«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Todos los acentos

4 de junio de 2026

Ya lo he dicho antes, pero me sigue sorprendiendo hasta qué punto es paradójica la época en que vivimos. Si antes lo normal es que los demagogos disfrazaran una finalidad crematística, un frío interés, con los ropajes del sentimentalismo moral, ahora hacen lo contrario.

Me refiero a esas estadísticas tramposas que nos explican lo bueno que es para nuestros bolsillos que España se llene de gente de fuera, lo que al cabo significa que España, para ser rica, debe dejar de ser española.

Vale, vamos a dejar de ser. Pero con mucho más dinero.

Es un doble insulto. Primeramente, porque es mentira. No que no vayamos a «crecer» (si el tamaño es lo que importa, tendríamos que preferir siempre a un elefante sobre un recién nacido), no que no vaya aumentar esas siglas talismán, el PIB; que no vamos a vivir mejor, ni de lejos.

El segundo insulto es que equivale a decirnos a quienes nos oponemos a la invasión: «Ya sé que sois codiciosos individuos sin alma, como buenos derechistas, y sólo pensáis en vuestra cartera. Pero, mira, también para eso es bueno que sigan llegando».

Y esa súbita floración del argumento economicista no se debe a que se lo crean o les importe, en realidad, sino a que consideran que la batalla por el relato moral la tienen ganada por goleada. La idea instalada en el consciente colectivo es que oponerse a la avalancha es indicio clamoroso de la negrura de nuestros corazones, inasequibles a la piedad y cerrados al triste destino de los «vulnerables» (supongo que los demás somos «los invulnerables», que suena a cuadrilla Marvel).

Odiamos la diversidad. Odiamos «al otro». Detestamos a «los marrones y las marronas», por citar a Irene Montero. Aborrecemos las demás culturas, cerrados a cal y canto a todo lo que venga de fuera.

Solo que es exactamente al revés, al menos en mi caso. A mí, personalmente, me encanta la diversidad de culturas. Tengo un respeto reverencial por las identidades nacionales, hasta étnicas y tribales. Valoro la multiculturalidad literalmente, la multiplicidad de culturas. Por eso aborrezco la inmigración masiva.

Porque cuando mezclas un montón de botes de pinturas de varios colores no obtienes el arcoíris, obtienes un marrón sucio y monocromo, el fin exacto de la diversidad. Una sociedad multicultural sólo puede tener dos resultados y sólo dos: o una cultura dominante se imponer coercitivamente a las demás, o mantienes comunidades que viven de espaldas unas de otras en conflicto permanente.

La segunda es invivible, con cero posibilidades de supervivencia a largo plazo. Y la primera conduce exactamente a la negación de las culturas, del “otro” y de todo lo demás. Es la forma más vil de imperialismo, porque lo que se impone ni siquiera es la verdadera cultura del pueblo dominante, sino un marco de doctrinas artificiales recientes, de moda, imposibles de creer, y de unas modas efímeras nacidas en departamentos de marketing empresariales.

El soberanismo, aunque se asocie ladinamente al nacionalismo que supuestamente llevó a la Segunda Guerra Mundial, es exactamente la variante opuesta: no es expansivo; no quiere imponer «lo suyo» a otras naciones, sólo que se les permita mantenerlo y apreciarlo dentro de sus fronteras. No es despreciar identidades ajenas, sino amar la idea de identidad tanto que se cuida la propia y se desea que la ajena se siga cultivando en el mismo suelo en que nació. Los adeptos a esta corrientes estamos muy orgulloso de nuestra historia y del imperio pasado, pero sin el menor interés en reproducirlo.

Procurar algo como el «Madrid de todos los acentos», en fin, es desear algo profundamente artificial e intensamente despectivo hacia todas las culturas, reducidas al folclore más estandarizado y superficial, porque una cultura no puede desplegarse sin un suelo propio. Es, precisamente, mantener el acento y matar la sustancia.

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