Toda intuición o comentario generalizado corre hoy el riesgo de convertirse en meme, más poderoso que cualquier espada, y los que afectan a los búmers se están saliendo de madre.
Como todos los estereotipos, este del conflicto radical de visiones y actitudes entre los nacidos inmediatamente después de la guerra y las generaciones posteriores tiene una fuerte base de realidad.
No es que el contraste entre generaciones sea nuevo, ni que el inevitable traspaso de poder haya sido nunca sencillo. Ya se sabe que en el campo científico se avanza funeral a funeral, porque las vacas sagradas que controlan cada disciplina han basado todas sus credenciales en una serie de hipótesis a las que no van a renunciar sin lucha.
Pero los búmers son especiales, al menos en dos aspectos. El primero es una realidad demográfica evidente. Cuando yo era un niño, lo que más había en España eran niños; luego adolescentes, luego adultos y, finalmente, jubilados y prejubilados.
Y eso no es históricamente normal; lo normal es que la pirámide de población sea eso, una pirámide, ancha en la base y estrecha en la cúspide. Pero la súbita crisis de la natalidad la ha invertido, y los ancianos representan una proporción del total inusualmente alta.
Eso, en un sistema democrático y en un mercado libre, significa que las opiniones, gustos, propensiones y prejuicios de los mayores tienen un peso desproporcionado en las decisiones sociales.
Porque toda generación, al llegar a la edad adulta, espera empuñar el cetro cultural. Cuando descubre que sigue en manos de sus padres, el conflicto se vuelve inevitable y clamoroso.
No se trata únicamente de una cuestión electoral, aunque los partidos hace mucho tiempo que aprendieron a prometer lo que les da votos y que el que venga detrás, arree. Tampoco es sólo un problema económico, aunque las empresas adapten naturalmente sus productos y su publicidad al grupo de edad con mayor capacidad adquisitiva. Una sociedad acaba pareciéndose a la generación que más pesa dentro de ella. Los asuntos que ocupan el debate público, las prioridades presupuestarias, los referentes culturales e incluso la imagen que una comunidad tiene de sí misma terminan reflejando los intereses de quienes constituyen su mayoría efectiva.
Durante siglos, el relevo se producía casi sin necesidad de explicaciones. Los jóvenes eran más numerosos que sus padres y, además, estos iban desapareciendo a una edad relativamente temprana. Cada generación encontraba antes o después su turno para dirigir el país, la economía y la cultura. Hoy ese mecanismo se ha ralentizado hasta extremos desconocidos. Vivimos más años, tenemos muchos menos hijos y la generación del baby boom fue, desde el principio, extraordinariamente numerosa. El resultado es una anomalía histórica: quienes protagonizaron la vida pública hace cuarenta años siguen haciéndolo hoy, mientras las generaciones llamadas a sucederles esperan pacientemente su oportunidad.
Nadie tiene la obligación de hacerse a un lado por cumplir determinada edad. Pero tampoco puede sorprender que empiece a crecer la impaciencia entre quienes contemplan cómo el relevo parece aplazarse indefinidamente. Si el cetro cultural y político tarda demasiado en cambiar de manos, la rivalidad generacional deja de ser una simple broma de internet para convertirse en un conflicto de intereses perfectamente tangible.
Sin embargo, la explicación demográfica, siendo importante, no basta. Existe un segundo rasgo que distingue a los búmers de cualquier generación anterior, y probablemente sea mucho más decisivo.