«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Delicada florecilla entre fascismos

23 de junio de 2026

Publicó ayer Irene Lozano un interesante artículo («El hombre que coleccionaba quijotes», El País) sobre Pedro Sánchez, al que algo debe de conocer en tanto autora de sus libros.

Parte del detalle y de lo personal. Su colección de figuritas del Quijote y el recuerdo del «instante fundacional», cuando llegó a casa defenestrado como secretario general del PSOE y encontró a Begoña con «lágrimas en los ojos». Ahí se forja el líder según el relato. «Empecé a cobrar conciencia de la capacidad de resistencia que podía llegar a tener».

Ese acicate  personal animaría su quijotismo, un cierto idealismo de desfacedor de entuertos. Podría pensarse que el artículo roza el ditirambo («la épica de la remontada en su zona de confort») pero trae consigo algo interesante. Sitúa a Sánchez en unas coordenadas psicológicas e históricas. O poshistóricas.

Ese momento-forja en el que 1) Begoña sufre y 2) Pedro Sánchez descubre, como un súper poder, su capacidad de resistencia se produce en 2016, lo que Lozano llama «el año del umbral», del Brexit y Trump. En 2016 acaba la época del «fin de la historia», donde las conquistas sociales y democráticas  eran un «bello macizo de rosas»; ahora vemos «el rosal deshojarse» (derechos=rosa=psoe).

Antes del 2016 no había historia, según anunció Fukuyama, al que «Sánchez leyó y ahora padece». En 2016 llega el umbral y los tiempos liminares, convulsos, inciertos, tiempos de «monstruos» que llevan la historia hacia atrás, y Sánchez, que recordemos colecciona Quijotes, es ahí donde se desarrolla como figura contracíclica. «La Historia retrocede pero Pedro Sánchez está empeñado en avanzar».

Lo interesante es lo que esto supone para Lozano. Sánchez «vive y  protagoniza acontecimientos que no habían ocurrido antes». Está fuera de lo acostumbrado, vive en una excepcionalidad, sin recetas. Por eso «desoye a los prudentes». Lozano deja caer algo: «Se juzga lo que él hace hoy con los parámetros de ayer como si la historia siguiera detenida».

Pero la historia es movida por monstruos, «con olor a macho y a imperio». Pedro no puede ser entendido ni juzgado con las reglas de antes. ¿No está pidiendo otras para él?

Ante el próximo horizonte electoral, nos dice, con su PIB y su salario mínimo subido, podría hacerse a un lado, pero piden cárcel para su hermano, son «tiempos liminares», insiste. Sánchez tira por elevación. Lo exterior no es una cortina de humo. Explica su situación con lo internacional y lo histórico. Él ya se ha situado frente a Trump e Israel.

Pone Lozano ejemplos de amigos o correligionarios  europeos que ante sospechas de corrupción o el debilitamiento de una coalición se retiraron «elegantemente», como exigirían los tiempos anteriores a 2016: el portugués Antonio Costa (dimision) y Olaf Scholz (moción de confianza); y tanto en Alemania como en Portugal ¿acaso no siguió aumentando la ultraderecha?

La elegancia pre2016 es no sanchista porque, insistimos, Sánchez es una criatura del tiempo siguiente. Por eso Irene Lozano lo compara con el edelweiss. «Preguntar cómo hace para aguantar es como plantear por qué florece el edelweiss a 3.000 metros de altitud: es su hábitat».

En el tiempo nuevo, frente al «neofascismo» (delicada florecilla entre fascismos), las «reglas elegantes del fin de la historia» como por ejemplo dimitir serían «narcisismo moral que antepone el bienestar de la conciencia a la lucha política»… Luchar políticamente exige resistir y el modelo aquí salta de continente…  es Lula.

Irene Lozano nos cuenta que en la reciente cumbre progresista global en Barcelona, Sánchez habló mucho con él. Lula fue a la cárcel, y el «comité de Derechos Humanos de la ONU dictaminó que se habían vulnerado sus garantías». La ONU no es un tribunal, sino la gran institución política globalista. Es otro marco ya. Lula fue a prisión y se convirtió en «héroe», Las salidas institucionales a lo Costa o Scholz se juzgan políticamente inútiles. El modelo es la polarización extrema de Lula. ¿La lulificación de Sánchez?

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