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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

Anticipaciones de una pandemia

Es claro que, en todo el mundo, las generaciones actuales han quedado marcadas por la catastrófica experiencia de la pandemia del virus chino. Es el equivalente a una guerra mundial, con millones de víctimas mortales, aunque, sin violencia.

 Hace año y medio, en los comienzos de esta plaga, escribí que iba a durar tres años y que, luego, se convertiría en endemia (enfermedad latente, que se refuerza cada cierto tiempo). Esta situación es la de la gripe, por ejemplo, con la que nos hemos acostumbrado a vivir, desde hace más de un siglo. La diferencia es que el virus chino es mucho más contagioso y letal. (Nótese que se llama con acrónimos y tecnicismos varios para reducir el temor colectivo que produce).

Al igual que en el caso de la gripe, al virus chino se le ataca con vacunas, esto es, reforzando nuestras defensas naturales. Ha sido un gran error estratégico (aparte de un gran negocio para unos pocos laboratorios). La razón es que ese presunto remedio funciona, también, como un continuo estímulo para que el condenado virus evolucione hacia variantes cada vez más contagiosas.

La idea era que los contagios iban a menguar a medida que nos acercáramos al 70% de la población adulta vacunada. La realidad es que eso era un mito

 Cumplidos los tres años de la pandemia, en la fase endémica, es posible que contemos con algunos antivirales más o menos efectivos. Antes de llegar a ese punto, veremos que la pandemia alcanza, también, a la población infantil, aunque con efectos menos letales. Es suficiente para desarticular el sistema de enseñanza.

La situación endémica de un virus muy contagioso lleva a reformular la anticipación del tiempo futuro. Por ese lado, volvemos al sentimiento común en la historia de la humanidad durante los primeros milenios de su existencia. Simplemente, el tiempo futuro era imprevisible. De forma chusca, se podría recordar la conversación del gracioso de Granada (España) con sus cuates. Le dice el compadre: “¿Qué vas a hacer esta tarde?”. El “granaíno”, sin pensarlo, contesta con otra pregunta dubitativa: “¿Tanto pensáis ustedes vivir?”.

Al cabo de año y medio de pandemia, acostumbrados, ya, a los farmacéuticos bozales, la gran desilusión ha sido la inutilidad de la pretendida “inmunidad de rebaño” (herd inmunity). Por lo menos, deberíamos llamarla “inmunidad gregaria”, puesto que lo de “rebaño”, en español, es, solo, para los animales. La idea era que los contagios iban a desaparecer, o a menguar mucho, a medida que nos acercáramos al límite del 70% de la población adulta vacunada. Ahora, nos hemos percatado de la realidad: eso era un mito. El virus ha evolucionado de tal manera, que reduce mucho la protección de la vacuna. Además, no se contaba con la penetración de la enfermedad en la población juvenil. Por si fuera poco, el público, cansado, ha perdido el respeto a las medidas de protección (confinamiento, mascarillas, evitación de actos multitudinarios, distancia física en la interacción corriente).

Al final, se impone la respuesta británica a la pandemia: convivir con ella, tras volver a una vida normal. Al menos, es una opción a la desesperada, al asumir el coste de las muchas víctimas y el consiguiente gasto sanitario. Después de todo, es lo que han hecho, de cutio, nuestros antepasados ante los recurrentes episodios de plagas o pestes. Es una salida que no parece consonante con la era “científica”, en la que nos encontramos. Aunque, también puede ser que hayamos sobreestimado en exceso el uso de la razón.

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