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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Buen aniversario

6 de diciembre de 2013

Hay una canción magnífica de Charles Aznavour que cuenta un aniversario en el que todo sale mal, como si fuera el guateque de Peter Sellers pero en versión musical y dramática, porque Aznavour te hace llorar por cualquier cosa. Cuenta –canta– que están preparándose para la velada del primer año de casados, pero que el tinte se retrasa y no traen el vestido de ella, toda una tragedia para el mundo femenino –porque la canción se escribió en ese tiempo en el que se podía decir que existía un mundo femenino–. Y llega por fin el traje, pero la alegría sólo dura un momento porque la cremallera no cierra, y ella solloza desconsolada, convencida de que el mundo entero se ha conjurado para destrozarle su día. Lo peor es que el tipo trata de ayudar, y por supuesto acaba rompiendo el cierre, porque Aznavour debía ser mucho más experimentado en la operación inversa, o sea la de desabrochar. Así que por su culpa no llegan a la ópera, y en fin, que el plan romántico resulta un desastre que el estribillo lamenta a cada paso: buen aniversario.

Hoy al cumpleaños de la Constitución le han preparado dos tartas con recetas casi antagónicas. Una para que la disfrute el establishment, que acude con sus mejores galas para celebrar lo bien que viven, gracias a esos 169 artículos bien conjugados. Es casi como la cena de Navidad de los directivos de la empresa. Sin embargo el otro es un pastel de pobres, sin levadura, porque más que una fiesta es una especie de comunión callejera. Allí, a la intemperie –donde el poder político las ha dejado–, se concentrarán las víctimas y quienes quieran acompañarlas, es decir, los que se han dejado la sangre con la que se ha pagado el banquete oficial. Si comparas las dos celebraciones oyendo a la vez la canción de Aznavour, o te echas al monte o rompes a llorar con desconsuelo.

No muy lejos de la plaza donde está convocada esa reunión –heredera de la rebelión cívica de hace unos años–, está ese cubo extraño que homenajea a la Constitución del 78. Sospecho que en el futuro, cuando España acabe su segunda transición, vendrán por la noche y lo arrancarán, porque eso es lo que hacemos los españoles con los símbolos, ponerlos y quitarlos como si así cambiásemos la Historia. En el Congreso de los Diputados, por ejemplo, se exhibe la Carta Magna abierta por su última página, para que los visitantes no comprueben que el escudo que aparece en la portada es el del régimen anterior, toda una prueba de paternidad. Quizá es para que no lo vea Oyarzábal, que como se dé cuenta de que la Constitución está ilustrada con un águila la tira a la basura, y encarga el dibujo de una palomita blanca.

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