«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Patriotismo de camiseta

27 de julio de 2026

Tras la borrachera de la semana pasada, poco a poco se va disipando una resaca deportiva que en breve quedará en nada, pero por el camino va dejando una estela pseudopolítica que merece una pizca de atención. Son muchos los españoles que están encantados con la victoria balompédica de un puñado de atletas que, como ha informado la prensa, descansan ahora en sus yates bebiendo vinos de 25.000 euros la botella. Por supuesto, cada uno hace con su dinero lo que le da la gana, pero no parece que saquen de ello ninguna conclusión los millones de adoradores del sudor ajeno que, con sus patrióticos frenesíes, les hacen ganar en una semana lo que un cirujano en treinta reencarnaciones. Así funcionan las leyes del mercado.

Nadie hay en este mundo menos interesado en las cosas del fúrgol que servidor, pero he de confesar que, tan sólo por ver a los separatistas echando espumarajos de rabia, la victoria mundialista mereció la pena. Sin embargo, la segunda estrella no consigue borrar la tristeza de ese duelo a gritos entre los ciudadanos alegres y pacíficos del «¡Yo soy español, español, español!» y los canallas furiosos del «¡Españoles, hijos de puta!». Gritos acompañados, como siempre, con persecuciones, golpes y —una anécdota entre mil— avisos a un chaval de dieciséis años portador de la camiseta de la selección de que «hace diez años te hubiera metido tres tiros en la cabeza». Estos heroicos paladines de la democracia a la vasca saben que son los dueños del cortijo, que sus continuos delitos quedan impunes, que los asesinos salen de la cárcel y son recibidos como héroes y que sus dirigentes codirigen toda España en colaboración con los gobernantes socialistas. ¡Menos mal que ETA ha sido vencida, como repiten cada vez que pueden los ciegos voluntarios!

La euforia deportiva ha llevado a no pocos periodistas, comentaristas y similares a declarar su optimismo sobre el efecto reductor de los separatismos que va a tener la victoria mundialista. Pronto han olvidado que el encadenamiento de victorias europeas y mundiales en 2008, 2010 y 2012, con las que muchos se entregaron a la misma esperanza, no impidió un golpe de Estado separatista tan solo cinco años después.

Para empezar, la prensa catalana y la vasca han vuelto a superarse en sus equilibrismos para no pronunciar la palabra nefanda. El Diario Vasco —no el Gara, no, sino el periódico guipuzcoano del grupo Vocento, el del ABC— alcanzó la perfección con su imagen de Oyarzábal y Zubimendi bajo el titular «De Gipuzkoa a la cima del mundo». Y no pasaron más que tres días desde la final neoyorquina cuando Karim Adeyemi, nuevo fichaje del Barça, declaró que «ya me han ido explicando que no es lo mismo Cataluña que el resto de España».

Separatismos aparte, algunos jugadores recogieron los trofeos enfundados en banderas regionales. La visión microscópica inducida por el Estado de las Autonomías se ha enquistado en todas las regiones de España. En ningún otro país del mundo habría sucedido algo así. ¿Alguien es capaz de imaginar que los famosos negros de Rajoy, en caso de haber ganado, hubiesen subido a la tribuna con las banderas de Aquitania, Isla de Francia o Normandía en vez de con la francesa?

Seis días después de que millones de españoles besaran entusiasmados el escudo de España bordado en sus camisetas, el 25 de julio, fiesta nacional de España, ha pasado inadvertido, sin seguimiento mediático, sin solemnidades dignas de mención, sin banderas, sin entusiasmos, sin manifestaciones, sin cánticos, sin nada… En tan sólo una semana el patriotismo ha vuelto a ser cosa de fachas.

Por no hablar del saqueo y la demolición diaria de España que los izquierdistas y separatistas gobernantes efectúan con minuciosidad arácnida ante el desinterés de esa gran mayoría de españoles que, por el contrario, rugen de indignación si a un árbitro se le ocurre pitar en contra de los colores de su camiseta.

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