«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

Barbarie y soledad

27 de septiembre de 2026

Todos hemos estado alguna vez ya cansados. No es una crisis, es un profundo hartazgo, es cohabitar con formas humanas insoportables. Siento una extraña apatía y un desprecio feroz por los que lucen la bandera palestina en su perfil en redes, en el balcón de casa, en un bar de mierda o en una manifestación, venga al caso o no. Ahí están cuando se juntan en las calles, como un folclore local más, mezclando la bandera de los territorios de la yihad con la de Asturias, la de la hoz y el martillo, la independentista gallega, la tricolor republicana o la de la Athletic de Bilbao.

Me ocurre con más intensidad, lo del desprecio, desde que tuve que ver esa misma bandera en el pecho y en la bocamanga de los que encontraron las más brutales formas de asesinar que mis ojos hayan contemplado jamás, en 47 espantosos minutos. Veo la bandera, recuerdo los bebés reventados, las chicas vejadas y ejecutadas, las familias enteras masacradas, y me consumen las llamas heladas corriendo por las venas, la adrenalina bombeando en el cerebro y acabo maldiciendo por bajo y teniendo que doblar la dosis de deporte para dar salida a esa tensión y esa testosterona en ebullición.

El vídeo del 7 de Octubre y los tontos actuales de la banderita escenifican el hombre entregado a ciegas crueldades y fanatismos más ciegos aún. Ciegos de repetir mantras que son antesala de más matanzas y más justificaciones. De las ganas que tienen de hostigar. Ahí están, por ejemplo, festivales literarios abiertos a todas las censuras. Tiempos oscuros. Ser judío como la marca de Caín, en eterna persecución por no dejarse aniquilar, y por entender que la justicia completa exige cierto componente de venganza. Les señalan los comercios, les ponen en listas negras, llaman al boicot incluso en conciertos, hasta a los que nunca se significaron a favor de Netanyahu.

No es sólo una cuestión política, el pecado realmente es ser judío. Por eso España se va de Eurovisión porque está Israel pero organizará un Mundial con Marruecos. Da igual de qué manera lo quiera disfrazar la izquierda islamófila, el antisemitismo es irracional y propio de sujetos enfermizos, por mucho que vuelva a estar de moda entre las hordas dispuestas a linchar y a servir en todas partes su argumento preferido: la cancelación. La censura como respuesta. No están abiertos a debatir porque la fiera de la ira no entiende de diálogo. Sólo entienden y anhelan la tiranía de la inquina y el pogromo.

Para el islamista criminal es un asunto de integrismo religioso y guerra santa, para el tonto útil occidental es por hemiplejia ideológica y por una fervorosa necesidad de odiar y de sentirse vivo odiando, además del impulso gregario y tribal de apuntarse a los movimientos del momento, por muy rebañego que eso sea.

Vivimos en un mundo animal en el cual la vida es llena pero carente de una fuerza rectora y de una conciencia lúcida. Cada vez se estrecha el margen para soportar mulas de dos patas, y el ritmo que marca la vida en la metrópoli, y el activismo en la trinchera de los que combatimos sólo con ideas y reclamos de libertad a una organización criminal y a sus muchos lacayos.

Con el paso de los años, uno se vuelve menos tolerante hacia la estupidez y la vileza. Yo no quiero ser tolerante con esa rehala, y por eso el cuerpo, lastrado por la fatiga política, me pide más a menudo uno de esos retiros donde desconectar: sólo naturaleza, sosiego y descanso. Y también siento una profunda conexión espiritual con ese niño asturiano que era el único de su aldea, y cuando le preguntaron si le gustaría que hubiera más chicos de su edad, respondió con abrumadora naturalidad: «No, estoy muy a gusto solo, sin que nadie me toque los cojones».

Uno se acostumbra a la soledad como se acostumbra a todo lo bueno y a todo lo malo, aunque siempre estamos detrás de un estado elusivo e inalcanzable, tal como restablecer el equilibrio de la vida emotiva. Pero más atraídos por la paz de la cosas sencillas. El silencio y la plenitud de la serenidad, las lecturas hasta la 4 de la madrugada. Es mejor así. Sin comprender todo el volumen de la maldad y los sinsentidos de las huestes y sus banderas delirantes.

Porque acaba por llegar el agotamiento y la búsqueda del postrero refugio. Lo he visto en otros antes. Alcanzando el invierno de sus vidas, se cansan de lo que el caos puede ofrecerles, rompen lazos con el mundo y con la existencia hasta entonces conocida. Sólo buscan la dicha de no saber, no sentir y no ver, la dicha de yacer quieto y en calma, en un calor y una oscuridad profundos. Paliando la resaca de tanta intensidad intelectual confrontando cabestros y malvados. Y las heridas de una vida que siempre pasa sus facturas.

Sólo llega el reposo cuando aceptamos que no podemos entender el mundo ni entendernos a nosotros mismos. Ni el sentido del bien y el mal encuentran respuesta hurgando en el alma humana. Es un descenso que deja cicatrices. No podemos llegar al fondo porque allí sólo habita el abismo.

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