«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Apagón

29 de abril de 2025

Ayer era fiesta en la terreta y a la gente se la trajo un poco al pairo el apagón. Lunes de mona —segundo lunes de Pascua, san Vicente Ferrer— y las playas hasta la bandera. Brillaba la energía renovable en lo alto y la mar estaba a dieciocho estimulantes grados. Tres o cuatro catamaranes en lontananza, un 470 de ensueño, aprovechaban una Beaufort más que suficiente. Sobrevolaba la promesa de un arroz a banda o de un caldero de pescado que, como toda concesión al progreso, no requiere más que gas butano a falta de leña. La inducción o la vitrocerámica son, para los arroces, un anatema a la altura del chorizo paellero de Jamie Oliver.

Me cuentan que en la Villa y Corte la cosa fue por barrios. No todo fueron héroes columnistas con calderilla en el bolsillo que se lanzaron a la aventura de hacerse con la última birra fría. Muchos se acercaban a las terrazas más cercanas a hacer lo mismo, pero sin épica alguna. La disyuntiva ya no es comunismo o libertad. Podemos, debemos, tenerlo todo: cerveceo y pobreza energética.

En la calle, los vecinos discutían entre ellos y hablaban de ciberataques. Los más complotistas pensaban en el inside job. Nuestras élites habrían provocado el gran apagón en justo castigo por habernos descojonado del kit de supervivencia. Para que aprendamos a tomarnos en serio la amenaza exterior. Es difícil separar, cuando se trata de nuestros mandarines, cuánto es maquiavelismo y cuánto estupidez.

Volviendo a la calle, tan sólo a un dispensadero de sushi y sashimi, regentado por venezolanos, les funcionaba el datáfono. La solidaridad china hacía caja a destajo y, en ese momento, el asiático que regenta la tienda de la esquina, hasta ayer un personaje gris al que de vez en cuando comprabas un Monster de piña (no todos los columnistas molamos tanto como los de los legacy media) o medio litro de helado y unas fresas, se transformaba en un pilar de la comunidad. Unas pilas, un transistor, velas, pan de molde, queso en lonchas… No daba abasto. Se redimieron de la desconfianza covidiana que se cernió sobre ellos en marzo de 2020. Un poco como Ucrania ofreciendo asistencia técnica a Europa ayer, los 15 gigavatios perdidos, imagino. Algo tendrá la soberanía energética cuando la bendicen.

El auténtico peligro ayer lo encarnaba la charopanzer de supermercado. Con mirada torva, disuadía a cualquiera que pretendiera llevarse la última lata de atún en aceite de girasol o colarse en la caja. No es un enemigo desdeñable, desde luego, pero si esto pasa en Francia, por ejemplo, la racaille (los pelobrócoli amego segarro de allende los Pirineos) hubiera aprovechado para protagonizar su día de furia particular. Ah, la excepción ibérica.

Desde la radio, las autoridades y los contertulios pretendían controlar el relato, dirigir la sospecha, sembrar las dudas convenientes, dosificar la información contrastada. Resultó arduo encontrar algo fuera de la institucionalidad, de los tres pares de calzoncillos, en las ondas hertzianas. Los españoles eran ayer, en el día de los transistores, un poco como nuestros abuelos escuchando a Queipo de Llano en la clandestinidad.

Se ha hablado siempre, quizá como leyenda urbana, del babyboom que se produce tras apagones históricos como los de Nueva York en los años 65 y 77 del siglo pasado. Necesitamos un repunte demográfico como el comer, pero, después de escuchar aplausos, de infausto recuerdo, en el momento en que se restableció el suministro, la idea de otra generación boomer (como estado mental) resulta inquietante cuando menos.

Decía esta mañana Alberto Olmos que lo de ayer nos enseñó que lo tradicional, dinero en metálico y familia, es lo que funciona. Pensé lo mismo. Al margen de situaciones dramáticas, que las hubo (personas atrapadas en trenes o ascensores, o aquellos que dependen de la red eléctrica para que les sean suministrados ciertos tratamientos) la desconcertante situación fue llevada con cierta calma por la mayoría. No viví con desasosiego ninguna de las privaciones a las que nos sometió el apagón. Ni siquiera los cinco segundos que dediqué a la memoria de Oreshnik. Si acaso, se me encogió un poco el estómago pensando en aquellos que quiero y con los que no podía contactar. Eso fue todo. Los afectos, los vínculos, la familia.

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