Bisontes frente a ganaderos
Bisontes frente a ganaderos
Por Iván Vélez
4 de mayo de 2026

Desde hace unos meses, una manada de bisontes monitoreada por collares dotados de GPS se mueve por una parte acotada del Parque Natural del Alto Tajo. Su llegada ha sido anunciada como un regreso, pues los bóvidos pastaron por esas tierras hasta antes de ayer, concretamente hasta hace 10.000 años. Durante este tiempo, la silueta de estos ungulados sólo estuvo presente en la Sierra en las cajetillas de tabaco que, en el siglo XX, reproducían las pinturas de Altamira. Aquellos «bueyes» que viera la hija de Marcelino Sanz de Sautuola en Santillana del Mar. Los regresados son bisontes esteparios, europeos. Nada que ver con los que dieron su apodo a William Frederick Cody. Esos a los que disparaban los viajeros desde las ventanas del caballo de hierro. 

El regreso desde un tiempo tan remoto es calificado como una reintroducción de la que también han sido objeto o, más bien, sujeto, unas manadas de caballos salvajes. Toda una invitación a la vuelta al arte parietal. Toda una atracción turística en una tierra en la que lo más exótico es el hombre, convertido, casi, en un intruso. 

Sea como fuere, los bisontes han regresado y se han convertido en una atracción turística o, según se anuncia, ecoturística. Se trata de ampliar la oferta con una «experiencia de observación» que se verá complementada con la labor de estos herbívoros, capaces de consumir mucho pasto, incluso material leñoso, contribuyendo así a limpiar el monte y a aminorar el riesgo de incendio en un territorio caracterizado por una enorme masa forestal. Nada que objetar a esta manada y a sus potenciales beneficios.

Sin embargo, el regreso de estos vacos salvajes ofrece material para la reflexión, pues su presencia está conectada con la idea de renaturalización, tan de moda y de tan catastróficas, en ocasiones, consecuencias. Recuerde el lector los efectos de dejar que la Naturaleza campara por sus respetos en el Barranco del Poyo. Recuerde también quien lea estas líneas cómo durante la pestilencia coronavírica no faltaron voces que se felicitaban porque la Naturaleza recuperaba su espacio frente a su enemigo: el hombre. Un antagonista que prácticamente ha desaparecido de la Sierra de Cuenca, configurada históricamente en torno a la ganadería, de la que son testimonio los restos de parideras, y al aprovechamiento de los recursos forestales. O lo que es lo mismo, una tierra configurada por la mano del hombre, por acción y omisión.

La reintroducción del bisonte, el artificioso regreso, coincide con la expulsión, por la vía de innumerables trabas administrativas y limitaciones, del ganadero, convertido poco menos que en un burócrata. En tan farragoso contexto, decidido a dar la puntilla a la ganadería extensiva, el bipartidismo no se plantea fomentar una actividad aún más útil contra los incendios que la que se le supone a ese puñado de fotogénicos bisontes. Una política de reintroducción de ganadero contribuiría, además, a fijar población. Sin estímulos, sin relevo generacional, los ganaderos van desapareciendo hasta el punto de que en un futuro no muy lejano lo único que quedará de ellos será la escultura del Pastor de las Huesas del Vasallo, obra de Marco Pérez. El reino de la Cultura como mudo espectador del reino de la Naturaleza.

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