«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Belfast y Virolai

12 de junio de 2026

En las calles de Belfast está en juego nuestro futuro. El destino de una Europa cuyas élites, confiadas, habían encomendado a los burócratas de Bruselas. El pueblo, tantas veces denostado, irrumpe en una fiesta a la que no había sido invitado para reivindicar su derecho a existir. A seguir siendo. Lo esencial no son los disturbios ni la ira popular, sino la convicción de que el poder tiene más peligro que el propio sudanés que arranca los ojos y casi degüella a un irlandés. Unionistas y republicanos aparcan las diferencias por un objetivo más grande y urgente: mantener la nación. 

No sólo en Belfast. Hay marchas en Dublín, Londres, Cardiff, Glasgow, Edimburgo… Ambas islas padecen un mismo problema, el reemplazo poblacional, que es el gran tema europeo del siglo XXI. Los pueblos autóctonos se resisten a convertirse en Molenbeek. Arden autobuses, edificios y barricadas. El paraíso multicultural era mentira. Todos saben qué hay detrás del aumento de los delitos sexuales contra las mujeres y crímenes horrendos como el de las tres niñas de Southport o el reciente de Henry Nowak.

Los pueblos de Europa están tan al límite que ya no recordamos las rencillas entre las viejas naciones e imperios que forjaron el continente. La situación es de tal gravedad, la amenaza latente y común, que ahora, lejanos Trafalgar y, ay, Gibraltar, también a nosotros nos asalta el deseo de que Inglaterra siga siendo Inglaterra. La estatua de Nelson, imponente y orgullosamente británica, ya no nos amarga si la alternativa es una mezquita. Que los cuatros leones de bronce fundidos con el metal de los cañones españoles capturados durante nuestro naufragio gaditano tienen ahora, al fin, un sentido histórico: vigilar que los bárbaros no arrasen con todo. Esos leones a los pies de la columna que sostiene al almirante en realidad custodian una civilización entera.

No hay nada que cohesione más que una amenaza global. Los patriotas franceses y alemanes ya no piensan en los términos beligerantes en que fueron educados sus abuelos y bisabuelos, las últimas generaciones que pisaron una trinchera. Ni a boches ni a franchutes les importan a estas alturas la humillación de Versalles ni la revancha de Hitler en el vagón del armisticio. Ni la línea Maginot, las Ardenas o Normandía. Ni mucho menos Austerlitz o Waterloo. Patriotas franceses y alemanes, como el resto de los europeos, desean seguir existiendo. El mundo cambia a una velocidad endiablada, el racismo de hoy es institucional, pura endofobia, contra la población autóctona. Quién sabe si dentro de poco acabaremos viendo una versión adaptada de American History X con los roles invertidos. 

Cuando contemplamos los hechos de Belfast nos acordamos de la frase del Che Guevara de crear dos, tres y muchos Vietnam para el triunfo de la revolución y la caída del imperialismo. Hoy la Europa que no se resigna a desaparecer necesita muchos Belfast para derrotar al globalismo. Que Birmingham no sea un gueto pakistaní. Que Bruselas no sea un hervidero para reclutar yihadistas. Que París no arda cada vez que la racaille sale a la calle. Que pasear por Belfast no sea sinónimo de morir decapitado. Que el crimen no campe a sus anchas en Barcelona a plena luz del día. 

No sabemos si a Su Santidad le cuentan estas cosas, lo que ocurre en Barcelona a diario o si queda alguien en la Conferencia Episcopal —que ha vendido el Valle— al que le importe la civilización cristiana. Mantenerla, aunque sólo sea por la cuenta que le trae, es lo que permite que celebremos misas multitudinarias y que la escolanía de Montserrat —qué feliz hallazgo— entone con tono angelical el Virolai dedicado a la Moreneta. En Barcelona, a pesar de todo, ha relucido la mejor España. 

Por eso es una lástima que tanto santurrón, embriagado de incienso, viva de espaldas al mundo, encerrado en las comodidades de sacristía. Cuánta razón tenía don Miguel de Unamuno al decir que la beatería representaba una deformación superficial, histérica y vacía de la verdadera espiritualidad. Padecemos un sistema que conspira contra nosotros a todos los niveles. Nos jugamos la civilización y debemos elegir entre la Europa del Virolai o la que arranca cruces, aunque a veces sea difícil distinguirlas. Belfast es el punto cero de la primera revuelta coordinada del pueblo europeo contra sus élites. Que cada palo aguante su vela.

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