Tanto como una entidad física, la frontera es una demarcación psicológica. Establece un límite seguro frente al asedio de las fuerzas que aguardan al otro lado del perímetro. Es una barrera que divide el mundo en dos realidades no necesariamente hostiles, pero que, en primera instancia, optan por preservar su integridad. La frontera, pues, responde al reflejo de conservar lo que se es y lo que se tiene, axioma insoslayable para la salvaguardia de una vida que merezca el calificativo de humana.
El Muro de Adriano o la Gran Muralla China son tempranas materializaciones de esta concepción existencial de la frontera. En su monumentalidad, ambas construcciones expresan el temor, casi instintivo, a que una civilización sucumba al empuje de aquellos elementos que se agitan más allá de sus confines. A este respecto, la marca fronteriza es un limes necesario ante el acecho, no siempre hipotético, de lo desconocido, lo extraño o —con alguna frecuencia— lo salvaje.
En la medida en que todo se define en función de sus límites, sin fronteras no puede haber nada. Las naciones se establecen alrededor de una demarcación territorial en cuyo interior se despliega la vida propia de la polis: costumbres, leyes, instituciones. La preservación de ese ámbito constituye un hecho primordial para la consolidación de una identidad colectiva. Allí nos reconocemos como miembros de una misma comunidad política y partícipes de una cosmovisión que, con infinidad de matices y expresiones, encuentra su fundamento en el discurrir de la historia.
El Estado, por tanto, como artificio político que es, no tiene función más necesaria e imperativa que la defensa de las fronteras. Esa es, de manera primigenia, su razón de ser. Porque las fronteras, en toda nación civilizada, son la garantía para la seguridad y la libertad de quienes viven bajo su amparo, y renunciar a su defensa supone entregar a la extinción civil —y en ocasiones también a la muerte física— a los ciudadanos que, precisamente porque confían en que el Estado velará por sus bienes y sus vidas, renuncian a protegerse por sus propios medios.
Lo que ha ocurrido en Ceuta representa la quiebra de todo lo anterior. Ilustra la ausencia clamorosa del Estado en un escenario de crisis total. No se trata, sin embargo, de un hecho novedoso. Los españoles empezamos a tener la piel un tanto encallecida a fuerza de sufrir en nuestras carnes la incompetencia y el abandono de una administración que cuanto más gigantesca se hace más ineficaz y desalmada se revela.
No obstante, sesenta mil marroquíes apoderándose de golpe de las calles de una ciudad española añade una capa de ignominia al casi diario espectáculo de la debacle nacional. ¿Qué significa esto? Significa, en primer lugar, que España ha quedado humillada (violada) en aquello que representa lo más definitorio de su ser: su integridad territorial. Sin fronteras, volvemos al estado de naturaleza, a la pesadilla hobbesiana de la guerra de todos contra todos, en la que los más fuertes prevalecen. De ahí que la supresión de las fronteras, publicitada por los heraldos de la socialdemocracia globalista como una conquista del progreso y un paso decisivo en la utópica configuración de un mundo donde las distintas culturas convivirán armónicamente, a lo que en realidad conduce es la indefensión de los débiles, a la desprotección de un pueblo vendido a sus enemigos en razón de la cobardía y los intereses bastardos de su clase dirigente.
Ceuta, a su pesar, se ha convertido en un símbolo. Simboliza la transformación de España en un país desvencijado y sin identidad. Una transformación que lleva años operándose y que, de súbito, como en una epifanía que nos obligara a retirarnos la venda de los ojos, exhibe su destructiva intensidad en un único acontecimiento abrupto. Somos un país carcomido por sus enemigos interiores, vasallo de intereses foráneos, desmoralizado y en manos de una ralea de gobernantes que, en el crepúsculo del sistema cleptocrático que han instaurado (Magnum Latrocinium), infligirán todo el daño posible antes de precipitarse por el sumidero de la historia.
En Ceuta, por último, han vuelto a escenificarse las consecuencias funestas de una verdad eterna: cuando la política se desentiende de las necesidades del hombre de a pie, el poder y la crueldad acaban siendo lo mismo.