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María Zaldívar es periodista y licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Católica de Argentina. Autora del libro 'Peronismo demoliciones: sociedad de responsabilidad ilimitada' (Edivern, 2014)
María Zaldívar es periodista y licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Católica de Argentina. Autora del libro 'Peronismo demoliciones: sociedad de responsabilidad ilimitada' (Edivern, 2014)

Argentina: renace la esperanza

16 de diciembre de 2023

El domingo 10 de diciembre, en oportunidad de la asunción de un nuevo presidente en la Argentina, se confirmaron las palabras de Aristóteles: «La esperanza es un sueño despierto». El cambio de rumbo que significa la derrota del peronismo kirchnerista y el triunfo del libertario Javier Milei se tradujo en una renovación de las expectativas generales a pesar del anuncio de medidas extremadamente duras que habrán de ponerse en marcha en forma inminente porque la prioridad del flamante mandatario es evitar la hiperinflación que el gobierno saliente dejó «plantada» a la vuelta de la esquina.

El público festejó en las calles lo que se percibe como un cambio de época. Después de casi un siglo de un populismo empobrecedor que arrastró a la pobreza al 45% de la población argentina, devastó las economías regionales, frenó la industria, el comercio, la producción agropecuaria y deterioró todas las variables sociales, la nueva administración indicó que no hay margen para medidas graduales y que un ambicioso plan de shock será la insignia de los próximos meses.

Las medidas anunciadas son auspiciosas y severas por partes iguales: fuerte retracción del gasto político, freno al delito y al «vale todo» que había convertido la calle en una completa anarquía; sanción a quienes no permitan el libre tránsito en la vía pública (el peronismo hizo de la protesta callejera una actividad constante y lucrativa) y una decidida batalla contra la inflación, que hoy ahoga los hogares argentinos. El aumento de precios alcanza el 1% diario y la liberación de las tarifas de los servicios públicos, sin bien era una necesidad, lleva el precio del combustible y la energía a facturas que se han multiplicado por tres y por cuatro en días. 

A pesar de ese panorama, la gente tiene esperanza. Entendió que la ficción en la que estaba sumergida por las medidas populistas aplicadas durante las últimas décadas, lejos de ser una solución, empobreció a todos. Los precios ficticios fueron una pésima receta para esconder las decisiones de política económica equivocadas. La pregunta que se hacen los analistas es cuánto podrá soportar el público el apretón de la economía porque el presidente Milei anunció que, durante 18 a 24 meses más, la inflación galopará a índices aún más altos que los actuales por efecto del rezago, porque la emisión de dinero que implementó el gobierno anterior fue de tal magnitud que, aun aplicando las medidas correctas, los efectos nocivos de aquella expansión monetaria seguirán afectando el bolsillo del trabajador.

Pero, más allá de las decisiones de carácter fiscal, de los recortes anunciados y del cambio de rumbo económico, hay otros componentes que acompañan esta anunciada transformación y que tienen una trascendencia similar.

Hemos comentado desde estas líneas el recreo en el que ingresó Occidente tras la caída del muro de Berlín. A pesar de las alertas tempranas que dieron algunos, muy pocos, nadie vio un peligro en el avance de inmigrantes ilegales sobre Europa y Estados Unidos, ni el trabajo silencioso de organismos que, con la fachada de causas nobles, continuaron la colonización marxista por otras vías. El Foro de San Pablo en América, los movimientos ecologistas, feministas y de derechos humanos, así como la creación de estructuras supra nacionales en Europa, trabajan sin descanso en el establecimiento de un nuevo orden que reemplazara los valores del mundo occidental, postergando sus ideas, el eje de la libertad, las creencias religiosas, las nacionalidades y la soberanía de las naciones en aras de una agenda global que niega todas esas tradiciones.

La llegada de Javier Milei a la presidencia de la República Argentina pone en jaque ese sesgo y por eso es mucho más que un reclamo a los fracasos económicos. También explica el cansancio de muchos pueblos ante aquellas reglas impuestas por la Agenda 2030 que, en un principio marcó tímidamente un camino pero que, en el presente, ya casi sin disimulo intenta condicionar la independencia de los países.

La euforia con que fue recibido el triunfo de Milei en América da cuenta de que es el representante de un hartazgo colectivo. Las izquierdas han avanzado hasta el punto de cancelar el disenso. Hoy solo se acepta el pensamiento único y la población ha aprendido a callar sus diferencias por temor a las represalias. Ganó lo políticamente correcto y todas las imposiciones del marxismo cultural del Siglo XXI.

Milei devolvió la voz a millones de ciudadanos de todo el continente que encontraron en su discurso los ejes de sus propios valores: la libertad, la vida, la propiedad privada, la prioridad de los padres a la educación de sus hijos, las tradiciones, el valor de la familia, la soberanía nacional y sus creencias religiosas. Una enorme cantidad de gente, a partir del domingo pasado, siente que hay alguien que expresa sus mismas preferencias y que comparte su escala de valores.

El apego religioso de Javier Milei también es un rasgo revolucionario que lo distingue. No ha temido exhibir su fe religiosa en una época de exaltación del hombre. La noción de trascendencia implica darle a la sociedad otra perspectiva para su vida, sus proyectos y hasta sus sacrificios.

Los analistas quieren encontrarle parecidos. Dicen Jair Bolsonaro, dicen Donald Trump. Modestamente, desde Argentina les decimos que Javier Milei se parece a Javier Milei y que, mientras cumpla con la palabra empeñada en campaña de devolver al país a la senda del crecimiento y de los valores humanísticos, estamos dispuestos a acompañarlo. Y sabemos que no estamos solos porque la americana Regina Brett, ganadora del premio Pullitzer cuya vida es un ejemplo de resiliencia, ha dejado un mensaje de esperanza al que los argentinos y no solamente los argentinos, nos acabamos de aferrar a pesar de las dificultades: «Dios nunca parpadea».

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