«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Socialista por castigo

18 de agosto de 2026

No hay verano en el que una no se desayune con la deposición de un opinólogo que viene a contarte lo que es la derecha fetén. Empieza a ser una tradición estival, como la tomatina de Buñol. 

Prolifera en España una especie de Liga de la Virtud derechista. Son los que entran en el saloon de la conversación pública a requisar todo lo que no sea liberalismo de garrafón. A advertirnos que nos vamos a condenar si no votamos al PP —o al engendro que surgiese de un pacto entre los dos partidos mayoritarios del 78—.

Estos temperancistas sólo parecen conocer, o concebir, una modalidad de diestra. Y es un poco fatigoso. Sin ser yo el profesor González Cuevas, sospecho que eso que llamamos derecha no necesitó esperar a Hayek para existir. La forman corrientes a veces incompatibles entre sí, difíciles de juzgar desde una interpretación garbancera del austracismo económico. Que un movimiento político defienda la comunidad, la nación, los cuerpos intermedios o incluso recele —si fuera el caso— del individualismo liberal, no lo convierte en socialista por arte de magia como algunos pretenden. Ahí están más de dos siglos de historia de las derechas europeas que lo corroboran. Otra cosa es que uno sea de esos loquitos que cree que somos mónadas y que tres no son multitud, sino socialismo. En tal caso, quizás lo mejor sería coger el fusil de asalto y acabar en una granja de New Hampshire. ¿Habrá alguna franquicia de Nobu cerca de las granjas de Nueva Inglaterra? ¿Y aire acondicionado, o habrá que abanicarse con la bandera de Gadsden?

Pensar que sólo hay una derecha, la del individualismo liberal que tiene al mercado como principio ordenador y desconfía de cualquier política social o comunitaria, es tomar la parte por el todo. Una parte que, además, ni siquiera se corresponde enteramente con los grandes —y deprimentes— partidos que representan a la derecha en Europa. Puestos a cogérnosla con papel de fumar, estaría bien que algún opinólogo liberalísimo nos contara cuánto de socialista hay en el PP. En Bruselas, según declaró el erotómano González Pons, su partido y el PSOE son coalición desde hace mucho tiempo. Y ocurre que a esta colaboración algunos le llaman «centralidad».

Aquí, el ultraderechismo, el nacional-catolicismo, el nazismo y, convenientemente estirada la cosa, hasta el socialismo, se reservan para lo que está a la derecha de la centralidad. Sin embargo, según nos advierten, eso que lógicamente debería estar a la derecha de la centralidad no está realmente a la derecha, sino a la izquierda. Es socialismo, pero no del palo marxista, sino del «obrerista». Es ahí donde —¡hop!— se vuelve falangista o nazi y, por tanto, de ultraderecha. La derecha de verdad se encuentra en la centralidad, cerca de un PSOE que está más centrado de lo que él mismo cree. (Esto no lo desentrañamos ni invocando el espíritu de Georges Sorel).

Al no estar yo —ni los conservadores, soberanistas de todo pelo, neoderechistas y otras hierbas— en la centralidad, me han castigado encerrándome en el socialismo. Acepto la condena y, ahora sí, estoy en las condiciones canónicas para hacer la pregunta de siempre: ¿desde dónde nos habláis, camaradas? Y, sobre todo, ¿desde cuándo?

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