Antes, para ser fascista tenías que ser miembro de Falange Española, con los llamados camisas viejas, Julio Ruiz de Alda o Ramiro Ledesma Ramos. O haber militado en el partido de Mussolini, la Marcha sobre Roma, el uniforme negro y el correaje.
Ahora, con no querer succionar las gónadas de Arnaldo Otegui, o con hacer algún comentario mínimamente crítico con el actual Gobierno, ya te sirve para ser fascista de cara a la merma dominante, lo que ha despojado toda la carga de militancia y toda la fuerza del término. Forma parte de la banalización de todo alrededor, incluida la estupidez.
Edu Galán, mi zoquete predilecto, decía que había algo de fascismo y «trumpismo» en esas veladas de pseudoboxeo que organiza un youtuber. Para los puristas, eso no es boxeo, lo tenemos claro; pero lo que tampoco es, creo, es fascismo. Resulta hasta vergonzoso tener que aclarar semejante chorrada.
Pero los bobos en alto estado de pureza siempre nos pueden sacar una sonrisa. Menear la cabeza, resignados, como cuando un perro se hace pis en la alfombra. Pobre diablillo.
Ser «antifascista» en España es algo cómodo, de alto grado espiritual y concede una excelente reputación. Es una medalla de buena gente, un certificado de bondad; es estar en la orilla correcta de una historia que se desconoce por completo. Es una forma, a menudo remunerada, de perseguir fantasmas mientras crees que estás haciendo algo noble, y levantas el dedito a los demás, a la vez que defiendes las causas más aberrantes, y a menudo totalitarias, posibles.
He conocido a bastante fronterizo que puede usar la palabra fascista 60 o 70 veces al día, con lo que eso cansa. Es como si hablara metida siempre la misma marcha. Discos rayados en mentes en estado de defunción. Y con la vergüenza que hacen sentir a quienes les quieren, claro, familiares y amigos que lo observan con esa mezcla de lástima e impotencia.
Para el que habita en una fantasía, es bueno que pueda permanecer en ese territorio mental de la ficción, porque muchas veces le sirve para aislarse de las realidades de la vida, con sus crueldades y sus certezas a palo seco. Hay que dejarle con sus triángulos invertidos, sus camisetas del Che y sus banderas palestinas. Que los reyes son los padres hay quien no lo descubre en la vida. Bendita sea su ignorancia.
Los antifascistas de hoy son personas muy recluidas en casa, o moviéndose mustios en el transporte público, haciendo el antifascismo desde el móvil. Seguramente sus progenitores, cuando los educaron, no lo hicieron para que se convirtieran en algo así, pero les tienes que querer igual. Desde cuentas en internet o moviéndose en grupitos dan sentido a una existencia muchas veces lamentable, pero hay que dejarles mientras no causen excesivos estragos sociales o les dé por ir a quemar contenedores.
Usar «fascismo» para todo es un salvoconducto para tanto mediocre, tanto simple con ínfima capacidad expresiva que utiliza ese término muy mal. Es casi una respuesta automática para describir lo que no te gusta. Un bebé de pecho que termina la lactancia puede considerar el biberón un elemento fascista. Para estos borregos posmodernos, para estos fracasos neurológicos, el término fascismo puede englobar muchas cosas. A saber:
Fascismo es hacer deporte, es Meloni, es Albert Rivera. Fascismo es la ducha por la mañana, es leer el ABC, es Fernando Savater. Fascismo son las películas de Charles Bronson, es tener una novia rubia, es no querer hablar el bable inventado. Fascismo es respetar la lengua española y el género neutro, fascismo es la coma del vocativo. Fascismo es el último botón de la camisa, fascismo son madrileños en Galicia, Fascismo es Mariano Rajoy andando rápido.
Fascismo es decir que los hombres no se pueden quedar embarazados, es negarse a mutilar menores, es no separar el vidrio del papel. Fascismo es Loquillo, es el Siglo de Oro, es no fumar en los bares, es visitar catedrales, es comer carne. Fascismo es defender Ceuta, es tener biblioteca, es discrepar del discurso dominante. Fascismo es Miguel Bosé, es tu abuela yendo a misa de 12, es Cake Minuesa con un micro, es escribir algo en contra de Óscar Puente.
Fascista es la bandera española, es la alternancia en el poder, es sonreír a la adversidad. Fascismo era tu padre levantándose a las 7 de la mañana todos los días durante 30 años. Fascismo es John Wayne, son los discos de Sabina, era Blas de Lezo. Fascismo son las películas de Mel Gibson y Carvajal el del Madrid. Fascismo es investigar la corrupción del Gobierno, son los medios no oficialistas. Fascismo es reírse de Irene Montero, era Vargas Llosa, era UPyD. Fascismo es querer vivir en paz. Y, evidentemente, fascismo también es este artículo.