De los viajes papales en general, el contenido puede complacerme más o menos; lo que no me acaba de convencer es el concepto mismo del asunto, la convención ya aceptada de que el Santo Padre deba de ser una especie de nómada sacro, medio pontificado de acá para allá.
Es un concepto muy moderno. Durante siglos los Papas no han dado un paso fuera de los Muros Aurelianos sin que la Iglesia parezca haberse resentido gravemente de su negativa a la ubicuidad. Siempre me ha parecido que, a la larga, estos viajes acaban produciendo agravios comparativos en los países ninguneados: ¿Cómo, que el Santo Padre visita Borduria e ignora a Sildavia? Y ya la tenemos liada.
Por lo demás, la organización misma de estas visitas parece deformar la visión correcta que se ha tenido tradicionalmente del Sumo Pontífice para convertirlo en un trasunto de estrella de rock, de ‘celebrity’ cuyo peso específico se diría irremediablemente asociado a su poder de convocatoria. Al instituir el Papado, Cristo llama a Simón «roca», un objeto que evoca más inmovilidad que constante traslado.
Y, en fin, eso de asimilarlo al mundo empresarial, con su logo y su slogan de rigor, tampoco entusiasma a este feligrés trabucaire que les escribe. ‘Alzad la mirada’ suena bien, lo admito, aunque participa de esa inanidad que nace inevitablemente del abuso del lenguaje figurado. Tomado al pie de la letra condena a incontables tropezones.
Y también me parece el consejo inverso al que deberían seguir nuestros gobernantes, los patrios y los de países de nuestro entorno.
En Belfast, una ciudad que sabe bien hasta qué punto la diversidad no es nuestra fuerza, un sudanés que el Reino Unido había acogido como refugiado ha mostrado su gratitud con el país que le da asilo apuñalando con saña y tratando de decapitar a un pobre tipo que pasaba por ahí, sin mediar provocación o beneficio alguno. Esto sucedía sólo días después de que la policía detuviese y esposase a la víctima —blanca, por supuesto— de un apuñalamiento a manos de un sij, lo que produjo la muerte del primero. Con 18 años.
El Papa nos ha venido a recordar, por enésima vez, que los inmigrantes son nuestros hermanos y debemos tratarlos como tales, y la izquierda se ha apresurado a apuntarse el tanto a favor de la inmigración masiva descontrolada.
Quizá no sin razón, en lo que a León XIV se refiere. Pero una y otra cosa —el tratamiento caritativo al inmigrante individualmente considerado y la política migratoria más o menos prudente de un país— no tienen absolutamente nada que ver. Un escolástico del siglo XIII lo advertiría al vuelo, pero en el irracional siglo XXI estamos menos familiarizados con el distingo.
Porque la política práctica consiste siempre en contar con la naturaleza humana tal cual es, ya saben, el arte de lo posible, no la magia de Disneylandia. Y llenar un país con una masiva población alógena procedente de culturas abismalmente distintas y distantes en valores, lealtades y concepción del mundo es una receta precisa para el desastre y el conflicto violento.
Todo el mundo lo sabe y medio mundo finge ignorarlo para no parecer facha, que se ha convertido en sinónimo involuntario de realista. Por eso es vital cambiar para nuestros gobernantes el lema de este viaje papal, de «Alzad la mirada», por el consejo de mirar al suelo, fijarse en la realidad, en cómo son realmente las cosas, tan distintas a como nos gustaría que fuesen.