«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Minuto y medio

7 de agosto de 2026

Un amigo mío, muy previsor él, alquiló hace dos años una casa de pueblo en la franja de Soria para la noche del 12 de agosto. Entonces nos pareció una excentricidad de agrimensor, el capricho de un hombre ordenado que necesitaba sentirse novelesco, y el tiempo acabó dándole la razón con esa crueldad que el tiempo reserva para los que nos burlamos de los previsores. Los alojamientos del norte llevan meses cotizándose como Montecarlo y el país entero se dispone a vivir el miércoles su primer eclipse total de sol en ciento veintiún años convertido en una gigantesca operación salida hacia el cielo. Lo entendí del todo el otro día, cuando leí que Tráfico había activado para la ocasión un dispositivo de los que se reservan a las grandes migraciones de agosto, con vigilancia aérea, controles preventivos y restricciones para camiones, como si la Luna fuera una cantante que llena estadios y hubiera que escoltarla hasta el escenario.

Los técnicos calcularon entre 400.000 y un millón y medio de desplazamientos suplementarios hacia la sombra, y afinaron el censo de visitantes con una precisión que emociona: 446.700, ni uno más. La franja de la totalidad cruza el mapa de La Coruña a Palma pasando por León, Burgos y Zaragoza, y sobre ella caerán estos días autocaravanas, astrónomos aficionados, familias con la silla plegable y peregrinos del trípode, todos advertidos de que no se puede parar en el arcén y de que conviene llevar las luces encendidas mientras se hace de noche a las ocho y media de la tarde. A La Coruña llegan además más de 25.000 cruceristas dispuestos a ver apagarse el sol desde cubierta, como quien contrata el fin del mundo en régimen de todo incluido.

Hubo un ensayo general. Una mañana de agosto de 1905, Burgos fue la capital astronómica del mundo: llegaron trenes especiales desde Madrid, desde Bilbao y desde Vitoria, acamparon comisiones de astrónomos franceses, ingleses, alemanes e italianos, hasta un destacamento americano plantó sus telescopios en la meseta, y el rey subió a mirar el cielo con la corte entera detrás. Era una España que acababa de perder un imperio y que durante unos minutos volvió a ser el centro exacto del universo sin más mérito que estar debajo. Burgos ha recreado este verano aquella jornada, con ese pundonor de las ciudades que una vez fueron el centro del mundo y no piensan olvidarlo. Nadie llevaba entonces gafas homologadas. Sobrevivieron.

Los astrónomos llevan semanas repitiendo el matiz que separa la experiencia del simulacro: un 99% de eclipse no es casi un eclipse total, es otra cosa, un crepúsculo raro que no enseña nada, porque la corona sólo se deja ver cuando el disco queda tapado del todo. Por eso los entendidos huyen de las capitales conformistas y peregrinan a la sombra estricta, donde el sol estará a ocho grados del horizonte, bajísimo, un sol de despedida, y donde la oscuridad caerá de golpe y la temperatura bajará como cuando uno pasa del asfalto de agosto al pasillo de los congelados del súper. En Burgos la noche artificial durará 104 segundos. En La Coruña, 76. Hay gente que ha cruzado el planeta por menos.

En casa hicimos cuentas alrededor de la mesa, con el mapa abierto y esa solemnidad de estado mayor que adoptan las familias cuando planifican algo que saldrá mal. Mi mujer defendió quedarse en Madrid, donde el eclipse rondará el 99%, con el argumento irrebatible de que a ella los apocalipsis le pillan siempre trabajando. Yo defendí el coche, la meseta, la sombra verdadera, y expliqué la corona, el frío súbito, los pájaros que se callan creyendo que anochece, la noche plantada en mitad de la tarde como un decorado que cambian sin avisar. El niño lo escuchó todo con la atención de un notario pequeño y preguntó cuánto duraba aquello. «Minuto y medio», dije. Se quedó un momento pensando, con el tenedor en el aire, y dictó sentencia: «El túnel de Guadarrama es más largo y no hay que madrugar».

Fondo newsletter