Avergonzados
Avergonzados
Por Itxu Díaz
30 de abril de 2026

Después de años estudiando el idioma sanchista, les propongo un sencillo ejercicio para traducir velozmente del lenguaje de Pedro Sánchez al español. Cada vez que diga «España necesita», pueden ustedes traducirlo por «Sánchez necesita». Esta semana tuvimos ocasión de confirmar la teoría una vez más, cuando el presidente exclamó que «España necesita ocho años más de Gobierno progresista». Y fíjese que no dijo cuatro, sino ocho. Ocho son exactamente los años que necesita Pedro Sánchez en La Moncloa, no España. Y si alguien quiere saber por qué, la respuesta está en la declaración completa de Aldama en el Supremo. Sánchez huele a grillete desde aquí. 

El presidente necesita, en primer lugar, no celebrar elecciones convencionales en 2027. Es imposible, pero no para él. Y, de hacerlo, necesita ganarlas del modo que sea, y cuando digo del modo que sea, presten atención, quiero decir del modo que sea. Los tanques mediáticos están preparados para la contienda, las cloacas están funcionando a todo gas, los pensionados y ultraestimulados con dinero público deberán pagarlo con su voto, y la marea migratoria se encargará del caos, del gran lío final, y de arrancar tantas papeletas como puedan. Ah, y por supuesto, siempre habrá un paracaidista pepero idiota arrugando la nariz ante “prioridad nacional” para apuntalar el discurso criminal del PSOE.

Superado el trámite, para las siguientes elecciones ya no le hará falta nada de lo anterior, porque habrá encontrado la manera, la grieta del sistema, o la letra pequeña de la ley para que las diferentes olas de regularizados, pensionados, acogidos, y traficados, obren el milagro de torcer la mano a los españoles en la mayor manipulación del censo electoral de la democracia. ¿Sánchez podría ser presidente otra vez con el único apoyo de extranjeros y charos septuagenarias? Sí. Y a los hechos me remonto: ¿conocen a alguien en su entorno, menor de sesenta años, español, y que no trabaje a sueldo directo o indirecto del PSOE, que esté dispuesto a votar a Sánchez y a admitirlo públicamente? Yo no. Y puedo confesarles que tengo la fortuna de tener amigos hasta en las mismísimas puertas del infierno.

Al cabo de los años, cuando la presidencia de este payaso sea algo fijo y asumido como el fruto de una revolución cubana, o como una enfermedad política crónica, no habrá manera de que la justicia pueda hincarle el diente, porque tendrá a todas las instituciones lo bastante sometidas como para que ni se plantee esa posibilidad.

Dibujaba ayer este escenario, más bien esta pesadilla, a un grupo de parroquianos en el bar, y las reacciones fueron grotescas. El más pepero me negó el vaticinio arguyendo un deprimente «la Unión Europea no lo permitirá», haciendo que me atragantara de risa con la cerveza. El izquierdoso, noble y antisanchista, pero equivocado en todo, aseguró que las izquierdas son incompatibles con la tiranía, y que una ola de verdadero progresismo barrerá al narciso monclovita —aquí la carcajada incluyó espasmos y derribo accidental de varios botellines—. Y el más derechoso, amén de amigo de todas las conspiraciones, aunque sin afiliación política conocida, rompió la baraja al asegurar que «los gobiernos los ponen y quitan los dineros, y que las elecciones son un circo», así que «los ricos nunca permitirán que Sánchez siga en La Moncloa». Qué gracioso es.

Se unió a la conversa un inmigrante, de esos que se ha dejado la piel para ganarse cada papel y cada contrato de trabajo desde que pisó España, que está que trina con la regularización masiva, y aseguró que los extranjeros primero se benefician de los regalos de Sánchez, pero luego no lo votan —aquí también solté una carcajada irónica—. Y al fin el apolítico hizo su aparición sin gran novedad, provocando solo bostezos con su «todos los políticos son iguales»; suélteme el brazo, cuñado.

Faltaba a la fiesta el sanchista, que desde hace meses niega por vergüenza votar al PSOE, y que llegó tarde, pero entró fuerte: “es el mejor presidente de la historia”; el pobre hace 40 años que solo se informa a través de la Ser y El País, como si viviera en 1990 y, más que risas, causó indignación en el bar. Estoy convencido de que el hombre votaría al PSOE incluso aunque el candidato haga campaña atropellando deliberadamente viejecitas de tres en tres; y sin embargo, lo seguirá negando, entre otras cosas porque está cabreado como una mona con la regularización masiva, no para de jurar en arameo con este asunto, y sería un tanto incongruente publicitar su voto sanchista en tales circunstancias.

Algo hemos ganado en este tiempo —sea esta la esperanza—, si al menos hemos conseguido que los votantes socialistas que todavía no tienen la totalidad del cerebro frito, sientan profundísima vergüenza de decirlo en público.

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