Noviembre de 2014. Dos meses antes de que Francia sufra la convulsión del atentado contra Charlie Hebdo, un joven estudiante lee un libro, camuflando su portada, en la esquina de un vagón de metro en la parada de St. Denis Université —París VIII—. Está en un «quartier populaire» (eufemismo gabacho para el ecosistema formado por magrebíes y africanos franceses de tercera generación) y su lectura vergonzante se llama El suicidio francés.
Escrito por el periodista Éric Zemmour, el best seller de ensayo político tiene por objeto denunciar a los culpables del fin de la Francia yé-yé y los cuarenta años gloriosos. Nada escapa a su afiladas teclas: la crítica a la Ley Pleven de 1972 contra la injuria o difamación «racista»; el Decreto de Reagrupación familiar de 1976; la poco conocida Ley Pompidou-Giscard-Rotshchild de 1973, que dispara los intereses de la Deuda Pública francesa; la asociación SOS Racisme, que fue bien engrasada por el PS de Mitterrand, y que empezaba a vender la multiculturalidad en Francia; el cine, el arte contemporáneo, la culpabilización del hombre blanco heterosexual, la feminización de la sociedad…
17 de octubre 2026. Se cifra en 800.000 los asistentes a la movilización en las calles de Francia en la que confluyen reivindicaciones sociales y soberanistas. La nutren agricultores, trabajadores, artesanos, jóvenes y otros sectores, y parece carecer de dirección visible o programa definido. El día siguiente, la media Europa que (aún) no está en llamas asiste horrorizada a las imágenes de destrucción en el Hexágono. La voyocratie (el escenario en que delincuentes habituales y gente importada, en comandita, imponen su ley y que la autoridad pública aparenta no poder controlar) ha saltado al terreno de juego.
Florian Philippot, líder de Les Patriotes, comprueba cómo las reivindicaciones sobre la inflación y deuda pública, los problemas de inmigración e identidad nacional o el deterioro de la sanidad, la educación y las infraestructuras han sido eclipsadas por el caos. Y ata cabos. Detecta, por tanto, una convergencia de intereses —que no tiene porqué ser una alianza formal— entre quienes provocan la violencia en la calle (vinculados a la extrema izquierda), y el poder oligárquico que permite que la situación se agrave y se beneficia de ella. O, en la formulación más caustica del soberanista: cuando BlackRock instrumentaliza a BlackBloc. Otra vez.
Un día antes de la movilización, el querubín del Elíseo no difundió ninguna PlayList pero disfrutó junto a Brigitte del concierto de Celine Dion en Nanterre. El posterior, comparecía ante los medios para no decir nada. Después se ha marchado al extranjero conservando a su ministro del Interior y delegando la gestión inmediata de la crisis en Lecornu, mientras se introducen toques de queda localizados. Conociéndoles como les conocemos, no es el rédito electoral lo que más se busca —aunque presentarán al bloque político de centro como garante del orden— si no la ventana de oportunidad. ¿Para fortalecer nuestras democracias? Casi. Para justificar restricciones de derechos civiles, aumentar el control social, o una eventual activación del artículo 16 de la Constitución francesa. Un pasito más en la evolución autoritaria europea.
Septiembre de 2019. Convención de la Derecha en la Palmeraie. Una audiencia reducida en número ocupaba las sillas de plástico blanco y un escenario modesto, decorado con vegetación y pequeñas luces —más propio de verbena de la tercera edad que de oscura «inspiración fascista» como lo calificó Le Monde—. En uno de los discursos, un hombrecillo sexagenario alerta de los peligros de la religión del progresismo en sus dos variantes: el globalismo liberal que reduce al hombre a un mero consumidor histérico cuya patria es el Mercado, y el liberalismo moral —que justifica la inmigración masiva, el multiculturalismo, la obsesión por los derechos humanos y las minorías por doquier—. Zemmour tiene bien calado que el veneno está en el liberal libertarismo rampante y no cae en culpar a un socialismo cuyas políticas de la piruleta no se aplican desde el 83 («le tournant de la rigueur» de Mitterrand), ni en el infantilismo intelectual de agitar el espantajo del populismo.
Ahora, además, sabemos cuál el papel de ese cachorro de la oligarquía que es el extremo centro: administrar el caos.