… cuando oigo «fenómeno astronómico» pienso en el fichaje de Diomandé).
Manda en mí un miedo irracional que se ha manifestado ya en otros eclipses. Porque el eclipse siempre es el eclipse del siglo, pero ¿cuántos hemos vivido ya? Nos dicen: «es un momento único», pero es mentira. En dos años o en cinco habrá otro. La vulgaridad de los asteroides y planetas es total.
Ya desde pequeño se manifestó en mí la cerrazón absoluta, anticientífica, la burricie ilógica: no ver el eclipse, ni siquiera salir de casa si hay eclipse.
La razón de mi miedo es, no solo el temor a las radiaciones, al astro rey, un temor casi religioso, ni la desconfianza ante un posible error de fábrica en la gafas (la excepción estadística, el garbanzo negro del lote, tan posible, de hecho, como el propio eclipse, porque ¿qué es más probable, que me toquen unas gafas defectuosas o que suceda este eclipse?); pero no, no, ni siquiera, mi miedo es sobre todo un temor a mí reacción. Sé que si no he de mirar, que si no tengo que mirar directamente, acabaré mirando. Es una sensación aguda como un TOC. De hecho, ya siento la voz que me nace dentro. Ya siento el come-come, el reconcome. Anticipo en mí un momento ‘vieja del visillo’, querré mirar un poquito, asomarme, abrir una rendija entre los dedos que tapan mis ojos…
Soy consciente de lo que me pierdo, de la maravilla, de la gran carambola, que será como el momento en que se acierta un gran pin celestial, pero cuanto más grandioso es, más sé que querré mirarlo. Pero no mirarlo como un estudioso de los cielos, como alguien interesado en las bellezas del cosmos. No, mirarlo como un cretino incorregible. Como el que va a un museo, ve un jarrón donde pone: no tocar, y siente un deseo casi sexual de tocarlo. Como cuando de niño te dicen «no te rasques» y rascarte se convierte en la fuerza más incontrolable. La transgresión más infantil y ridícula es para nosotros como el fuego al pirómano.
Porque sé que somos muchos así. Que el Eclipse es como la Gran Voz del deseo absurdo y vacío, hecho de la propia negación, y nos está diciendo hace muchos días una sola cosa: mira, mira, mira…
Por eso, en el momento del alineamiento, me encerraré. Bajaré las persianas. Y me abrazare a mí mismo con el ligero balanceo de quien trata de pasar un mono, consciente, a la vez, que de nuevo me lo estoy perdiendo.