«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

¡Carpe diem!

12 de agosto de 2026

Le cogí manía por puro amor al latín. ¡Qué obsesión la de todo el mundo, incluidos los adolescentes más disruptivos, con la expresión «Carpe diem»! ¡Si Horacio —«Odi profanum vulgus et arceo»— levantase la cabeza y viese su viejo verso convertido en un eslogan de masas! Con lo bonitos que son «Mutato nomine de te fabula narratur», «Non omnis moriar» o «Dulce et decorum est pro patria mori»…

¿También había moralismo en mi rechazo? También. Esa prioridad del disfrute inmediato producía mi rechazo reflejo. No por alergia al hedonismo, sino por afición. El ansia de pasarlo bien ahoga el placer. Obsesionarse con la felicidad la estraga.

Sin embargo, he cambiado de opinión. El carpe diem puede entenderse mal, muy bien; pero el recordatorio de que lo que tenemos al alcance de la mano es el presente no deja de hacernos mucha falta. Verdad que tatuárselo es una paradoja, pues hace permanente e invariable lo que es un canto a la intensidad de cada momento, pero repetírselo —carpe diem, carpe diem y carpe diem— se disculpa, en vista de lo mucho que lo olvidamos a cada paso.

El hedonismo perezoso prefiere hacer planes muy exigentes para el futuro. Los proyectos, si no los ponemos en marcha ya mismo, pueden ser la coartada más sutil de la indolencia. De la nostalgia melancólica, ni hablar: quien vive en el pasado vivió, no vive. Dejarlo todo en el ayer o para mañana no conduce a nada bueno. Es una huida, como no deja de avisarnos el poeta W. B. Yeats en «La rueda», un poema impresionante: «Durante el invierno invocamos la primavera, / toda la primavera llamamos al verano, / y cuando ya resuenan los setos rebosantes / declaramos que lo mejor es el invierno. / Y después nada hay bueno / porque la primavera no ha venido. / No sabemos que aquello que perturba nuestra sangre / es sólo su nostalgia de la tumba». Ea.

Como antídoto, aceptemos el carpe diem y volquémonos en cada día con su afán. Hagamos por la mañana nuestro ofrecimiento de obras y recordemos aquel texto que tanto gustaba a Juan Ramón Jiménez, el «Saludo del alba», un poema sánscrito, quizá de Kālidāsa, que el poeta andaluz puso precisamente como lema de Diario de un poeta recién casado. Reza así: «¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve trascurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura. El día de ayer no es sino un sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, de este día!». Dice lo mismo que Horacio, pero con un desarrollo que quizá nos ayuda a entender mejor al propio Horacio. Porque carpe tampoco significa exactamente arrebatar ni conquistar: significa coger, cortar, recoger, como una flor o un fruto. No se trata tanto de arrancar el día como de tomarlo cuando y como se ofrece. Si, por lo que sea, nos hace falta más ánimo, también cabe invocar al Borges más épico: «Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día».

Si Homero se ha abierto camino —a duras penas— a través de la película de Nolan, Horacio resplandece (¡quién se lo iba a decir!) en medio de la moda de citarle. Acude a la cita y trae de la mano a Yeats, a Juan Ramón, a Borges y quizá a Kālidāsa.

A estas alturas del verano, cuando ya sentimos la tentación de dejarlo todo para septiembre, para el frío, para el nuevo curso y todo eso, dando por imposibles las semanas blandas de agosto, dejemos que Horacio, dos mil años después, nos siga recordando que nos la jugamos en el aquí y en el ahora. ¡Carpe diem!

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