La foto de Ceuta se llevará la atención, y con razón, pero fue interesante el encuentro de Jordan Bardella con Santiago Abascal en Madrid al día siguiente. En un desayuno del Fórum Europa, Bardella, que parece un ser biónico, habló de economía. Un discurso en español, además. Lo hizo como candidato francés y como presidente de Patriots. Ganado el discurso sobre la inmigración, el siguiente es el económico.
Comenzó con una visión realista del mundo, un mundo nuevo, por antiguo, en el que la guerra vuelve y las grandes potencias compiten fieramente por asegurar sus cadenas de suministros. Esto los convierte en asunto de soberanía junto a la agricultura o el control de la producción. La situación del mundo acaba con «la ingenuidad comercial de Europa». El error continental es más amplio y consiste en una actitud de desconfianza ante la actividad económica; recelo a medias burocrático e ideológico. Por lo primero, Europa paraliza la iniciativa. Para Bardella, la grandeza y prosperidad del continente «no dependerá de cuántas reglas apruebe sino de su capacidad para innovar».
El otro lastre es la ideología, que informa la orgía regulatoria. Bardella pide decir adiós al decrecimiento del Pacto Verde. Los gobiernos pueden dar a las empresas energía barata (para competir) y desregulación (para innovar), siendo la agricultura el primer ejemplo y el segundo el vehículo de motor de combustión, cuyo calendario de eliminación debe ser cancelado. Esta industria es un ejemplo de la actitud naif o corrupta de Europa para regalar el mercado a China. Dio en este punto Bardella un gran titular: «Hay que abandonar la confianza ciega en el libre comercio». No se trata de huir del intercambio, sino de hacerlo «justo», o sea, de llevar la extrema competencia mundial a los tratados. Es la lucha constante por los márgenes. Las grandes potencias hace patriotismo económico y políticas arancelarias inteligentes para proteger la producción, que vuelve a convertirse en un atributo de soberanía. Un país es, en parte, lo que produce.
Al hablar de su debilitada Francia, predicó con el ejemplo. Hará falta allí, enfermo fiscal de Europa, una política presupuestaria nueva y sana, pero junto a ello una política hacia la producción. Un país tiene que tener frontera, un país ha de producir…
Es lo de Bardella, en la estela de Trump, una matizada mezcla de gotas de libertarismo y nacionalismo económico que no aspira solo a sanear las cuentas, y que no habla tanto de crecimiento como de producción. Un crecer que no sea efecto contable de agregaciones humanas. Poner la economía al servicio de la producción y no de la ideología.
Bardella, que partía del realismo, acabó planteando el objetivo de que Europa (la de las naciones) participe de las revoluciones industriales del XXI. Ponerla en condiciones de mirar cara a cara a China y EEUU, y no ya desde arriba, el púlpito regulador de las lecciones morales.