Si hay un debate virtualmente inextinguible es el de la alta y la baja cultura. Servidor, que es muy de debates inextinguibles, no ve problema alguno en que un debate se alargue, incluso, hasta que la trompeta del Juicio Final suene; pero es menester combinar ese furor debatiente con la intención de que toda discusión esclarezca: que podamos aprender algo. Los debates que se enquistan no son reveladores, sino cansinos.
¿Qué hay entonces de interesante en enfrentar a Manuel de Falla a Bad Bunny? ¿Por qué consideramos que una forma de arte merece más respeto que la otra? ¿Qué se esconde detrás de esa jerarquía cultural? ¿Qué es la belleza y cuánto nos afecta? Enfrentar a «ambos artistas» es, a priori, un ejercicio inútil: el clasicismo contra el ritmo urbano, la partitura contra el beat, el siglo XX contra el XXI. Pero lo interesante no está en quién «gane» esa disputa, sino en por qué queremos seguir oponiéndolos. De un lado, la necesidad de los autoproclamados «guardianes de la cultura» de marcar distancias con lo que desprecian; de otra, la reivindicación de quienes consumen música ligera de ocupar un espacio elevado.
Pedimos para Falla un pedestal porque representa la perfección de un lenguaje: dominio técnico, armonía, equilibrio, melodía. Asociamos en cambio Bad Bunny con lo corporal e inmediato, y sus letras a lo chabacano y denigrante. Puede que ambos respondan a un mismo deseo humano: el de dejar un rastro de significado en medio del ruido del mundo. Lo que admiramos en Falla no es sólo su música, sino la idea de orden, de belleza que perdura; lo que a algunos atrae de Bad Bunny es su energía irreprimible. Ciertamente, decidir qué es arte y qué no lo es fue, siempre, una forma de ejercer el poder cultural. Pero esto ya no es como antes. Hoy en día Falla es accesible tan gratuitamente como Bad Bunny, y además el poder, ahora, es también comercial, y está descaradamente del lado de Bad Bunny y en contra de Falla.
En contra porque la casta política, con nuestra anuencia, se ha encargado de arrancar la educación del gusto de la educación formal. Las asignaturas de música han quedado reducidas a una serie de actos vandálicos flauta dulce mediante y a someras exploraciones sobre el ritmo, poco más —profesores heroicos aparte—. Allá donde hay uno de ellos, se sigue induciendo al cultivo del gusto; en los demás casos, hemos dejado a los alumnos en un descampado en cuanto al desarrollo de la sensibilidad musical. Para tener su oportunidad, lo mejor requiere cierto cultivo. En el fondo, lo que hoy nos conmueve no es distinto de lo que emocionó a los contemporáneos de Falla: el reconocimiento de algo que trasciende lo cotidiano. La diferencia está en los códigos y en la profundidad, que entre Falla y Bad Bunny no es comparable; pero difícilmente lo percibiremos si no se nos entrena para ello.
Decir lo anterior no es clasista, sino honesto. ¿Qué pasa entonces con la disyuntiva? Que, de un lado, es interesada y absurda; mientras, que, de otro, sí nos alumbra. Basta hacerse un poco mayor para saber que la vida es, hasta cierto punto, un asunto de disyuntivas: hay que elegir. Eso no quiere decir que uno no pueda echarse unos bailes o tomarse unas copas o animarse para la jornada con “BOKeTE” y gozar, cuando se pueda, de El amor brujo; se puede. Pero antes o después uno tiene que equilibrar las dedicaciones e inclinarse por lo más valioso, si quiere sacarle todo el jugo a la vida. De modo que no somos maniqueos cuando decimos «Bad Bunny o Falla»: ¿a cuántos conoce que escuchen a los dos y qué proporción representan de la sociedad española?
«Lo que importa es lo que me gusta»; oímos. Pues oiga, sí y no. Sí, en cuanto a que cada cual es, faltaría más, libre, de escuchar lo que le plazca sin que se le afeen las inclinaciones o se lo arengue sobre si despilfarra o no así su vida. No, en cuanto a que tenemos un deber de dirigirnos a lo bueno, al menos de intentarlo, un deber no respecto a los demás, sino en cuanto a nosotros mismos. Esta vida se nos ha dado para honrarla; y ahí es claro que tiene un papel El sombrero de tres picos que no tiene “Alambre púa” («Hoy te vo’a buscar y te vo’a besar cerca del lunar | Contigo yo me arrebato sin fumar | Lo de meno’ e’ el lugar»).
Sí, la música de Falla es incomparablemente mejor que la de Bad Bunny, como refrendará cualquier musicólogo (los llaman así porque estudian el fenómeno llamado música) y ha sentenciado y sentenciará la historia. Tengo yo apostado con un brillante defensor de Bad Bunny —alguien a quien respeto profundamente, porque tiene un punto de vista muy valioso sobre la cultura popular— que en treinta años nos tomaremos una cerveza y constataremos que Bad Bunny es un rumor nostálgico mantenido por quienes con él movieron las caderas y se corrieron algunas juergas, mientras que Falla seguirá siendo, bueno, Falla. Pero no usemos esta realidad para molestar a quienes tienen gustos distintos a los nuestros y menos aún para darnos pisto, porque igual que hay una superioridad de la clásico hay una ridiculez del clasismo y de nada sirve tratar de quedar por encima de los otros. Lo popular no es enemigo de lo elevado: si esto último nos eleva, lo anterior nos acompaña y nos reconforta; en ambos casos se trata de sentir.
Dicho lo cual, quienes sostienen que el chabacano aquelarre que montó Bad Bunny el otro día en la Super Bowl fue una «muestra de la pujanza de la cultura hispánica» insultan a la inteligencia. Conviene no pasar por alto el modo en que el portorriqueño hipersexualiza a las mujeres en sus vídeos o cómo las denigra en sus letras. Que una cosa es no ponerse estupendos y otra muy distinta la obligación que tiene todo adulto funcional de distinguir los gustos del gusto, y el arte de la quincalla.