«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Azuquita

9 de septiembre de 2025

Hay un instrumento que suena muy poco
Pero cuando suena suena poderoso

La muerte de Pedro Bermúdez, Azuquita, nos dio tristeza pero también trajo, de sopetón proustiano, el recuerdo del artista.

Cómo olvidar –pero habíamos olvidado- los bailes de Azuquita presentando su versión del Así me gusta a mí de Chimo Bayo. Quizás fuera en un show de José Luis Moreno. Medio centenar de bailarinas respaldaban al artista ante una bahía de mesas camilla.

Azuquita iba vestido de Primeros Noventa: camisa por dentro y vaquero ancho, lo skinny entonces eran las personas; en sus bailes había algo salsero y un deje como de joven Fary acelerao.

1993 era el año. Los del Río, ingenuos, lanzaban Macarena. Pedro, que era valenciano, quería unir dos músicas populares, la rumba y el bakalao, el chiquitán con el arriquitaun. Una idea genial.

Eran años de mezclas: se fusionaba flamenco y jazz, Ketama bajaba a Marruecos, se traían a Michel Camilo, y Morente hacía su disco con Lagartija Nick. Hablamos de cosas muy serias, de grandes figurones de la Música. Pero esa mezcla suya, el rumbakalao… ¿no era, aunque divertida, la más audaz de todas?

Pocos meses antes, Los Manolos habían despedido con rumba las olimpiadas y Azuquita la estiraba respetuoso hasta ultramar, con el rumbakalao llegaba al tumbao y cantaba una canción con doña Celia Cruz, reina del azúcar.

Se recuerda menos, pero aún pegó algo, años después, su «gorilón, gorilón, no eres el amo», himno reivindicativo del tirillas valiente contra los excesos del portero de discoteca.

La actuación de Azuquita en televisión ya es una cosa legendaria. Es tan años 90 que parece que de un momento a otro van a aparecer por ahí Lopera y Benito Floro, Macario y la Carrá.

Habrá quien lo tome a broma, pero Pedro Bermúdez apuntaba bien porque por entonces Camela estaban moviendo sus maquetas y quedaban meses para Lágrimas de amor.

Azuquita tenía buen olfato, pero no iba a ser su rumbakalao sino la tecno-rumba la que triunfara alargando la vida del imbatible género popular.

Azuquita fue pionero y, de alguna manera, el instante imposible en que la Ruta y la Rumba se juntaban, como un grupo de makineros y otro de gitanos coincidiendo en la barra de un bar de carretera.

La apoteosis del lolailo makinero era demasiada grandeza. Quizás no había ya horno para tanto bollo.

Azuquita era alegría pura y a su rumba le salían timbales.

Quien añore al artista, y piense en la persona, puede ver en Internet el vídeo de la última versión del chiquitán. Hace unos meses, Azuquita featuring entre raperos, piscina, gorras, gafas de sol… Desmejorado, se despide bailando, girando alegre, el gesto de «me la como yo», sobre el que tumbam, que tumbam, queté

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